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Cuando las calles, veredas y árboles eran canchas de fútbol

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-Por un simple observador

No me esperaba ese saludo. Resulta que la radio nos volvió unir, a pesar de la distancia. Ambos en cada hogar, conectados por el conductor.
El por entonces “Pablito” -hoy un padre de familia- se sumaba a las aventuras de los muchachitos del barrio. La típica: era amigo de un amigo.
Me recordó como “áspero y lo comparto. Cosas de chicos, pero nadie se quería volver con las manos vacías. Dos por tres, se ponía bravo.
“Pablito” era uno más. Iba para ser feliz, sin pensarlo. Lo recuerda así porque se trata de la vida y su mejor etapa.
Refresco a este compañero de antes porque él hizo lo propio con el juego. El fútbol no paraba por “la Comercio”. Nadie se lo quería perder.
Si no empezaban de mañana, los partidos salían casi con el almuerzo. Era jugar sin parar hasta que los padres decían “adentro”.
Cuando éramos muchos, todo pasaba en las veredas de las calles Saavedra o Avellaneda, con arcos que solo la imaginación tenía fijos.
Las veces que los jugadores se contaban con una mano, el lugar era la calle Saavedra y los arcos eran árboles. Feo cuando se paraba por los vehículos.
Eran otros años. No había ningún tipo de peligro, más allá de que estar en el medio de la calle era una locura advertida por los conductores.
¿Por qué no se jugaba en la cancha de la escuela? Aún recuerdo al portero de entonces sacándonos argumentando orden directiva. No éramos malos.
La cosa es que “Pablito” hizo viajar al presente esos momentos que marcan a una persona. Los problemas no existían para nosotros. Solo disfrutábamos. Éramos felices con no más que una pelota casi siempre por explotar. La historia se repite y hoy nos damos cuenta de que importa lo simple.

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