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1970 – Parroquia San Martín de Porres – 2020

Nuestro encuentro con la palabra de Dios
-Pbro. Gustavo E. Sosa

Con frecuencia nos preguntamos por qué Dios permite el mal, por qué los corruptos y violentos prevalecen sobre los justos y honestos. Nuestra primera reacción suele ser el deseo de acabar con toda esa “mala yerba” que no deja crecer las semillas del bien. Y esta pregunta reviste un especial significado para nosotros, en medio de esta pandemia y de la ya inaguantable cuarentena, en la que las fuerzas del mal parecen ahogar las esperanzas de una vida más justa y en paz.
Pero contraria a nuestra impaciencia se nos presenta la actitud de Dios que, como dice la primera lectura, en el pecado da lugar al arrepentimiento. Esta actitud nos la muestra el propio Jesús, quien en lugar de querer la aniquilación de quienes hacen el mal, les ofrece la oportunidad de cambiar, encarnando así al mismo Dios que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.
También en nosotros viven enfrentados el bien y el mal, y querer negarlo o eliminar totalmente la raíz de lo negativo es muy arriesgado, porque se puede dañar también lo bueno.
Esto es, precisamente, lo que señala Jesús en la parábola del trigo y la cizaña. Dentro de cada uno de nosotros habita la contradicción y vivimos, permanentemente, movidos por lo bueno y también por lo malo. Por eso es muy importante estar atentos a los movimientos de nuestro corazón, que pueden manifestarse en pensamientos, sentimientos o sensaciones que tenemos frente a los acontecimientos cotidianos de nuestra vida.
Quiero poner un ejemplo que nos ayudará a descubrir esto dentro nuestro. Podríamos decir que el Reino de los cielos se parece a mi abuela cuando nos daba de comer pescado. ¡Cómo olvidar sus milanesas de merluza…! pero en ese almuerzo siempre había una trampa: las espinas. Uno de mis primos siempre optaba por sacar lo de arriba del pescado y comerse sólo lo superficial por miedo a las espinas. Dejaba casi todo en el plato. Yo me comía el pescado sin mucho cuidado y más de una vez, me atraganté con las espinas, recibiendo como remedio una buena bola de miga de pan para que pasaran y no me ahogara. Y otro de mis primos, pacientemente, iba masticando con cuidado cada bocado y sacaba a un lado las espinas, hasta que terminaba de comerse la deliciosa milanesa que la abuela había hecho.
En nuestra vida podemos tener una de estas tres actitudes. O esquivar siempre los obstáculos por miedo a las espinas; o comernos todo sin darnos cuenta de lo que nos puede hacer daño; o, finalmente, saborear la vida y degustar con paciencia toda su riqueza, seleccionando bien cada bocado, para quedarnos con lo bueno, con lo nutritivo, con lo que nos alimenta, sin despreciar nada de lo que Dios nos brinda con amor, pero sin tragarnos el veneno y la cizaña que nunca se pueden eliminar completamente.
Aprendamos a separar, con paciencia, el trigo de la cizaña, pero no seamos apurados y ansiosos, buscando que los demás cambien, sino mirando nuestra propia realidad de vida. No nos atragantemos con el apuro de querer sacar la cizaña, porque corremos el riesgo de cortar el buen trigo. Aprendamos a comer el pescado con paciencia… porque el ejemplo lo tenemos en Dios, que es paciente, lento a la cólera y rico en piedad, como dice el Salmo.