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Del viejo Boliche a la mítica “LA BARRA”

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(Gracias mil, querido cómplice Claudio Martin Ortellado, esto es de ambos, o de todos). Lo prometido es deuda, decía mi Viejo y el que avisa no traiciona…, digo yo.

La historia del Boliche de Conde, que honestamente empecé escribiendo pensando que iba a ser una más de tantas, porque no tenía en mi cabeza la dimensión de lo que es un pueblo como Olascoaga, tal vez lo intuía, pero realmente superó todo lo pensado.
Y esa historia, casi como prometiendo, pero también avisando terminaba más o menos así…
“Sin embargo, dicen que dicen, que un grupo de fascinerosos, a quienes creo conocer y hasta me animo a decir que soy amigo, un día se apersonaron en la histórica esquina, donde estaban los hermanos Conde sentados bajo un árbol y les ofrecieron comprar algunas de las pertenencias, para transportarlas a un refugio en Bragado…”.
-De pibe uno sueña, tiene quimeras, utopías, que pueden ir desde ser astronauta, corredor de autos, diez de la selección y hasta Presidente de algo, sociedad de Fomentos o La Nación…
Pero son sueños cercanos a lo inalcanzable.
-Hay otros sueños más terrenales a los 17, 18, tal vez 20.
¿Quién no sueña con tener su propio Bar? No para ganar guita, sino para juntarse con la banda de forajidos de amigos que tiene, contar siempre las mismas historias de secundaria, reírse, pelearse y a veces, beber hasta caer. Todo en su propio Bar.
Pues bien, el Nano Serrat, que en unas de sus obras maestras dice… ”mis amigos son unos atorrantes…: “bien podría haberse inspirado en esta banda de la cual formaban y forman parte algunos amigos míos, que por supuesto en su totalidad confirman tal postulado.
-Cuentan algunos de los protagonistas reales de esta historia, que ese sueño que casi todos tuvimos alguna vez, de ser dueños de un bar, a ellos se les hizo realidad.
En una ochentosa noche cualquiera, de algunas copas compartidas en un departamento frente a la plaza Jean Jaurés de Buenos Aires, que por ese entonces no era la “Autónoma” sino solo la Capital, se concretó la posibilidad de dominar una casa en la calle Mitre de Bragado, frente a la iglesia, propiedad de la familia Ubaldini.
Casa que si no recuerdo mal, ofició de sede clandestina de aquel Centro de Estudiantes, que solo quería juntar guita para el viaje de egresados, actividad que de todos modos era declarada fuera de la ley y el orden de los duros setenta.
Se formó así el Dreamteam de lo que se llamaría “LA BARRA (Ramos Generales)”.
El plantel original de la prestigiosa sociedad, estaría conformado por el Negro Claudio Foresi, Napo Molina, el Masa Martin Ortellado (que por aquel entonces era Claudio), el Cabezón Sergio Smith y Guillermo Ubaldini.
-Con el tiempo y más por lo atractivo de la actividad que por las eventuales ganancias, se sumaros otros accionistas societarios como Julio Guerrieri y el Conejo Herbalejo.
Entre la categoría de Socios “no capitalistas”, se encontraban el Perejil Lepiscopo y el Flaco Lizarralde, frecuentes habitués al igual que la mayoría de los nombrados y el que suscribe, de los bares bragadenses de la época, cuyos principales bastiones eran JC y el Mateo Bar.
Había un par de categorías de integrantes ad-hoc, tales como la de “Gurú, pai y “consiglieri”, en persona del Ñato Gargano.
Asimismo, como todo equipo que sueña con las ligas mayores, tenía unas inferiores que prometía, es decir los lavacopas y soldados incondicionales todo terreno, que protagonizaban casi siempre con dudoso éxito, Dino Afonso, Rubén Percudani, Alfredo Salvidea y el Abuelito D’Orazio.
Párrafo aparte para Oscarcito Saltalamacchia, que ya anda de gira, y que dicen era el gerente de recolección de enanos de jardín para el patio del Boliche.
Así pues, la idea estaba plasmada, alguna tarasca se había juntado entre amigos, padres o parientes generosos y deudas más difícil de pagar que la de los buitres de USA.
Faltaba solo la logística, el diseño, el mobiliario y otros menesteres no menores, que debían resolverse.
Fue así que, y todo tiene que ver con todo, un asiduo pescador de taruchas en el olascoaguense Puente de Varela, de regreso de una de esas salidas, trajo la novedad.
-Todo, absolutamente todo lo que les hacía falta, estaba ahí, en el mítico Boliche de Los Conde.
-Allá fue el headquarter encabezado por los supuestamente más hábiles para negociar.
