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1970 – Parroquia San Martín de Porres – 2020

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Nuestro encuentro con la Palabra de Dios…
-Pbro. Gustavo Sosa

Domingo 20 de septiembre de 2020. Domingo 25, durante el año Mateo 20,1-16. En general, nuestros temas de conversación giran sobre temas light, asociados con los asuntos diarios: la copa Libertadores que se reinicia, las protestas ciudadanas y los excesos de la fuerza pública. Pero cuando nos encontramos a solas con nosotros mismos y nos acordamos de las personas conocidas que han muerto en estos meses de pandemia, surgen unas preguntas fuertes, que nos desacomodan: ¿Existe Dios? ¿Dónde podremos encontrarlo? ¿Qué pasa con nuestras obras? ¿Da lo mismo haber sido un abusador o un ciudadano respetable? Son preguntas duras, cuyo contenido no circula por las redes sociales, pero sí por nuestro interior.
Meditando sobre las lecturas de este domingo, vino a mi memoria una entrevista que, hace muchos años, hizo un periodista a un astronauta soviético al regresar de uno de los primeros viajes al espacio. El periodista les preguntó: En este viaje espacial, ¿vieron a Dios? Yuri Gagarin, aleccionado por el materialismo comunista, respondió: Lo buscamos en el espacio, pero no lo encontramos.
Para encontrar a Dios no hay que emprender un viaje al espacio ni sumergirse en las profundidades del océano. El viaje que hay que emprender es hacia el interior de nosotros mismos. El profeta Isaías nos dice: “Busquen al Señor, ahora que pueden encontrarlo; llámenlo que está cerca”.
En medio del estrés que nos provoca pasar largas horas frente a la pantalla de una computadora y la ansiedad que nos produce este enemigo invisible del Coronavirus, hagamos una pausa para reflexionar sobre estos temas de gran trascendencia, en los que está en juego el sentido de nuestras vidas.
En general, los seres humanos observamos los acontecimientos que se dan a nuestro alrededor con curiosidad y algunos –los más astutos– exploran la posibilidad de hacer negocios. Los invito a que, por un momento, dejemos a un lado esta mirada superficial. Dejémonos impresionar por la infinita variedad de formas y colores de la naturaleza; vayamos más allá del asfalto, el cemento y la contaminación. Dios está muy cerca. Solo necesitamos afinar nuestros sentidos interiores para verlo, escucharlo y gustarlo. Y esta cercanía de Dios se muestra en el Hijo Eterno del Padre que asumió nuestra condición humana para amar como nosotros, trabajar como nosotros, sentirse desconcertado ante el rechazo de sus paisanos…
En este domingo, nos sentimos impactados ante las palabras del profeta Isaías: “Busquen al Señor, ahora que podemos encontrarlo; llámenlo, que está cerca”. Estamos inmersos en Dios. No tenemos que emprender exóticos viajes espaciales para encontrarlo.
Vayamos ahora al evangelio de este domingo. En él encontramos pistas iluminadoras para responder a la pregunta: ¿Cómo valora Dios las acciones de sus hijos? Si leemos los textos del Antiguo Testamento, entendemos que los letrados de Israel habían resuelto, a su manera, el asunto de las bendiciones de Dios. Ellos habían decidido que, por ser descendientes de Abrahán, eran merecedores de las bendiciones de Dios, y que el resto de los pueblos estaban condenados a la oscuridad. Creían que el cumplimento de los preceptos legales les otorgaba derechos.
Esta lectura de los letrados de Israel estaba equivocada, porque habían perdido de vista que la gracia es un regalo de Dios y no un derecho adquirido cuyo reconocimiento podemos exigir. Nada tiene que ver con el tan mentado mérito, cuya discusión ha despertado airados enojos en la sociedad por estos días, a raíz de alguna afirmación de algún gobernante. Este es el mensaje que nos transmite el texto evangélico de hoy. Jesús propone la parábola del agricultor que salió a contratar trabajadores para su viña. Enganchó a cinco grupos diferentes de trabajadores: los que fueron contratados al amanecer, los de las nueve de la mañana, los de mediodía, los de las tres de la tarde y el grupo de las cinco.
Al finalizar la jornada, los llamó para pagarles por el trabajo realizado. A todos, independientemente de sus horas de trabajo, les dio un denario. Claro que se oyeron protestas. Es muy interesante analizar la respuesta de este agricultor: “Amigo, no soy injusto con vos. ¿No habíamos convenido en que te pagaría un denario? Pero yo quiero darle a este que llegó último lo mismo que a vos. ¿Acaso no soy libre para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O tenés envidia de que yo sea generoso? Por eso, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”.
La justicia de Dios no se maneja por los códigos humanos. Con Dios no tenemos que hacer méritos para alcanzar su amor, porque todo en él es gratuidad, misericordia y perdón. Para el resto, el mérito es necesario, porque expresa nuestro esfuerzo por ser mejores.

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