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Diario de cuarentena

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-Por María Cristina Alonso

Corrijo toda la tarde los trabajos de docentes de un curso sobre continuidad pedagógica en la pandemia. Afuera el día se ensombrece y finalmente llueve. Hace mucho frío. Llevo toda la mañana y parte de la tarde leyendo producciones, escribiendo mensajes de devolución, llenando planillas. Afuera cada vez se pone más gris. Hay un momento que el encierro se hace insoportable. Decido salir para hacer una compra imprescindible y atravieso la ciudad en el auto. Las ciudades son como las personas, van mutando a medida que la pandemia se derrite y chorrea sombre esta humanidad tan inerme, tan desprotegida de la que formamos parte.
En mi pueblo han muerto muchas personas y el personal de salud está exhausto, la mayoría parece haber entendido la necesidad de quedarse en casa. Las calles están desiertas, los negocios cerrados, algunos pocos hacen cola en una farmacia o en un supermercado. Las cabezas bajas, las caras tapadas, los hombros agobiados. De a poco la oscuridad va ganando a la ciudad.
Vuelvo a pensar en Ray Bradbury como desde que empezó la cuarentena o en el mundo apocalíptico que pintó Ridley Scott en Blade runner. Pero sobre todo en el viejo Ray que, en el año en que yo nacía ya había descubierto que la humanidad no tenía mucho futuro. De 1955 es un libro hermoso y triste, El país de octubre. Escribe el autor en la contratapa: “«El país de octubre… donde siempre está haciéndose tarde. El país donde las colinas son niebla y los ríos neblina; donde el mediodía pasa rápidamente, donde se demoran la oscuridad y el crepúsculo, y la medianoche no se mueve. El país que es principalmente sótanos, subsótanos, carboneras, armarios, altillos y despensas alejadas del sol. El país que habitan gentes de otoño, que sólo tienen pensamientos otoñales. Gentes que pasan por las aceras desiertas con un sonido de lluvia…»
Estamos en septiembre sin embargo. Recuerdo otro momento en el que la ciudad donde vivo se volvió un lugar de desolación, fue en el 2001, cuando el descalabro económico que los radicales nos dejaron había quitado toda esperanza. En ese tiempo escribí una novela sobre un país que se iba quedando vacío: “En esos días la gente emigraba. No se iban de a uno ni de a diez, se marchaban en masa. Lo hacían en colectivos, en camiones, en autos, en tren. Llevaban pocas cosas, apenas una maleta de mano, un álbum de fotografías, algún libro, unos pocos objetos queridos. No se podía hablar con ellos. Cuando una familia o una persona tomaban la decisión, se volvía inabordable. Mientras preparaban las pocas cosas que se llevaban, se encerraban en un duro mutismo y ya nada había que hacer.
Se iban sin despedirse, sin volver la vista atrás, sin echar el último vistazo a las casas que dejaban casi intactas. El país había empezado a enfermarse. Era una decisión colectiva, un mal que iba minando las conciencias.”
V einte años después Bragado vuelve a ponerse gris y desolado, una ciudad perdida en la llanura donde se demora la oscuridad y el crepúsculo.
La imagen es de Bragado en fotos https://www.facebook.com/BragadoenfotosOFICIAL/

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