Press "Enter" to skip to content

Los blancos de Villegas, los caballos en la historia… Fundador de Trenque Lauquen; un día los indios se los robaron en la madugada…

Compartir artículo enShare on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin

-Daniel Balmaceda (historiador)

Debe haber sido una mañana fría, aunque cargada de sensaciones. El miércoles 23 de marzo de 1876 se puso en marcha la columna de seiscientos hombres que partió del Fuerte General Lavalle (hoy General Pinto), pero que estaba muy lejos de ser una de las clásicas expediciones militares. Porque además de los seiscientos soldados, iban sesenta y ocho familias y entre todos arreaban unos dos mil caballos, mil seiscientas ovejas y doscientos cinco bueyes. La caravana debía fundar un nuevo asentamiento y poblarlo con el objeto de estirar la línea de frontera con el indio. Al mando iba el coronel Conrado Excelso Villegas (36 años), héroe de la Guerra del Paraguay y a quien la indiada que lo combatía bautizó «El Tigre».
El 12 de abril por la tarde, Villegas fundó Trenque Lauquen junto a la laguna del mismo nombre (los mapuches utilizaban el vocablo trenqué-lauquén para referirse a una laguna de forma redonda). El comandante ordenó que de inmediato se construyera un mangrullo, se clavara un mástil para la bandera argentina y se armaran los corrales para encerrar el arreo. Luego distribuyó los solares de las diecinueve manzanas del flamante pueblo. Había nacido un nuevo asentamiento, cerca de la frontera en conflicto.
Trenque Lauquen fue el escenario de la historia más curiosa que protagonizó el Regimiento de Caballería Nro. 3. Para revivirla, es necesario analizar la estrategia de Conrado E. Villegas. El coronel sostenía que para vencer al bravo cacique Pincén, sus hombres debían estar muy bien montados. En Junín se concentraba la caballada del Ejército y Villegas viajó con un par de oficiales de confianza para seleccionar los de sus soldados. Entre los seis mil que eligió, separó seiscientos blancos, tordillos y bayos claros. No tardaron en convertirse en la elite mimada del coronel. Los más cuidados, los mejor alimentados y los más famosos de la pampa eran los blancos de Villegas.

Esa tropilla a veces tenía mayores privilegios que los hombres que integraban el regimiento. La vida en el cuartel tenía todos los condimentos que vivió Fierro, el personaje que creó José Hernández. Incluso, la tremenda realidad de los que, por algún capricho de alguien con poder, eran enviados a la frontera a cumplir con un año de servicio a la patria, convirtiéndolo en un castigo en vez de un orgullo. Siempre un par de pagas mensuales desaparecían. Y muchas veces el año de servicio se extendía hasta plazos absurdos, sólo porque no aparecía el papel que daba de baja al milico enganchado. Eso fue lo que ocurrió con un cuarteto en Trenque Lauquen, que un día resolvió desertar.
Se descubrió la ausencia y no bien bajó el sol, una partida al mando del capitán Morosino salió a perseguirlos. En la mañana del 18, se toparon con los desertores en una laguna pequeña. Se tirotearon por más de una hora. Saldaña exaltaba el ánimo de sus compañeros, hasta que una bala le dio en la frente. Recién cuando se les acabaron las municiones, sus tres compañeros se rindieron. Esa misma tarde, Peralta, Ledesma y Verón declararon ante un tribunal militar improvisado en el cuartel. Cada uno por separado dio sus razones, que terminaron siendo las mismas: hacía tiempo que habían cumplido con el año de enganche y habían resuelto volver de una vez a sus ranchos. El tribunal dictaminó que uno más de ellos sería ejecutado mientras los otros dos irían al calabozo. Ahí mismo se realizó el sorteo. En una caja se colocaron tres papeletas, dos en blanco y la tercera marcada con carbón. Los dos que escogieran las blancas irían al calabozo; el de la negra, sería fusilado.
El primero en adelantarse para tomar uno de los papeles doblados fue Peralta, quien no manifestó ni una pizca de sensibilidad hasta que sacó uno en blanco y lanzó un fuerte suspiro de alivio. Lo seguía Ledesma. Daba la sensación de que iba a desmayarse antes de llegar al frente. Verón, dándole ánimo, le dijo: «Vaya tranquilo nomás, que la negra es para mí». Nada convencido, Ledesma siguió su derrotero con zapatos de plomo. Tomó una papeleta, la desdoblo y estaba vacía.
Muy resuelto, Verón marchó en busca de su negro destino. Se resolvió enviar de inmediato a los dos salvados al calabozo y a Verón se lo puso en capilla. Se le informó que lo fusilarían a la mañana siguiente, a las ocho. Recibió un paquete de cigarrillos negros y le cebaron mates hasta decir basta. Siempre se mostró tranquilo. Durmió como un lirón y en el instante en que sonó la trompeta al amanecer, saltó del catre y le anunció al alférez de guardia que ya estaba listo. El guardia le dijo que aún faltaba. Claro, eran las cinco de la mañana y todavía podía disfrutar de tres horas en este mundo. Se pidió un cigarro y se sentó a contemplar la nada, cuando de repente, una serie de gritos destrozó la monotonía de la mañana campestre.

¿Qué había ocurrido?
En la noche previa, el coronel Villegas había dispuesto que se encerrara a los renombrados blancos en el corral cercano a la comandancia porque quería que el regimiento formara con la caballada de elite en la ceremonia de la ejecución de Eustaquio Verón. Por ese motivo, había destacado un piquete de ocho soldados al mando del viejo sargento Francisco Carranza, para que velara por la seguridad de la tropilla especial.
El sueño había vencido a todos los integrantes de la guardia y a las cinco de la mañana, en cuanto alguno abrió un ojo, descubrió que el corral estaba vacío. Habían desaparecido los seiscientos caballos blancos. Una pesquisa hecha a las apuradas les permitió deducir que los indios habían roto el alambrado en el fondo del corral, habían rellenado una pequeña zanja que lo circundaba para que pudieran salir por allí sin tropezarse y habían tomado sin hacer ruido a las yeguas madrinas, para arrastrar a todos los demás. Los pampas se habían robado los mejores caballos del Tigre Villegas en sus propias narices… Apenas una anécdota.
-Villegas nació en Uruguay y murió en Francia. Integró el Ejército Argentino desde 1862. Participó en la Guerra de la Triple Alianza y en la Campaña del Desierto.

Fuente: Archivo – Crédito: Archivo General de la Nación

Compartir artículo enShare on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin