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Saúl Ubaldini, el elegido del pueblo

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El histórico dirigente de la CGT fue clave en las reivindicaciones de los trabajadores en los 80 y en los 90.

Por Julio Bazán.

¡Saúl, querido, el pueblo está contigo!. El rugido acopla el fervor de decenas de miles de gargantas en el cruce de rutas en la populosa localidad industrial de San Justo. El destinatario de la declaración de amor, campera negra de cuero arremangada hasta los codos, está a veinte metros de altura subido a una plataforma elevadora, vociferando encendidas consignas y anunciando el enésimo paro general. Su figura sugiere una imagen de fragilidad engañosa: la adhesión de las bases obreras lo convierte en el sindicalista más fuerte de la Argentina.
Esa singular popularidad sin precedentes, y el hecho de que sus compañeros hayan tenido que hacer una colecta para pagarle el entierro de tan pobre que murió, lo convierten en un caso exótico, en esta Argentina acostumbrada a que los sindicalistas más importantes vistan trajes y corbatas de seda, habiten lujosas mansiones y, en ocasiones, coleccionen costosas obras de arte o perros de raza o… clubes de fútbol.
Saúl Ubaldini es el secretario general de la CGT que pasó a la historia por haberle hecho 13 paros generales al gobierno de Raúl Alfonsín. La confrontación era inevitable. La central obrera no reaccionó solamente para cuidar el salario de sus representados, lo hizo, sobre todo, en defensa de su propia supervivencia. A la salida de la dictadura, Alfonsín había ganado las elecciones denunciando un pacto militar-sindical y propiciaba una ley de democratización gremial que apuntaba a terminar con la influencia secular de los caciques peronistas.

