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1970 – Parroquia San Martín de Porres – 2020

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Nuestro encuentro con la Palabra de Dios…
-Por Pbro. Gustavo E. Sosa

Hace un tiempo, releyendo algunos libros viejos, de mi época de estudiante, me encontré con la historia de un hombre que paseando por el bosque vio un zorro que había perdido sus patas; el hombre se preguntaba cómo podría sobrevivir el pobre zorro mutilado. Entonces vio llegar a un tigre que llevaba una presa en su boca. El tigre ya se había hartado y dejó el resto de la carne para el zorro. Al día siguiente volvió a ocurrir lo mismo, de modo que el hombre quedó maravillado de la inmensa bondad de Dios y se dijo: “Voy a quedarme en un rincón, confiando plenamente en Dios, y éste me dará todo lo que necesito”.
Así lo hizo durante varios días; pero no sucedía nada y el pobre hombre estaba casi a las puertas de la muerte, cuando oyó una Voz que le decía: “¡Escúchame, estás en un error, abrí tus ojos a la Verdad! Seguí el ejemplo del tigre y dejá de imitar al pobre zorro mutilado”.
Es frecuente que, cuando nos encontramos con situaciones dolorosas, reaccionemos ante Dios pidiéndole que haga algo por nosotros, que nos ayude a solucionar nuestros problemas. Y Dios hace algo, pero no lo que nosotros queremos: Él nos invita a colaborar en su obra. Cuánta gente, cuándo ve las miserias y sufrimientos de nuestro pueblo, no reclama de Dios una respuesta frente a tanto dolor. La pregunta que muchas veces asoma a nuestros labios es: “¿Por qué permitís estas cosas? ¿Por qué no hacés nada?” La respuesta que nos da Dios es: “He hecho algo importante: Te hice a vos…”.
El texto evangélico de este domingo nos presenta la reacción de Jesús ante el asesinato de Juan el Bautista. “Cuando Jesús recibió la noticia, se fue de allí él solo, en una barca, a un lugar apartado. Pero la gente lo supo y salió de los pueblos para seguirlo por tierra. Al bajar Jesús de la barca, vio la multitud; sintió compasión de ellos y sanó a los enfermos que llevaban”. Jesús no se deja aplastar por su dolor ante el crimen que había acabado de cometer Herodes contra su amigo, el profeta Juan. Siente compasión y no pude cerrar los ojos ante el sufrimiento de aquellos que lo siguen hasta ese lugar apartado.
Los discípulos, viendo que se hacía tarde y que la gente no tenía dónde encontrar comida, le sugieren a Jesús que los despida para que vayan a las aldeas a comprar comida. Pero Jesús les dice: “No es necesario que se vayan; denles ustedes de comer”.
La reacción de sorpresa no se deja esperar: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Esto no alcanzará para alimentar a tantos. Jesús, entonces, toma los pocos panes y peces, manda que la multitud se siente sobre la hierba y “mirando al cielo, pronunció la bendición y partió los panes, los dio a los discípulos y ellos los repartieron entre la gente”. Jesús parte y los discípulos re-parten lo poco que tenían con una multitud. Y “todos comieron hasta quedar satisfechos”.
No podemos seguir imitando al zorro mutilado. Tenemos que imitar más bien al tigre, que alimenta todos los días al que no puede buscar su alimento. Sólo así seremos discípulos de Aquel que no evadía el hambre de su pueblo, sino que partía y repartía con ellos todo lo que tenía.

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