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Salvador Mazza, médico incomprendido

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Dedicó toda su vida a «enfermedades de los pobres» y tuvo que luchar contra los burócratas que hacían más difícil su trabajo.

Tras sus ojos cubiertos por gruesas gafas de miope y ese cabello rizado se ocultaba un hombre severo, de carácter enérgico, «chinchudo», como le decían sus discípulos. Y lo que más lo irritaba eran los burócratas que frenaban sus proyectos, ésos que bullían en su cabeza de hiperquinético insomne, un adicto al trabajo apasionado por su labor.
Así era el doctor Salvador Mazza, nacido en RAUCH (provincia de Buenos Aires) el 6 de junio de 1886. Hijo de «tanos» inmigrantes, Salvador heredó de ellos la disciplina y la tenacidad, que se reflejó en la concreción del sueño de «M’hijo el dotor».
Antes de su egreso de la Universidad de Buenos Aires, ya sabía a qué habría de dedicarse: al estudio de las bacterias, virus, parásitos y hongos. Recién egresado, se incorporó al Instituto Nacional de Bacteriología que hoy lleva el nombre de Carlos Malbrán (colega 20 años mayor que Salvador que recorría el país estudiando sus pestes y epidemias). Allí, completó su formación bajo la guía de Rudolf Krauss, uno de los grandes científicos del siglo XX que desarrolló la vacuna antirrábica con Luis Pasteur.
Se le encomendó al joven Mazza la organización del Lazareto en la isla Martín García, donde se buscaba entre los inmigrantes a los portadores sanos del cólera. Después de complementar éste, su primer trabajo científico, se embarcó rumbo a Europa donde estudió con otro de los grandes de su tiempo: Charles Nicolle, futuro premio Nobel de Medicina.
Sin embargo, por más que Nicolle sería su mentor, fue Carlos Ribeiro Justiniano das Chagas, quien deslumbraría al argentino. Caso raro en la medicina, Chagas no solo fue el primero en describir una nueva enfermedad, sino quien descubre su agente causal y el vector de la misma. Chagas es el nombre que recibe esta afección, aunque también nombra al Trypanosoma Cruzi, en honor a su maestro Oswaldo Cruz.
En cuanto al vector, la vinchuca, que en quechua quiere decir “el que cae”, será Mazza quien trate de hacerla desaparecer de los ranchos donde anida y cobra sus víctimas. Mazza, como hizo Chagas en su momento, lo repetirá hasta el cansancio: ésta es una enfermedad de la pobreza y la ignorancia. Y él fue el encargado de anunciarlo en cuanto medio estuviese a su alcance.
Mazza conoce a fondo la enfermedad, porque la ha ido a buscar al monte y a la sierra y a esos ranchos donde anida. Fue él quien describe la hinchazón del párpado (dacrioadenitis) signo que terminará llevando su nombre.
Tanto Chagas como Mazza serán acusados de “encontrar enfermedades donde no existían” (para muchos, lo esencial solo es visible a los ojos) y por tal razón sufrirán el acoso de las autoridades que hicieron caso omiso de su prédica, desconociendo premios y reconocimientos internacionales. A Mazza, lo consideran un sabio y escriben sobre su vida en diarios y revistas de Europa, aunque él desdeña ese título. Para él, ya no había hombres como Plinio, Aristóteles o Leonardo en el mundo actual, sino personas “tesoneras que circunscriben su estudio a una disciplina”.
Muchos de los logros de Salvador Mazza tenían atrás la tarea sigilosa de su esposa Clarinda Razori, joven de talento, políglota y soprano de voz extraordinaria, que pone orden en la vida de Salvador y fue fundamental en sus trabajos, publicaciones y en sus logros. A lo largo de 32 años fue esposa, amante, secretaria y fotógrafa, testigo de sus luchas y rabietas como cuando pidió y obtuvo el permiso del mismísimo Alexander Fleming para producir penicilina en la Argentina en 1942. A este fin loable, le pusieron cientos de trabas y hasta la duda de la integridad ética de Mazza.
Para huir de estas intrigas, le hizo caso a su amigo Nicolle y fundó el Instituto de Enfermedades Tropicales en Jujuy, y aún allí le llegaron las pequeñeces burocráticas, celos e intrigas de funcionarios que creían que sus investigaciones sobre enfermedades “exóticas” podían espantar a inversores. Desde Jujuy, llevó su ciencia a todo el país en el vagón de un tren preparado por él mismo para estudiar las enfermedades endémicas en todo el país. Con el mítico E600, recorrió los rincones más recónditos de la Argentina.
La última maledicencia la sufrió al morir de un trastorno cardíaco en México, durante un Congreso de Chagas al que había sido invitado para iluminar a sus colegas con sus conocimientos. Mazza era un incesante fumador, pero versiones indican que murió a causa de la enfermedad a la que le había dedicado toda su vida, como si fuera un castigo final por meterse en lo que no debía: La salud de la gente castigada por la pobreza… Su muerte se produjo el 6 de noviembre de 1946, es decir, cuando tenía 60 años.

(Por Omar López Mato, historiador).

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