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Diario de cuarentena

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La radio, cien años
-Por María Cristina Alonso

Había una marrón, con parlante afelpado sobre la mesa de luz en la habitación de mis padres, pero que jamás encendían. La roja y amarilla, modelo de los 50, reinó por varias décadas en la cocina, sobre un estantecito que le habían adosado a un mueble. No recuerdo momento de mi infancia y mi adolescencia en que no estuviera encendida la radio. Pertenezco a una generación que está amasada por esas voces inolvidables. La hora del baño, al atardecer de mis cinco o seis años era Oscar Casco derritiendo a los muebles de la cocina, o la música juguetona que anunciaba a los Pérez García, que tenían, tantos, tantos problemas.
Mi madre cosía en la Singer mientras escuchaba los programas de la tarde. Mi padre buscaba en Radio Colonia que le contaran lo que no podían decir las emisoras argentinas. En la radio escuché mil veces Balada para un loco en el programa de Hugo Martineiz, que, además recitaba Songoro consongo de Nicolás Guillén y ponía las canciones de la playa de Carlos Barocela y la Muerte del general Lavalle completa y sin anuncios.
Era la dictadura y a las siete de la mañana de los domingos me ponía el despertador para escuchar la única voz disonante y crítica de Eduardo Aliverti, que no sabíamos ni cómo se atrevía a hablar de los que desaparecían y contra los siniestros militares.
Escucho radio en todos sus formatos, en el celular, por la computadora, en una radio un poco vintage que me compré y en la que puedo buscar las emisoras en un dial. Como en las de antes, las catedrales de las que hablaba mi madre, la modernísima spika forrada en cuero marrón que se podía llevar a cualquier parte, escucho las preocupantes noticias de la pandemia por la radio. Siempre hay una radio sonando en alguna parte. El maravilloso invento nacido en una azotea es el pan y el consuelo de los solitarios, de los confinados, de los presos, de los encuarentenados, de los insomnes.
Como ese tren al que subiríamos para atravesar la noche del insomnio, la radio nos deposita, lentamente, en la madrugada. Y todo vuelve comenzar.

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