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¿Y si fuera al revés, Marcelo?



-Por… otro simple observador

En su última columna de opinión, el ex diputado Marcelo Elías planteó el horizonte de un mundo pos-coronavirus organizado sobre nuevas bases democráticas y lazos de solidaridad fortalecidos entre las personas y países como un fenómeno inminente, una vez que la pandemia que desde finales del año pasado siembre el pánico universal se convierta «tan sólo en un recuerdo».

«Seguro alumbrará un nuevo orden, entraremos en otra etapa del capitalismo, otro más inclusivo, más colaborativo, más igualitario y equilibrado. Es posible que el nuevo orden se base en la cooperación entre estados con más capacidades y empresas con más responsabilidades sociales», planteó el ex legislador, en un escrito cuyo disparador fue «la foto» entre el Presidente Alberto Fernández y el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, en actitud cooperativa frente a la crisis sanitaria.

Quizás por su responsabilidad política como dirigente, Elías decidió recostarse sobre una perspectiva optimista con respecto al porvenir y descartar la posibilidad de que el endurecimiento de las medidas de control social, que comparten hoy la mayoría de los países del mundo, pudieran crear las condiciones para futuros gobiernos basados en el autoritarismo y el disciplinamiento en el ejercicio del poder.

Prescindiendo de las evidencias históricas -incluso en tiempos recientes-, Elías no deja margen alguno para despertar, en el grueso de la opinión pública, el temor a que los sistemas democráticos del mundo entren en una fase regresiva, una vez que la exposición de las sociedades a los métodos de aislamiento preventivo, monitoreo policial y vigilancia en las calles con dispositivos electrónicos de última tecnología dejen de tener como justificación la urgencia de prevenir la proliferación del virus.

Como lo describiera Foucault, hubo tiempos -no tan lejanos- en los que la política era en realidad una anatomopolítica, en la que las relaciones de poder se desplegaban sobre los cuerpos de los agentes sociales y su interacción con el espacio. Los denominados centros de encierro -fábricas, escuelas, cárceles u hospitales- permitían la centralización del control de las actos… y de los pensamientos.

Casi dos siglos antes, el filósofo británico Jeremy Bentham había formulado en sus cartas a la Asamblea Nacional una minuciosa descripción sobre el Panóptico, un modelo ideal de edificios penitenciarios, que permitiría una vigilancia eficiente de los reclusos y que tiempo más tarde serviría de metáfora a Foucault para ensayar su explicación del disciplinamiento social.

El hecho de que la represión social descargada sobre los cuerpos haya sido el instrumento a mano para instaurar cambios en los modelos de acumulación económica, tampoco deja espacio para la refutación. Ya sea para la transición de modelos de fuerte intervención estatal a experiencias neoliberales -como las dictaduras de Pinochet en Chile o Videla en Argentina- como a la inversa -los regímenes stalinistas y nacionalsocialistas fueron, por momentos, incluso más violentos que los neoliberales-, el disciplinamiento, mediante el terror, el pánico y el fuerte ejercicio de la autoridad, fueron una constante.

Los tiempos que corren distan de aquellos. Pero igual de cierto es que la crisis sanitaria actual no registra antecedentes, o al menos así lo aseguran expertos en las ciencias médicas y líderes políticos mundiales. El control social -aunque fundamentado legítimamente en el riesgo sanitario- se ha reforzado e incluso alcanzado a los niveles locales de la jerarquía del Estado, como quizás nunca antes.

En honor a la responsabilidad, no se han reportado -al menos no se conocen públicamente- abusos policiales, que los ha habido en épocas de plenitud de las libertades individuales. La figura del Estado de Sitio, por el momento, no parece estar en los planes, aunque el aislamiento se impone a costa de sanciones y reprimendas judiciales por circular en las calles, a contramano de las órdenes presidenciales de acatar la cuarentena obligatoria.

Presagiar una ola de autoritarismo más allá de la luz a final del túnel podría parecer desmesurado e inconveniente. La opción opuesta, la de un orden mundial más igualitario y la de un sistema económico más estable y amigable con el medio ambiente, asoma, en cambio, ciertamente tranquilizadora.     

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