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La Calle

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La frase de hoy: “Pasó el aniversario de la muerte de Carlos Monzón y nada dijimos. Tal vez por olvido; en una de esas por no rescatar cosas tristes”.

Es que el mundo de las noticias está plagado de hechos poco gratos, traumáticos. Es como si hubiera más espinas que flores, en el andar de cada día. Por eso, es lógico que se pasen de largo las páginas negras del recuerdo.

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Monzón fue santafesino, para nacer y para morir. En San Javier, vio la luz al nacer; en Los Cerrillos se le hizo la noche, cuando el monarca del boxeo del mundo, durante años, volvía al penal… Había sido condenado a 11 años por la muerte de su esposa, Alicia Muñiz, en una madrugada marplatense.

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Para ese entonces ya se habían apagado las luces del ring y los títulos del mundo logrados a puñetazo limpio, aprovechando sus largos brazos, eran cuadros colgados de las paredes mudas. En medio de la fama, dejó a “Pelusa”, la madre de sus primeros hijos, por Susana Giménez, trasladando a la realidad, la ficción que ambos vivieron en la película La Mary…

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Era domingo el 23 de enero de 1995 cuando en su auto, volvía al penal de Junín, donde cumplía la última parte de su condena. Había transitado todos los caminos: el de su infancia más que humilde; el de sus primeras peleas, con lo aprendido en las calles; llegado al mundo de Buenos Aires y de la mano de Tito Lectoure -dueño del Luna Park-, le llegó la hora de los grandes triunfos boxísticos, hasta convertirlo en uno de los mejores del mundo, incluidas todas las categorías.

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Logró el título de Campeón del mundo el 7 de noviembre de 1970, en Roma, al ganarle por nocaut a Nino Benvenutti, quien llegó a ser uno de sus buenos amigos. Hizo su última pelea el 30 de julio, ante Rodrigo Valdez, también por la vía rápida, aunque en el round N° 15… Su récord como profesional fue de 100 peleas, 87 de las cuales las ganó. 59 de ellas por nocaut, 28 por puntos. Sólo perdió 9 combates.

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Hay muchos ejemplos de grandes figuras del boxeo, para los cuales las luces han seguido encendidas, aún después de la última pelea. Antes le aplaudían por pegar… y Carlos Monzón se hizo ídolo por eso. Como no se dio cuenta que el boxeo ya no era para él, siguió pegando…. Para colmo rodeado de amigos que se aprovecharon de su billetera.

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Intervino en varias películas y se olvidó casi del todo de “Pelusa”. Hasta que llegó la trágica madrugada de Mar del Plata y, después del juicio, la recorrida por los distintos penales donde, por supuesto, lo respetaron como el Campeón que era. Pero las luces ya no estaban, ni siquiera los amigos. Salgo alguna excepción, como la de Alain Delón que más de vez viajó desde París, para visitarlo. Es decir, en la mala no todos olvidan.

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Lo de Monzón, aunque hayan pasado 23 años de su despedida, debe servir como lección. A los deportistas hay que cuidarlos. Ayudarlos. Que estudien y se preparen para el día después, cuando el rival de turno será cada día de la existencia, que queda por recorrer.
-El santafesino nació en la pobreza y murió en la tristeza. Tal vez muchas se arrepintió de haber llegado tan alto, sin estar preparado para eso. Para el deporte de los puños, fue una gloria. Para la vida, una pena, porque pagó demasiado caro cada minuto de la felicidad disfrutada…

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