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1970 – Parroquia San Martín de Porres – 2020

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-Nuestro encuentro con la Palabra de Dios…

Pbro. Gustavo E. Sosa.

Domingo 9 de Agosto de 2020 Domingo 19 durante el año Mt 14,22-33.
El Diccionario de la Real Academia define el miedo como “una perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”. En este momento, la humanidad está sumida en un miedo colectivo. Y el riesgo que corremos no es imaginario; cada día las cifras van en aumento. Hasta hace algunos meses, la palabra miedo aparecía de vez en cuando en nuestro lenguaje, pero ahora su presencia es constante. En febrero y marzo, el coronavirus causaba estragos en otros continentes. Pero ya lo tenemos en casa; personas cercanas a nosotros han resultado positivas y algunas han muerto. Estos días en BRAGADO nos vimos sorprendidos por la cantidad de casos positivos que se dieron.
Ante esta realidad en la que nos encontramos, tenemos que superar el tabú de hablar de los miedos que nos atormentan. La cultura nos ha inculcado que los miedos deben permanecer ocultos en nuestra intimidad y si algo se filtra al exterior, debemos minimizarlos. ¡Qué cosa más tonta! Expresemos con libertad nuestros miedos: Nos da miedo contraer el virus y transmitirlo a las personas que viven con nosotros; nos da miedo acudir a una clínica por una urgencia; nos da miedo perder el empleo; nos da miedo que esta situación se siga prolongando indefinidamente.
¿Por qué introduzco este incómodo tema del miedo en esta reflexión del domingo? Porque el Evangelio de hoy nos habla del miedo que sintieron los discípulos cuando los sorprendió una tempestad en medio del lago y del miedo que se apoderó del apóstol Pedro cuando empezó a caminar sobre las aguas, pero creyó que el viento lo iba a hundir.
El evangelista Mateo rompe el tabú del miedo y nos comparte los sentimientos de los discípulos de Jesús en medio de la tempestad. ¿Qué dice Jesús a los discípulos miedosos? “¡Calma, soy yo; no tengan miedo!”. ¿Qué dice Jesús a Pedro, que siente que se va a hundir en las aguas del lago? “¡Desconfiado! ¿Por qué dudaste?”
¿Qué significa esto frente a la pandemia? Simultáneamente, debemos fortalecer nuestra vida espiritual, y obrar con inteligencia y prudencia:
-La sabiduría humana está de rodillas ante este enemigo microscópico. Somos capaces de enviar naves a otros planetas, pero no podemos frenar a este virus. Dejemos a un lado la prepotencia. Seamos humildes. Tenemos que reconocer nuestras fragilidades. Somos vulnerables.
-Los creyentes leemos nuestros temores y fragilidades desde nuestra fe en Jesucristo resucitado, que es camino, verdad y vida. Con su ayuda lograremos salir adelante. Nuestra fe no espera que, de manera milagrosa, aparezca la vacuna que ponga fin a esta pesadilla. Sabemos que Dios actúa a través de sus criaturas. Confiamos en el trabajo de los científicos y en la prudencia de los gobernantes. En este momento, la única barrera eficaz es el auto-cuidado.
-Como dice la sabiduría popular, “a Dios rogando y con el mazo dando”. Esto significa orar para que Dios nos proteja y nos dé la sabiduría para tomar las decisiones acertadas; y obrar de manera responsable poniendo en práctica la ética del cuidado mutuo.
-Que esta sencilla meditación dominical, inspirada en los sentimientos de los discípulos sorprendidos por una tormenta, nos ayude a no quedar paralizados por los miedos y temores después de casi cinco meses de cuarentena:
-Busquemos en la oración la fortaleza espiritual que tanta falta nos hace.
-Compartamos nuestros sentimientos y démonos esperanza.
-Promovamos actividades de caridad que nos alienten en estos momentos a no olvidarnos que somos hermanos y formamos parte de una comunidad, subida a la barca de Pedro, que se ve zarandeada por la tormenta, pero que confía en la fuerza y el poder del Señor Jesús.
-Y por último, perdamos el miedo a hablar de nuestros miedos. Siempre encontraremos la mano amiga de Jesús que nos rescata y nos sube de nuevo a su barca.

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