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Rivadavia, el buggy y un enorme misterio que ya no lo es

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Desde cuándo descansa en el mismo lugar, por qué es muy especial para dos hermanos, cómo estará en el futuro mediato y un mundo que vale la pena conocer

Rivadavia, casi Maroni. Mano derecha y en bajada. Pegadito a una casa comercial histórica. Portón de rejas. Y un tesoro que, desde 1993, se lleva todas las miradas.
Es el buggy modelo 62 que a los hermanos Edgardo y Damián Vinson les permitió entender el valor del esfuerzo, desde muy jóvenes. Eso, muy probablemente, explica el éxito que conseguirían años más tarde.
Todo comenzó cuando Edgardo tenía 15 años y estudiaba en Industrial. Por ese tiempo, consiguió una beca en Acería Bragado y ahorrar unos pesos para comprarse un auto.
El apuntado era un Ford A, que “estaba bueno”, como dice, pero solo quedó en idea. No se iba a estirar más allá de 220.000 pesos de la época, con un préstamo de su madre y abuela.
Uno de los amigos de la familia era “Fito” Ripari, propietario de una concesionaria. En una cena, les comenta que tenía a la venta el buggy a 330.000 pesos. Don Vinson no dudó, puso la diferencia y Edgardo, en agosto de 1979, tuvo chiche nuevo.
Durante los primeros años, el buggy andaba de acá para allá. Se ganaba todas las miradas por el grupo de amigos que respiraba la ciudad desde arriba. Era un sueño. Cuando el viaje terminaba, quedaba en una casa de la calle Remedios de Escalada, su primera habitación.
Allá por 1982, Edgardo se fue a estudiar a la ciudad de Buenos Aires. Ahí comenzó la etapa de largo descanso para el auto, ya que volvía a Bragado no tan seguido, lo típico de un alumno universitario.
Corría el 1983. Edgardo había regresado a Bragado por unos días. Después de algunas horas con la familia, se subió a la máquina. Sale y a las cuadras lo chocan desde atrás. “Fui a parar arriba de la vereda. Me lleve puesto un poste”, refresca.
Pasaron 2 calendarios para que el buggy regrese a las calles, después de algunos arreglos. La cosa se complicaba mucho porque Edgardo venía cada vez menos.
Los meses volaban. Tal es así que el ’99 apareció más rápido que lo normal. Y fue cuando Edgardo decidió comenzar a reparar el motor. Por cosas que pasan, le realizaron un mal trabajo que demoró el regreso a las calles.
El buggy recién se escuchó en 2001, cuando el mecánico Villalba lo reparó como debía. Sonó fuerte por un tiempo, hasta que aparecieron problemas en los frenos, la bomba de agua y la tapa de cilindro.
El problema del tiempo nunca tuvo solución para Edgardo. Sin embargo, cuando podía se hacía una escapada. Llegaba y corría para la habitación del auto, al que trataba de poner en marcha para escuchar la mejor música.
Según confiesa, el objetivo es “alistarlo para poder andar”. A eso casi lo logra en 2017, la última vez que el buggy tuvo acción, cuando le reparó los frenos y le cambió la tapa de cilindro. Ahora, queda destrabar los primeros, y modernizar luces y asientos.
Edgardo se recibió en 1987 de ingeniero electricista. Llegó lejos: fue subgerente en un área de Edenor, y actualmente es director del Departamento de Energía en la UBA, profesor en la UTN, asesor técnico de una firma y consultor independiente. “Me voy a ir a vivir a Bragado el día que deje la relación de dependencia. Es más, no pienso ni siquiera pedir extensión”, revela.
Consultado por lo que significa el buggy, responde con silencio. La emoción lo deja sin palabras. Toma aire. Logra recuperarse. “El paradigma en el que yo me crié es el de una familia que nunca le pidió nada a nadie, y todo lo que tuvo, lo tuvo sobre la base del esfuerzo, sobre la base del trabajo, sobre la base de la superación, de valor al estudio, de valor a la honestidad”, resume Edgardo.
De esta historia también participa Damián, arquitecto desde 1989, con medalla de oro. Al igual que su hermano, hizo historia: al poco tiempo de recibirse, fue incorporado al prestigioso estudio M|SG|S|S|S, del cual es socio desde hace unos años.
Damián cursó todos los niveles previos en la Escuela Normal, y valora la “muy buena preparación” que tuvo. “Hice entrañables amigos de la vida”, agrega.
Durante su juventud, algunos trabajos le permitieron comprarse “una pequeña motito”, tal cual rememora con orgullo. “Éramos una generación que estaba bueno que lo que consiguieras, más que regalártelo, te lo ganaras”, añade.
La última vez que pisó tierra bragadense fue en febrero de este año. Siempre que menciona la ciudad, su cabeza se inunda de grandes recuerdos. Un ejemplo son las colecciones de vinilos que tiene guardadas, las que dejó porque sabe que no habrá lugar mejor para escucharlas.
Sobre el buggy, suelta que “era como un juego realidad”. “Aprendíamos a cuidar algo, aprendíamos a manejar, aprendíamos a hacer mecánica. Detrás de movilizarlo, había venturas y desventutras”, resume Damián.

El buggy modelo 62 que resiste todo.
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