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Diario de cuarentena

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-Por María Cristina Alonso

Me puse a pensar en Haroldo Conti al leer tantos homenajes que se le dedican. Me puse a pensar por qué he leído tanto a Conti; atesoro sus libros en primeras ediciones y hasta guardo un impreso de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de 1984 en el que se despliega en varias páginas el caso de su desaparición. Y cada tanto saco del estante más bajo de la biblioteca los ejemplares de la revista Crisis para leer la nota en la que Haroldo cuenta su viaje a Cuba tras las huellas de Hemingway. Es que yo leía a Conti cuando estaba vivo y en aquella época en que era una estudiante de la carrera de Letras de La Plata me impresionaba que alguien pudiera hacer literatura con un lugar tan intrascendente como Chacabuco, que queda a 50 km de Bragado donde nací y donde hoy vivo. Eran tan joven e inexperta lectora que creía que había lugares con prestigio literario y otros no.
Lo cierto es que después, cuando leí a Faulkner y a todos los latinoamericanos entendí cuál es el verdadero territorio en el que cada escritor construye su universo. Y lo que fascina en Conti es, precisamente, la manera increíble que tiene en volver universales esos personajes salidos de pueblos del oeste de la provincia, cercanos a Buenos Aires pero con sus prejuicios, sus costumbres, sus miradas, su aburrimiento. Y una vez conocí al álamo carolina que le da nombre a su libro de cuentos de 1975. El álamo que no conoce Juan Bautista Duizeide – el escritor que más sabe sobre Haroldo- pero que yo sí gracias a una alumna de aquel entonces y pude sentarme mirar con ojos de árbol y entender cómo se ven las casas, los pájaros y las nubes desde ese perdido camino de tierra.
Acá en Bragado todos creen conocer las historias que cuenta Haroldo, pero siempre de oídas. Hay una carrera pedreste que lleva el nombre de otro de sus cuentos “Las doce a Bragado” pero no alcanza para expandir su palabra profunda.
Conti había sido un asiduo lector de Cesar Pavese y creo que le impresionaron como a mí lo que escribió el autor italiano: “Un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo.”
Se cumplen 44 años de su desaparición. Qué solos nos íbamos quedando a medida que la dictadura se llevaba a tantos intelectuales comprometidos con su tiempo. Queda su obra pero no es un consuelo, porque el terrorismo de Estado impidió todos los libros que podríamos haber seguido leyendo de Haroldo y que no fueron escritos. No obstante quedan los personajes de esos cuentos inspirados que me permiten respirar el ambiente pueblerino de Chacabuco o ver en el camino de tierra que une esa ciudad con Bragado: al tío Agustín (Las doce a Bragado), con el número 14 en la espalda, corriendo la carrera de Fondo las doce a Bragado, corriendo y desistiendo antes de llegar al campo de Cirigliano, pero también ese mismo tío, sentado junto al banco de carpintero, envejeciendo al lado de la sierra y la cardadora; a Basilio Argimón y su empeño por inventar un aparato para convertirse en pájaro y sobrevolar el pueblo y, al fin, estrellarse contra el hotel Unión (Ad astra); al viejo Pampín, el almacenero de Warnes, «un puñado de casitas y tapiales entre los árboles», el mismo que habiéndose olvidado abierta la tapa del sótano que estaba detrás del mostrador, se cayó y hubo que sacarlo con un aparejo; o al loco Seretti, que empezó arreglando los techos para luego quedarse a vivir arriba de ellos (Mi madre andaba en la luz); al maestro Pellice, el cohetero de la zona que, una tarde, se enamoró de la señorita Hayde Lombardi y empezó a escribirle cartas nocturnas que nunca se atrevía a mandar y con las que rellenaba las bombas de estruendo (Perfumada noche); al tío Hipólito y la señorita Adela, atravesando el pueblo para ir a conocer la casa con el jardín y los dos pinos y -junto con ellos- reconocer el olor a tierra mojada que deja el camión regador, ese que tenía un águila de bronce en la tapa del radiador, saltar la acera de ladrillos húmedos, y ver a don Italo en la puerta del almacén con el lápiz en la oreja, o al gallego Correa saludar desde el mostrador de la tienda «El mercurio», y hablar del tiempo, de flores, de tulipanes, de espuelas de caballeros, de ciclamen (Los novios).
En los cuentos de Haroldo Conti veo a mis abuelos, a la luz del pueblo en mi infancia y me lleva inevitablemente a ese universo habitado por cuises, liebres y pájaros.

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