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1970 – Parroquia San Martín De Porres – 2020

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Nuestro encuentro con la Palabra de Dios…

Fiesta de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Hace ya muchos años, cuando estaba en el seminario de Mercedes, me enviaron junto a dos compañeros, a trabajar pastoralmente al barrio Santa Teresita, para comenzar una misión entre los vecinos. Llegamos al lugar un sábado por la tarde y lo primero que hicimos fue comenzar a limpiar la capilla que hacía mucho tiempo que no se abría y que estaba a medio construir. Le pedimos electricidad a la señora de al lado, comenzamos a hacer un poco de ruido y nos encontramos con que en ese primer día teníamos un grupo de niños que se acercaron, pero que nos dimos cuenta enseguida, que no tenían ninguna instrucción religiosa y que no conocían nada de Dios, más allá de lo que podía saber de la Virgen o algo así… Decidimos prepararlos, cada sábado, para la primera comunión, que tendríamos a fin de año. Cuando me senté con uno de mis compañeros a pensar sobre la mejor forma de llegar a los niños, nos pareció que debíamos comenzar por lo más sencillo: Enseñarles a darse la bendición haciendo la señal de la cruz, porque ni siquiera esto sabían. ¡Ustedes no alcanzan a imaginarse el enredo que se nos formó cuando tratamos de explicarles que Dios era Padre, Hijo y Espíritu Santo…! Los niños nos miraban con una cara, mezcla de admiración y espanto, como quien se asoma a un abismo insondable y que daba miedo.
Es común decir que es muy difícil dar una catequesis sobre la Santísima Trinidad, pero yo creo que la dificultad no está sólo en el catequista, sino también en la persona que se sienta enfrente a escuchar un acertijo que no acaba de entender nunca… “Tres personas divinas y un solo Dios verdadero”, decían nuestros abuelos… La mejor explicación de este misterio de la Santísima Trinidad la leí en san Agustín, que solía decir: «Aquí tenemos tres cosas: el Amante, el Amado y el Amor»; un Padre Amante, un Hijo Amado y el vínculo que mantiene unidos a los dos, el Espíritu Amor.
Tal vez a los niños de aquella capilla donde fuimos, lo único que les quedó claro fue que Dios nos había enviado hasta allí para acompañarlos en su crecimiento en la fe y para expresarles su amor hacia ellos. Y esto mismo los pudo impulsar a amar un poco más a este Dios misterioso y a sus hermanos y hermanas, en quienes se quedó viviendo para siempre.
En último término, de lo que se trata es del misterio del amor en el cual estamos metidos, y que tanto debemos repetir en estos días: “Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna”.
-El amor de Dios, como el nuestro, no puede entenderse sino como entrega generosa y despojo de sí mismo. Y esto lo pedimos a Dios, para todos nosotros, y de manera especial, para todos los servidores públicos, como los Bomberos Voluntarios, de los cuales hemos celebrado su día en esta semana que pasó. Por todos ellos, y por todos los que sirven a los demás, roguemos hoy a Dios.

-Pbro. Gustavo E. Sosa.

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