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“Diario de aislamiento”, por María Cristina Alonso

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Siempre me gustaron los diarios de viaje, los cuadernos secretos, las bitácoras de los navegantes, las cartas escritas a mano, los mensajes garabateados en las paredes; esos textos que dan cuenta del día a día, de la felicidad y del miedo, del amor y del odio. Me dirán, te estás olvidando de las redes sociales donde la gente también usa la primera persona. En fin, a veces en los diarios de cuarentena que muchos están tejiendo, armando la trama de estos días con la esperanza de dejar testimonio para cuando estemos a salvo, se leen cosas originales. (¿Estaremos a salvo alguna vez en un planeta permanentemente depredado?)
Sigo, en las redes sociales sobreabunda el copia y pega, pero tengo algunos amigues virtuales que son escritores y suelen regalar textos efímeros y maravillosos.
Sobre esos cuadernos, papeles, pantallas, intentamos encontrar metáforas sobre el miedo. El lobo es la metáfora del peligro en los cuentos populares y tenía un origen verdadero. En tiempos remotos, en los fogones donde nacieron esos cuentos, los bosques eran zonas riesgosas por las que había que pasar y los lobos de verdad acechaban. Por algo Perrault y los hermanos Grimm recogen una historia que andaba circulando desde tiempos inmemorial y convierten a Caperucita en un cuento de advertencia para las mujeres. El peligro está afuera, los hombres son como los lobos, se ensañan con las doncellas, mejor, quedate en casa.
El lobo ahora es un virus que la gente hace circular, en todo el planeta. Los que vivimos en pueblos en los que todavía el virus no se había esparcido tanto, contábamos la película de la pandemia un poco desde lejos. Ahora, en este 15 de agosto de 2020, en mi diario de confinamiento (adviértase que ya no lo llamo de cuarentena), el lobo está en la puerta de nuestras casas, más de un centenar de infectados en un pueblo de cuarenta mil habitantes. Como en los cuentos de advertencia, nos vamos diciendo que mejor es quedarse en casa, escribiendo en primera persona cómo se teje nuestro miedo, esperando a que venga el cazador y nos devuelva los abrazos, las fiestas en la calle, las mesas compartidas…

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