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Trump, occidente y la democracia

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El martes 3 de noviembre está a la vuelta de la esquina ¿Por qué son tan importantes estas elecciones presidenciales?

Por Dante Avaro – CONICET.

Donald Trump en la convención republicana en Charlotte, Carolina del Norte.
En Estados Unidos, el primer caso de Covid-19 se registró en febrero, en Seattle. En aquél entonces (parece que hubiera pasado un siglo) nadie sabía lo que iba a suceder con la pandemia, pero sin embargo flotaba en el aire la idea de que este virus agitaría las ya turbulentas aguas del proceso electoral de cara a las elecciones presidenciales.
Efectivamente, mirando en retrospectiva la actualidad norteamericana, hoy es posible afirmar que en estos meses sucedió una serie finita pero cognitivamente inabarcable de sucesos, de la más variada índole. Por sólo recordar algunos: se puso en marcha la iniciativa de producir respiradores, a través de la Production Act, pero luego los artefactos fueron donados por falta de uso; asistimos, además, a las manifestaciones del movimiento Black Lives Matter y sus múltiples efectos a favor y en contra; y, más acá en el tiempo, se discutió la eficiencia y el déficit del servicio postal (US Postal Service), característico del país del norte.
En pocas palabras, en febrero las elecciones vaticinaban tormentas, pero parecían lejanas. Empero, “no hay plazo que no llegue, ni deuda que no se pague”, tal como sentenció Tirso de Molina en El Burlador de Sevilla. Terminando agosto, el martes 3 de noviembre está a la vuelta de la esquina, y sus implicancias preocupan a muchos analistas por el alcance global de las decisiones de quien tome las riendas en la Casa Blanca. Sobre este asunto parece prudente detenerse.

La contienda
Por un lado, los opositores a Trump (que no necesariamente son partidarios de la fórmula presidencial conformada por Joe Biden y Kamala Harris) creen que derrotarlo es la única forma de preservar a la democracia de su país. Mientras que, por su parte, los partidarios de Trump creen que su reelección es la única manera de salvar a Occidente. Como se aprecia, ambas ideas se formulan en forma positiva (su propósito siempre es preservar o salvar un valor supremo) y comprometen fibras sensibles de la cosmovisión política.
Así planteado el escenario, un observador liberal que no esté imbuido en las diatribas domésticas de los Estados Unidos puede hacer coincidir, casi como sinónimos, los términos Occidente y democracia. Salvar a uno es defender al otro, y viceversa, no importa lo que ellos en verdad representen. Para el caso, son significantes vacíos, tal como Ernesto Laclau los definió.
Ahora bien. Aunque en abstracto ambas propuestas suenan complementarias y convergentes, en la práctica, en medio de la batalla electoral, se oponen. ¿Por qué? La respuesta obliga a sumergirse en las profundidades de los hechos y sus significaciones, más allá de la narrativa que flota en la superficie. Veamos.
La idea de defender la democracia se inscribe, en apariencia, en la línea argumental opositora según la cual el actual presidente norteamericano está en el podio de los lideres antisistema, ejerciendo un poder personalísimo cuyas nefastas consecuencias no pueden ser otras más que un retroceso democrático. En ese sentido, defender la democracia es retomar la senda del diálogo político, y para ellos resulta necesario desinstalar lo que consideran ‘discursos ofensivos’. Además, sostienen que hay que volver a una toma de decisiones en base a evidencias, desechando el estilo Trump que conjuga un poco de democracia de opinión con discursos post-verdad.
En la vereda de enfrente, salvar a Occidente obtiene su modalidad superficial cuando los partidarios de Trump exacerban el conflicto chino-norteamericano tanto en el plano comercial y científico, como en el nivel de la geopolítica y la ingeniería institucional internacional. Así, salvar a Occidente sería ir un paso más allá del clásico Make America Great Again; significa que Estados Unidos tiene que liderar una reestructuración política mundial para defendernos del avance del gigante asiático, y en este escenario el asunto sólo está en la agenda (y al alcance) de Donald Trump.
Como se puede adivinar, debajo de cada uno de los argumentos descritos residen complejidades escurridizas. Defender la democracia implica cambios, y salvar a Occidente requiere sacrificios.
Las cosas se ponen álgidas
Los opositores a Trump ven en la fórmula Biden-Harris una herramienta para remover obstáculos y hacer grandes cambios en la democracia estadounidense; pero resulta que muchos de los cambios que hay que hacer implican modificar valores, prácticas, reglas e instituciones que los partidarios de Trump entienden que deben permanecer inalterados, dado el conflicto mundial que advierten.
Asimismo, los partidarios de Trump sostienen que para defender la cultura occidental del avance chino hay que hacer sacrificios inevitables, que sus contendientes consideran inaceptables. Caso contrario -según ellos- la democracia, que se supone que es lo que los demócratas defienden, comenzará su franco deterioro rumbo a la desaparición. Vaya paradoja.
Así enfocado, en un nivel profundo, los eslóganes que condensan ambas propuestas no son ni convergentes ni complementarios y un abismo se abre entre ellos: ya no pueden ser ambos correctos y tampoco verdaderos. Es uno o el otro. En un mundo donde todo tiene que cambiar, preguntarse qué cosas merecen permanecer inalterables resulta un sinsentido. Y en una situación donde es necesario hacer esfuerzos para preservar los valores supremos, no defenderlos resulta una afrenta.
El martes 3 de noviembre se verá si los demócratas, que desean el cambio, son más que el pelotón silencioso de ciudadanos que creen que vale la pena defender lo que funciona frente a la promesa abstracta de lo nuevo. De más está decir que lo que suceda en EE. UU. terminará afectando a la mayoría de las democracias del mundo, porque no se trata de populismo versus democracia; se trata de promesas de cambio frente a la defensa de aquello que amamos y cuya continuidad queremos asegurar.
En definitiva, este proceso electoral vuelve a poner sobre la mesa un viejo dilema de la democracia, y también de la filosofía occidental: qué consideramos valioso y constitutivo de nuestra identidad y por esa razón deberíamos preservar, y en qué cosas deberíamos cambiar para no perecer.

(*) Dante Avaro es investigador del CONICET.

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