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Lluvia del infierno

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Por Gastón Espíndola

El deporte -más allá del nivel al que se practique- es vida. No solo permite mejorar el estado físico y mental de las personas, sino que además cumple un papel fundamental en la integración de las mismas, y en la comprensión y contagio de los valores.
En el caso de Argentina, el más popular es el fútbol. Cada fin de semana –también los viernes y lunes, días de inicio y cierre del torneo más importante del país- miles de hinchas llegan a los estadios para alentar desde los cuatro costados al equipo de sus amores. Y ese aliento y compañía tan “argento” tiene una explicación: la pasión.
Pero no todo es color de rosa. Desde hace varios años -seguramente, varias décadas- muchos de los que asisten a las canchas sobreactúan esa pasión. Eso los llevó -y lleva- a realizar acciones insoportables para toda aquella persona que los sufre u observa.
Gran porcentaje de los estadios del país tienen sus alambrados a muy pocos metros del rectángulo verde. Cuando un jugador tiene que hacer un tiro de esquina, un lateral o un ingreso desde el banco de suplentes, aparece la lluvia. Ésta no llega del cielo… todo lo contrario.
Las cámaras de televisión permiten que todo un país sea testigo de la escena dantesca, en la que adultos y menores de ambos sexos escupen sin parar al jugador del equipo rival. Como únicos métodos de protección, están las camisetas -que se estiran hasta la cabeza- y los escudos de los policías.
¿Cómo explicar el comportamiento de esas personas? ¿Será solo un problema de educación? ¿La cancha sacará lo peor de un ser humano? Si los rostros están filmados, ¿por qué nadie hace nada? Lo único que queda claro es que ningún individuo merece ser agredido.
Por estos tiempos, un fútbol sin alambrados ni lluvias del infierno es una utopía. El tiempo lo dirá.

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