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Nada más…

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Por Gastón Espíndola

«Sería demasiado lindo poder lograr la eternidad de ciertos momentos. Tan mágico que me resulta imposible imaginarlo», comenzó el muchacho segundos después del incómodo saludo, gélido como esa noche de mayo.
«Seguramente. Pero bueno… a esta especie no le tocó esa capacidad», respondió la chica sin mirar al costado. Y, suspiro previo, siguió: «¿Vos recordás lo verdaderamente importante?».
Mientras pensaba, él revivió la revolución de dolor interior. En ese instante, le entregó una pequeña caja donde había algunos objetos.
«No era necesario», dijo ella ya resignada. Al abrir la caja, también descubrió un papel con palabras que conocía demasiado.
Luego de unos minutos de recuerdos y cruel silencio, él expresó: «Tengo la respuesta para tu pregunta». Encendió un cigarrillo, guardó el paquete y confesó: «Cuando nos mirábamos y lográbamos hablar sin mover los labios, no era necesario nada más».
El momento de las miradas se repitió. Ahí, él besó la mano desocupada de ella, inició la reproducción mental de una canción de un flaco y se despidió.
Sentada en ese lugar neutral de la ciudad, sentía como su garganta se anudaba con cada paso que observaba. Cuando él desapareció, la hoja que había desplegado comenzó a mojarse…

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