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1970 – Parroquia San Martín de Porres – 2020

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Nuestro encuentro con la Palabra de Dios…
-Pbro. Gustavo E. Sosa

Jesús asciende al cielo – 24 de mayo de 2020 – Mt 28,16-20.
¡Qué contrastes! Cristo ha resucitado y se ha manifestado a sus apóstoles, los ha llenado de paz y de nuevas esperanzas, pero ahora que está a punto de partir aflora esa secreta ambición que todavía les corroe el corazón:“Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?” Los Apóstoles no habían entendido de qué se trataba realmente. Por eso preguntan por la restauración de Israel, soñando todavía con un triunfo temporal y político. Jesús capta sus dificultades para comprenderlo por eso les cambia sus aspiraciones y primeramente los exhorta a que aguarden al Espíritu Santo. Tiempo de espera y de oración.
Cuando llegue el Espíritu Santo, cuando descienda sobre sus personas, cuando los invada en su interior, entonces comprenderán que su Reino no es de este mundo, que es algo mucho más grande y trascendente, un Reino de paz y amor, un Reino sin fronteras de espacio ni de tiempo, que al final alcanzará un triunfo formidable y sin término. Pero un Reino que se construye desde los pequeños espacios y desde los reducidos tiempos que vamos viviendo.
Hay personas a las que les cuestan, particularmente, las despedidas. Son momentos muy intensos, en los que se expresan muchos sentimientos que duermen en el fondo del corazón. Despedirse es decirse todo y dejar que el otro se diga todo en un abrazo que contiene la promesa de seguir presente a pesar de la ausencia. Salta a mi memoria, en esta solemnidad de la Ascensión del Señor, la poesía que una madre escribió para despedirse de sus hijos y que lleva por título: “No les dejo mi libertad, sino mis alas”. Como ella, el Señor se despide de sus discípulos, ofreciéndoles un abrazo en el que se dice todo y nos regala la promesa de su presencia misteriosa, en medio de la ausencia.
Y a la misma vez que se despide de ellos, los envía, con el Espíritu en su interior, como sus testigos llenos de fortaleza, “a Jerusalén” (sí, la ciudad en la que lo persiguieron, lo atacaron y lo asesinaron colgándolo de la cruz); “a Samaria” (la región que una vez le cerró sus puertas); y “hasta los últimos rincones de la tierra”.  Nosotros comprendemos muy bien lo que significan los rincones: lo que casi nadie ve, donde se arroja la basura, lo que se esconde y olvida, lo que queda oculto, lo marginal… Y así, a esos apóstoles temerosos y cobardes, les confía una misión que se ve descomunal pero que les llena el corazón de ilusión y de esperanza: “ser testigos de Jesús”, pero no ya desde el poder sino desde el servicio. Hoy hay muchos rincones donde no hay esperanza, hay rincones de violencia e inseguridad, hay rincones de discriminación y de hambre, hay rincones que no quisiéramos ni siquiera visitar, sin embargo, hoy también Jesús nos llena de su Espíritu y nos convierte en sus testigos, precisamente en los últimos rincones. El discípulo de Jesús no puede quedarse como espectador pasivo o indiferente, como si el nuevo mundo se construyera por otros o se esperase a personajes ilustres que lo vengan a iluminar.
Celebramos un aniversario más del nacimiento de nuestra Patria. Los próceres de mayo no se sentaron a ver como otros construían su historia. Se pusieron a trabajar. Pero lo hicieron sin egoísmos, ni segundas intenciones o bajo la apariencia de una vocación política, que no se la juega por nada, salvo por sus intereses de poder o de dinero, como vemos que ocurre en nuestro país.
No nos quedemos contemplando al Cristo que sube a las alturas. Dispongámonos a trabajar, a mirar a los rincones de nuestra realidad, a dejarnos iluminar por el Señor, que hoy nos promete su presencia junto a nosotros, y no nos da la libertad, sino sus alas, para que remontemos vuelo, y construyamos, con su Espíritu, caminos nuevos para un mundo nuevo.

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