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De cuando tuve Covid-19

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-Por Nacho Lozano

Fue un sábado a la mañana. Apenas me levanté me pareció sentir un frio invernal. Un tanto aturdido pensé que hacía más frío del que hacía y me abrigué como para ir al polo norte. Sin pensarlo demasiado me encerré en un cuarto pensando que no podía tener COVID. Mis extremos cuidados y una conducta rigurosa eran mi fundamento para pensar en cualquier cosa, menos en tener COVID. No tardé en sentir un cansancio extremo, dolores en todo el cuerpo y en empezar a tener fiebre. Para sacarme la duda, me arropé, me puse dos barbijos y con un frasquito de alcohol en gel en el bolsillo, caminé hasta el laboratorio para hacer un test y quedarme tranquilo. El miedo y la incertidumbre se convirtieron en una certeza pasmosa. El COVID dejó de ser una posibilidad latente para transformarse en una realidad inmediata. Todos los síntomas se cumplían y la ciencia certificó mi estado de “falta de salud”. En la puerta misma del laboratorio empecé a pensar nuevamente en cómo los seres humanos valoramos las cosas cuando las perdemos. Siempre igual.
Desde el principio de la pandemia había tomado todos los recaudos y traté de cumplir con todas las normas establecidas, aun padeciéndolas, por convicción y por seguridad. Pero todos los recaudos no alcanzaron. Sin querer y sin haberlo buscado, me encontré con el tan contagioso virus. El miedo a la hospitalización y la fiebre me ensoparon varias veces y no pude dejar de pensar en qué tan saturados estarían los médicos, enfermeros, auxiliares y todo el personal de salud después de luchar más de un año con un enemigo invisible que se disemina a una velocidad incontrolable. En caso de ser necesario hospitalizarme ¿con qué ánimo me atenderían en medio de tanta fatiga?…
Todas las dudas más elementales fueron apareciendo en cascada y el encierro comenzó a roerme por dentro. Dudas y miedos comenzaron una carrera desenfrenada y la aparición de más síntomas me empujaron a un pequeño abismo por el que hay que transitar para comprender la gravedad de lo que estamos viviendo. El mismo día en que el test me dio positivo comenzó a llamarme “alguien”, desde su teléfono particular para hacerme el seguimiento establecido y, curiosamente, su voz calma y serena empezó a ser un bálsamo para mi desesperación. Pese al año y medio de pelear con un virus desconocido, quien tuvo la responsabilidad de seguir mi evolución, me habló con serenidad y comprensión, me respondió a todas las dudas que fueron apareciendo y me fue guiando en forma remota para recuperarme. Estaré toda la vida agradecido. Hasta que un día, mis síntomas no respondieron con la evolución “esperable” y no me quedó otra opción que ir al hospital a que me viera un médico en forma presencial. De nuevo empecé a pensar que iban a tratarme como ganado producto del cansancio y el agotamiento que traen, como una mochila, quienes están encargados del protocolo sanitario. Pero no. El trato que me dieron en el Hospital San Luis fue inmejorable. La Dra. que me atendió me trató con toda paciencia y amabilidad, pese a estar “infectado”. Un año y medio tratando de detener un enemigo amorfo y solo le faltó sonreír y decirme “hasta la próxima”. Gracias a eso, de a poco me recupero sin demasiadas complicaciones.
Antes, por miedo, fui muy cuidadoso en cumplir las medidas sanitarias que se establecieron. Ahora voy a ser más fundamentalista en cumplir con las medidas sanitarias dispuestas por respeto y en agradecimiento a todo el personal de salud que todos los días le pone la frente al virus para evitar un desastre mayor. Gracias totales a todos quienes están, de una manera u otra, vinculados a “tratar” a quienes se contagian. Son muchos y hacen un esfuerzo sobrehumano. Lo mínimo que podemos hacer todos es respetarlos y cuidarnos, cumplir con las medidas fundamentales sabiendo que, si nos toca, el personal de salud, en Bragado, nos va a cuidar. Pero primero cuidémonos nosotros. Gracias a TODO EL PERSONAL DE SALUD que se encuentra en la trinchera dándole pelea al COVID-19. Gracias totales!

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