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1970 – Parroquia San Martín de Porres – 2020

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Nuestro encuentro con la Palabra de Dios…
-Pbro. Gustavo E. Sosa

Desde hace dos domingos hemos venido escuchando en el Evangelio según san Mateo las parábolas del Reino, con las que Jesús nos muestra cómo debemos disponernos para que el poder del amor de Dios obre en nosotros. Veamos hoy que nos dice.
El tesoro y la perla son imágenes que se refieren al valor del Reino de Dios, es decir, del poder transformador de su Amor, cuya cercanía había proclamado Jesús desde el inicio de su predicación, invitando a sus oyentes a convertirse, orientando sus vidas a Él de modo que ese mismo poder los transforme. Podríamos resumir el sentido de ambas parábolas en dos palabras: prioridad y oportunidad.
Amar a Dios sobre todas las cosas implica reconocer la prioridad de Dios sobre todo lo demás en nuestra vida. Cada uno de nosotros debe entonces hacerse esta pregunta: ¿Estoy reconociendo en mi vida esta prioridad, con todo lo que supone y exige?
El Reino de Dios se nos ofrece además como una oportunidad. De cada quien depende aprovecharla. El labrador que descubre el tesoro escondido y el comerciante que encuentra la perla fina simbolizan a quien sabe poner prioridades y aprovechar sabiamente las oportunidades.
Para obrar nosotros de igual modo, necesitamos que el Señor nos conceda el don que le pidió Salomón, según nos cuenta la primera lectura: La sabiduría para discernir entre el bien y el mal, entre lo que nos conviene o no para lograr la verdadera felicidad haciéndonos posible, como dice el Salmo, vivir de acuerdo con la voluntad de Dios.

Jesús quería que sus discípulos fueran continuadores de sus enseñanzas. Este es el sentido de la comparación que les propone al final de la lectura de hoy: La misión de continuar el anuncio de Jesús es como el hombre que saca de un baúl lo viejo y lo nuevo. Ellos deberán ser fieles a una tradición que se remonta a los orígenes de la Iglesia fundada por Cristo; no la que se inventan algunos vivos, para hacer de eso un negocio (no nos olvidemos que nos quisieron vender alcohol consagrado contra el coronavirus), pero también tendremos que encontrar nuevas formas de anunciar el Evangelio en circunstancias nuevas, respetando lo valioso de la tradición, pero asimismo estando dispuestos a asumir sin miedo lo nuevo que trae el presente y que depara el futuro.
Dice San Pablo en la segunda lectura, que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman. En medio de este mundo aquejado por la presencia del mal en sus distintas formas –y hoy además por la pandemia del coronavirus– nuestra fe en Dios nos anima a la esperanza en el triunfo del bien, que puede empezar desde ahora mismo para nosotros si nos ponemos en la onda de su Reino, es decir, en la del poder de su amor que construye y transforma, que sabe sacar bienes de los males y hacer maravillas en nosotros si confiamos en Él a pesar de todas las dificultades que se nos presenten.
Invoquemos a la Santísima Virgen María, pidiéndole que nos alcance de su Hijo, la sabiduría de descubrir lo que más nos conviene para ser felices, aprovechar las oportunidades que Dios mismo nos ofrece para orientar nuestra vida de acuerdo con su voluntad y no desanimarnos ni dejarnos vencer por el pesimismo en medio de los problemas de esta vida.

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