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Diario de cuarentena

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-El domicilio de la pandemia

Por María Cristina Alonso.

Qué lejos quedó aquel 20 de marzo en que empecé a escribir este diario de cuarentena. El virus todavía quedaba lejos y podíamos sumergirnos en disquisiciones sobre qué hacer en el encierro, recordar películas de cine catástrofe en las que muere media humanidad y disfrutar con cierta incomodidad del silencio de la ciudad, de las calles vacías, de las fotos de lugares lejanos donde leones y elefantes cruzaban por las rutas desoladas y los monos tomaban por asalto las calles antes transitadas, y hasta armaban pandillas que se declaraban la guerra. La gente se moría lejos y nadie por entonces tenía un conocido que hubiese contraído el virus.
Como el día en que Juan Salvo mira por la ventana y descubre la nevada mortal -en El Eternauta de Oesterheld/ Solano López- los bragadenses nos enteramos de que los contagios crecían en la ciudad de una manera inesperada. Hasta entonces las autoridades callaban y no daban las cifras, como buenos neoliberales estaban preocupados por la economía, por los dueños de las fábricas que no querían parar, por los dueños de los negocios que se fundían. Sabían que había circulación comunitaria pero esa era la noticia negada. Oesterheld propone en su historieta un nuevo tipo de héroe, el héroe en grupo. Nadie se salva solo. Por eso en la casa de Juan Salvo se confeccionan los trajes para salir al exterior y cada uno de ese grupo de amigos que jugaba a las cartas aporta sus saberes ante la terrible situación de vida o muerte.
Bragado debería recoger la lección que una ficción que deslumbró a varias generaciones, nos brinda. Solo, el gobierno municipal no puede ni está en condiciones de afrontar la disparada de contagios con la consecuencia de las muertes que lloramos. Necesitamos la ayuda del Ministerio de Salud de la Provincia, necesitamos especialistas y recursos. Necesitamos también, que la población tome conciencia de la gravedad, de la tragedia que estamos viviendo. Como quienes conducen le quitaron hierro a la situación, la gente se descuidó, siguió con su vida como si el virus no existiera. Y ahora, la cantidad enorme de contagiados -que no están aislados en lugares previamente preparados (ni se les ocurrió tener centros de aislamiento y ahora a las apuradas abren un lugar inhóspito con camas cuchetas y escaso personal)- son vistos por la calle violando el aislamiento que deben mantener hasta su recuperación. Sabemos de muchos casos, los vemos.
Con Oesterheld, como lo señalan los críticos, la aventura cambió de domicilio, las historias dejaron de ocurrir en EEUU o en Europa y ocurrían en Buenos Aires, en la cancha de River, en el Congreso. Aquí la pandemia sumó un nuevo domicilio y se instaló en Bragado, provincia de Buenos Aires, Argentina.
Esta es la hora más oscura (acabo de ver Darkest hour). La pandemia cambió de domicilio, le vemos la cara pringosa por la ventana, se refugia a la vuelta de la esquina. Pero siempre, después de la oscuridad llega la mañana o alguien enciende una lámpara. Es lo que todos estamos esperando esta mañana de domingo, el último de agosto.

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