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Jorge Mónaco y Felipe Amado: unidos por el arte de la amistad

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Los reconocidos artistas locales se encontraron el sábado pasado, Día del Amigo y convivieron en una nueva mañana de “mates y guitarra”, como ocurre con frecuencia desde hace más de quince años. En diálogo con La Voz, compartieron los secretos de una relación de “hermandad” que trasciende los escenarios

La etiqueta del Día del Amigo no fue necesariamente una excusa para reunirlos. En realidad, para Jorge Mónaco y Felipe Amado, las mañanas de sábado en compañía del mate, la guitarra y las conversaciones interminables, forman parte de sus vidas desde hace más de quince años.
Concretamente, desde una tarde de 2003, cuando el reconocido profesor de música regresaba de un viaje por Europa y detuvo su marcha en el corazón de la ciudad, deslumbrado por una réplica del cuadro de Guernica, de Picasso, que su futuro amigo, el destacado pintor, estaba terminando en las paredes del Centro Vasco.
“La verdad, tengo que felicitarte. Vengo de España y pude ver la pieza original (exhibida en el Museo Reina Sofía de Madrid) y es igual a la tuya”, alcanzó a decirle, procurando hacer el mayor esfuerzo posible para evitar que se echara a perder el momento de inspiración. Fue el gesto fundacional de una hermandad -más que una amistad-, que perdura hasta los días que corren. “Con Felipe no festejamos el Día del Amigo, sino el Día del Hermano”, confiesa Mónaco a La Voz, mientras ensaya las primeras notas de la mañana, con las cuerdas de su guitarra.
Amado, mientras tanto, había llegado tan sólo hacía unos pocos minutos a la casa de la calle Belgrano, el semillero de varios de los más destacados músicos y cantores bragadenses de los últimos tiempos. Había demorado el ingreso forzado de su bicicleta, por el estrecho espacio que resiste entre los escalones que conducen a la puerta de entrada y las rejas dispuestas para custodiarla. Se había perdido durante largos instantes contemplando la figura que formaban unos trozos de chapa, restos de piedras y montículos de tierra, aparentemente descartados de una obra en construcción, que yacían a unos centímetros del canasto de recolección de la basura.
Esas imágenes, todavía frescas en la retina y las tímidas melodías de las cuerdas que comenzaban a romper el hielo de la mañana, se habían combinado para dar rienda suelta a su improvisación. “Es entonces en donde empieza la parte lúdica de nuestra amistad, que va más allá del mate y la guitarra, porque a la guitarra no la quiero sólo en los teatros, en donde la aplauden y tocan manos más cuidadas. La quiero también simple y sencilla, como el palo que apuntala el rancho, o como la chapas de la entrada, o la tabla de la cocina rural, en la que se amasa el pan que entretiene al hambre y alimenta al alma…”.
“A nosotros, simplemente, nos unió el arte”, resume Mónaco. Amado completa: “Porque el arte nos permite regresar a los lugares en donde nunca estuvimos y nos regala el encuentro con personas que no conocimos, pero sabemos que están. ¿Por qué no puedo yo ser amigo de Yupanqui o de Cortázar o de Borges? Claro que son mis amigos”.
De las reuniones de los sábados, con el mate y la guitarra, se forman los embriones de los espectáculos que, meses después, madurarán en el escenario de la Sala Dómine, como ocurrió recientemente en la Semana del Teatro, en marzo, o en la última Muestra Anual de Canto, dirigida por Mónaco, en la que el eximio músico acompañó, con la interpretación musicalizada del poema “Angelitos negros” (del venezolano Andrés Eloy Blanco), a Amado representándose a sí mismo sobre las tablas, haciendo uno de los papeles que mejor le salen en la ficción y en la realidad: el de pintor de cuadros.
“Todas esas ideas salen de acá, de estos encuentros. A veces miro el reloj y me lamento porque sé que Felipe se tiene que ir y resulta que pasamos largas horas pensando en llevar algo nuevo al escenario”, revela Mónaco. El ritual se repite con frecuencia, pero sin obedecer las leyes y las exigencias de la rutina. “Venimos a trabajar, pero nos divertimos mucho, porque es una pasión para nosotros”, insiste el anfitrión.
Para Amado, es precisamente el disfraz de ocasional el que mejor pinta de cuerpo entero la relación que lo une con Mónaco. “La amistad es sin dudas el vínculo más maravilloso que existe, por su independencia, porque no exige correspondencia, es un vínculo solidario, que, por sobre todo, pone en valor la distancia que te une con el otro”, reflexiona el pintor y director teatral, convencido de que el destino que lo une al de su amigo sólo se explica por el milagro realizado por el arte.

Jorge Mónaco y Felipe Amado, el sábado pasado, en una reunión motivada por el amor al arte.
Amigos en el escenario. Mónaco y Amado, durante una presentación en la Sala Dómine, el año pasado.
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