La negociación, dice que fue “ganar –llévense todo” ya que los hermanos Conde, sentados bajo el viejo eucaliptus y alumbrados por la única luz que quedaba prendida en la calle, seguramente se vieron reflejados en estos pibes y prácticamente les donaron el mostrador, la caja registradora, la reja de la caja, el mueble de fideos y pan, muchas antigüedades, el piso crujiente de maní y la música bien fuerte.
Nacía así, el 18 de Diciembre del 87, LA BARRA, Ramos Generales, en honor al gran Boliche de Olascoaga y en culto a lo más hermoso que nos deja esta vida. La verdadera amistad.
El único acto de sacrilegio que debió cometerse por razones de fuerza mayor, fue el de cortar el viejo mostrador, sencillamente porque no entraba en el nuevo espacio. Dicen que se piantaron varios lagrimones mientras la sierra se movía.
Tal vez ese corte fue el símbolo de LA BARRA, donde literalmente nunca existió un límite entre ambos lados del mostrador, que conservaba como heridas de viejas batallas, las marcas donde los Conde cortaban el fiambre.
La decoración del Bar era realmente de vanguardia, además de las reliquias del viejo Boliche, tenía los pisos de ladrillo, las paredes con partes sin revoque mostrando los viejos ladrillos de la pared y mesas rústicas y desordenadas.
LA BARRA se convirtió en un ícono bragadense. Ese sueño de todos que unos pocos pero buenos lograron hacer realidad y que fue tal vez haya sido el secreto de ese éxito. Desconozco si monetario, pero aseguro que lo fue en lo trascendente para la época.
Debe haber miles de anécdotas del Bar, solo voy a transmitir unas pocas, porque una de las ideas de este relato, es rescatarlas contadas por sus protagonistas directos o sus secuaces. Otros de los motivos, los contaré al final.
Entre otras historias, que cuentan que debido a que obviamente se pasaba música, cayó el insoportable Inspector de SADAIC (si, el mismo que nos esquilmaba en Macú, el Español y los Bailes de Estudiantes y Egresados) en busca de “la recauda”. Se dice que también que el Cabezón Smith, con esa risa que lo caracterizaba y lo caracteriza y mirándolo de reojo, le preguntó cuánto era lo que debían oblarle. La respuesta fue “el valor de 70 cafés”… Con una frialdad y maestría inigualable, el Cabezón le fue trayendo “de a tres cafés”, al mismo tiempo que le decía, en voz baja, “de acá no te llevás nada”. Y así fue.
En otra de las historias que me han contado, dicen que Julito Guerrieri, que había llegado para ordenar las finanzas, tuvo que aceptar que el Cucharón Ríos le saldara su deuda mediante el pago las copas con dos gallinas. Lo que no me contaron es que hicieron con las mismas, pero puedo imaginarlo.
Así pasaron también aquella caravana hasta el emblemático 214, sol de noche en mano, para celebrar algún tipo de debut de aquellas inferiores que prometían.
Yo mismo, que, por ya estar radicado en La Plata, frecuentaba poco el boliche, estuve aquella fatídica noche, donde uno de los más conspicuos habitués, se sentó sobre un vaso roto y pasó lo que pasó. El mismo que decía la célebre frase “dame un besito para no perder la noche….”
Como todo establecimiento, LA BARRA también tenía su equipo de fútbol, cuyo clásico rival era el equipo del querido Loco Pruyas, de quien tanto hemos hablado en estos días.
Y como todo grande, el DreamTeam de LA BARRA decidió retirarse en pleno apogeo, tal vez la incipiente crisis del 89 y 90, las ganas de buscar nuevos horizontes, algunos partieron hacia Europa, otros cambiaron de laburo y otros simplemente, como dice el Masa, se diluyeron en nuevas modas.
Así cambió de dueño y la mística de los orígenes se fue perdiendo o bien cambiando por otra mística. Para mí, LA BARRA fue y será la de aquellos pioneros, que hace poco festejaron los 30 años de la inauguración, intactos y se sintieron una vez más, invencibles.
Decía antes que una de las ideas del relato era invitarlos a traer esos viejos recuerdos del bar, y la otra, que corre por mi cuenta pero que sería tal vez otra utopía, es recuperar aquellas cosas que vinieron del viejo Boliche, habitaron LA BARRA y quién sabe dónde fueron a parar. S eguramente habrá una vitrina donde ponerlas, un museo, un salón donde los recuerdos no sean solo fotos sino esas reliquias.
Una vez más los invito a hurgar en la memoria y traer alguna de esas viejas historias, de bares y fondas, como cantaban Vicentico y los Fabulosos. Salud!!

Por Alejandro Pata Echave.

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