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Apuntes para las contradicciones climáticas…

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-En Estados Unidos, un frío polar; aquí estamos al horno, como el loro…

Hay un viejo refrán, de esos que suenan graciosos. “Calor, dijo el loro y estaba dentro del horno…”, parece tan viejo como uno mismo. Sin embargo, las temperaturas de este verano, nos están acostumbrando al “infierno tan temido”, por si ese destino nos tocara a la hora del juicio final.
Sintiendo los rigores de los 38,6º a la sombra, no hay duro que no se haga más bueno…, pensando en evitar una larga estadía cerca de las llamas.
Es habitual que en estos días añoremos aquellos en que había que encender las estufas… Sin embargo, cuando arrecian las heladas, nos quejamos y pensamos que, “aquellos calorcitos de enero, no eran tan malos…”. La abuela tenía razón: “Somos como los chanchos: gritamos en el invierno y gritamos en el verano…”.
Andando por las calles, despacito como sulky por la banquina, se comprueba que los pájaros sufren por falta de agua. Saben encontrar algunas piletas, con el agua al borde, pero no abundan. Tal vez, sería bueno colocar pequeños “bebederos” para ellos, en las plazas de cada pueblo. Son ideas que surgen cuando las neuronas empiezan a sentir los efectos de las altas temperaturas…
Nunca falta algún exagerado en estos días. Un vecino de la calle Alberdi, afirmó esta semana que, “para hacer dos pollos al asador, no precisé prender fuego; sólo los dejé 40 minutos al sol…”.
En tren de exageraciones, se recordaba el relato de aquel resero que, decía que, en un arreo de hacienda hasta Santiago del Estero, se habían comido tres novillos y no menos de cinco potrillos…, debido al tiempo que demoró el viaje. Cuando uno de sus oyentes, le retrucó: ¿tres novillos y cinco potrillos…?, pensando que se había quedado corto, agregó apurado: “Y DOS CHIVOS…”.

ESTAS TEMPERATURAS…

Permiten apreciar los amaneceres, allá por las 5 y media de la mañana, cuando el sol aún no asoma…, o las horas del atardecer, cuando la noche se anuncia y sopla un viento suave que alivia el sufrimiento climático.
Esto refleja, además, la pequeñez del ser humano: No conseguimos que llueva, ni que refresque, ni evitar el ingreso de los mosquitos por la ventana abierta por las noches… Frente a las cosas del tiempo, no queda otra que bancarse lo que venga, aunque haya que exponer mucho coraje…

Las calles desiertas a la hora de la siesta
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