Era una cuestión política, pero el temperamental Alfonsín lo tomó como algo personal. Y ridiculizando el tono dramático, desgarrador de la oratoria de Ubaldini en sus discursos invariablemente de espaldas a la Casa Rosada, le mojó la oreja. Lo tildó de “mantequita y llorón”. “Llorar es un sentimiento, pero mentir es un pecado”, replicó sin demora el sindicalista, que además equiparó a Alfonsín con ese “viejo verde” del tango Acquaforte que “le negó el aumento a un pobre obrero que pedía un cacho más de pan”, mientras emborrachaba “a Mimí con su champán”.
La apelación no fue casual. Ratificó la índole tanguera que lo caracterizó desde su juventud y que siguió ejercitando entre paro y paro con visitas al Social Rivadavia, en Flores, y otras milongas en las que lucía sus dotes de bailarín y disfrutaba las grabaciones de sus cantores favoritos, Floreal Ruiz y Alberto Podestá. Los cortes y quebradas se prolongaban hasta avanzadas madrugadas, para desesperación de sus inseparables colaboradores Julio Quiroga y el “Cebolla” Francisco, obligados a tenerle la vela.
El tango y el club Huracán fueron sus grandes pasiones, pero sobre todo Evita, que lo deslumbró cuando visitó vestida de seda la escuela en la que cursaba el primero superior, y lo premió con un viaje a Mar del Plata por buen alumno. La inamovible imagen de la Virgen de Luján en los despachos que ocupó completó el cuadro de sus devociones.
Había nacido en 1936 en el hospital Salaberry, de Mataderos, el barrio de su infancia. Hijo de obreros (su padre en un frigorífico y su madre textil), se recibió de técnico industrial y después de hacer el servicio militar en la Marina, trabajó en los frigoríficos Lisandro de la Torre y Wilson. Fue electo delegado y tras un conflicto, lo despidieron y terminó preso. Combativo por elección, décadas después sería remitido otras dos veces a la cárcel de Caseros por los militares gobernantes: en 1979, tras el primer paro general a la dictadura, y después de una marcha a la Plaza de Mayo el 30 de marzo 1982.
Ubaldini, secretario general de los trabajadores cerveceros antes de encabezar la CGT, es el único de los cuatro sindicalistas más importantes de la Argentina que hasta sus días no salió (como Augusto “El Lobo” Vandor, José Rucci y Lorenzo Miguel) de la poderosa Unión Obrera Metalúrgica. Sin esa ventaja de cuna, su encumbramiento fue azaroso: cuando decidieron unirse los sindicalistas dialoguistas y combativos durante la última dictadura, ninguno de los dos líderes (Jorge Triaca y Lorenzo Miguel, respectivamente) quisieron dejar el liderazgo al otro. Para deshacer el nudo, acordaron designar a un dirigente inocuo, manejable… eso pensaban de Ubaldini.
Al frente de la CGT Brasil, Ubaldini tejió una relación de hierro con la Iglesia, que en 1981 le abrió las puertas de San Cayetano para que encabezara la primera movilización callejera contra la dictadura, con el lema Paz, pan y trabajo, el mismo del Santo. Acudieron 10.000 trabajadores. La ligazón, de provecho mutuo, se prolongó llegada la democracia. El presidente de la Pastoral Social, monseñor Rodolfo Bufano, solía visitarlo los sábados para comer asado en la sede de la CGT, donde Ubaldini se había quedado a vivir, y no eufemísticamente. Bufano fue decisivo para que Ubaldini hablara frente al altar tras la misa que el papa Juan Pablo Segundo rezó para los obreros en el Mercado Central el 10 de abril de 1987. Se debe haber sentido el Lech Walesa argentino. Juan Pablo II volvería a recibirlo en Roma en 1998.
Vivió durante años en el espacioso departamento con dormitorio, amplio living y parrilla existente en el sexto piso del edificio de Azopardo 802. Y allí recibía otras visitas más seculares, de amigos como Cacho Fontana, Beba Bidart y Liliana Caldini. Su confesor, el padre Antonio Maggi, lo regañaba porque no visitaba a su primera esposa, Felisa, en Avellaneda.
El 4 de mayo de 1985, el padre Maggi prestó su capilla de Nuestra Señora de Luján, en Sarandí, para la reunión secreta entre funcionarios radicales y sindicalistas en la que Alfonsín y la CGT depusieron el enfrentamiento. Cenaron matambre con ensalada rusa y arrollado de pollo. Alfonsín se rendía. Resignó su propósito de reformar (democratizar) el sindicalismo y aceptó como ministro de Trabajo a Juan Carlos Alderete, dirigente peronista de Luz y Fuerza.
La popularidad de Ubaldini crecía. Sus visitas provocaban avalanchas de entusiasmo. Las presiones del afecto hacían estallar vidrios de puertas o precipitar ascensores por exceso de carga, como cuando en 1985 cayó el del hotel Ancasti, en Catamarca, que compartía con el gobernador Ramón Saadi; su padre, el senador Vicente Saadi, y una pequeña muchedumbre. Donde iba, le regalaban camperas (ya fallecido, en 2017 su segunda esposa, Margarita Muñoz, reveló que conservaba…treinta y siete! de las que llegó a tener).
Le torció el brazo a Alfonsín, pero caería víctima del fuego amigo. Su popularidad fue esencial para que Carlos Menem ganara las elecciones en 1989. Pero el riojano lo usó y lo desechó. Dividió la CGT y licuó su poder. Su intento de disputar la gobernación bonaerense a Eduardo Duhalde fue un fracaso estrepitoso (obtuvo apenas el 2 por ciento de los votos). Después fue electo y reelecto diputado, pero su momento ya había pasado.
Las cotidianas jornadas de trabajo hasta las 11 de la noche, prolongadas en cenas hasta la madrugada, y el abuso de cigarrillos negros le pasaron factura. “Era honrado, pero más que eso un bohemio con la plata”, me dijo un allegado para explicar el hecho de que cuando el cáncer de pulmón lo mató a los 69 años, sus amigos tuvieron que hacer una colecta para enterrarlo.

-N. de la R: Saúl Ubaldini tuvo familiares en Bragado, por lo cual sus visitas se reiteraron.

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