Del diván a la cornisa: Un equipo inexplicable que se convirtió en fantasma

El resultado ingresa en la lista de las grandes catástrofes de la selección; fallaron los cambios y el equipo se transformó en una sombra después de la ráfaga de goles de Arabia Saudita.

Tantas veces se advirtió: la Argentina podía perder contra cualquiera. Y sucedió, y sucedió contra cualquiera, porque Arabia Saudita no le pudo regalar más facilidades. No fue necesario que el Mundial entrase en tramos decisivo, que el examen lo tomaran los rivales europeos, para descubrir la auténtica robustez de la Argentina. Jugó mal siempre, pero ocho minutos la quebraron. Le faltó todo al equipo: estilo, astucia y carácter. Vaya momento para perder el invicto que se infló con amistosos. Otro déficit señalado en varias oportunidades. La Argentina, que no entendió el partido en el primer tiempo, quedó atrapada por el shock emocional que la mandó al diván desde el amanecer de la segunda parte. Ya sabe lo que le espera: caminar por la cornisa. También la Argentina perdió el partido inaugural con Camerún en 1990 y luego trepó hasta la final; España cayó en su estreno en 2010 y terminó como campeón del mundo. Tendrá que reinventarse, atrapada por los nervios.
El derrumbe espiritual fue estrepitoso. Para confirmar que los mundiales imponen otra atmósfera, otra tensión. El principal capital de la selección era su contrato de hermandad, pero esa personalidad no llegó al rescate.

La gestión en la desesperación también naufragó. Los cambios de Lionel Scaloni terminaron por deformar al equipo. El entrenador deshilachó a una formación que atravesaba por una crisis de identidad. Julián Álvarez ocupó una posición incómoda y Enzo Fernández rellenó un puesto infrecuente. Si el equipo no tuvo lucidez en la primera etapa para destrabar la ingenua trampa del offside que le proponía Arabia Saudita –desprendiéndose desde atrás era la opción, no lanzando hacia el espacio una y otra vez–, la ceguera condujo a la manada desde la desventaja hasta el cierre.
Muchas veces la selección jugó agazapada, a la espera de la equivocación del rival. Muchas veces estuvo despistada y lo protegió un desacierto en la definición del adversario. Arabia tuvo suerte, desde ya, en su día para la eternidad. A la Argentina se le desmoronaron todas las máximas que hace tiempo habían desplazado los pilares del análisis. 
 La que parecía incuestionable era la personalidad. Un equipo salvaje, valiente, hasta con peligrosos aires pendencieros. Capaz de prepotear los partidos para llevarlos hasta donde el juego no siempre conducía a la selección. Un equipo insoportable como tono elogioso. Adaptarse a todo, siempre con las revoluciones altas, era ese encanto pragmático de un grupo de espartanos. Al escudo le faltó el corazón.

Texto parcial del texto de Cristian Grosso para La Nación de ayer.

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