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Día Internacional del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad

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El 13 de julio se celebra el Día Internacional del Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), con el fin de la toma de conciencia de las necesidades de los afectados y sus familias, ya que si este trastorno no es tratado de manera oportuna, puede producir daños en la personalidad del afectado, como baja autoestima, depresión, ansiedad, fracaso escolar e inadaptación.
El TDAH se manifiesta principalmente en niños, aunque también hay adultos que lo padecen, existen tres tipos: Falta de atención predominante sin signos o con signos escasos de impulsividad e hiperactividad; Predominantemente impulsivo e hiperactivo con poco o ningún déficit de atención, y Tipo combinado, estas personas se distraen fácilmente y también son hiperactivas e impulsivas.
Idealmente el diagnóstico debe hacerse entre los 5 y 7 años de edad, y antes de establecerlo deben descartarse otras condiciones como diabetes e hipoglicemia, trastornos visuales o auditivos, deficiencia de hierro, intoxicación por plomo, problemas de aprendizaje que no corresponden al espectro del TDAH o problemas emocionales.
La mayoría de las personas presentan disminución de los síntomas durante la adolescencia y edad adulta. El tratamiento más efectivo es una combinación de manejo alimentario, medicamentos y terapia.
Deben evitarse los ingredientes artificiales, restringir la ingesta de azúcares refinados e incrementar la ingesta de proteínas y carbohidratos complejos como granos enteros y vegetales.
Si bien existe un amplio rango de medicamentos útiles para manejar este trastorno, hasta el 30% de los niños no toleran este tipo de tratamiento, por lo que se debe hacer énfasis en el manejo de la alimentación.
Cada persona es diferente y no debe olvidarse que cuando el THAD es adecuadamente tratado, la gente que lo padece puede llevar vidas plenas y felices, ya que son imaginativos, talentosos, creativos y energéticos.
Se consideran factores ambientales del TDAH (entre otros): los traumatismos craneoencefálicos en la infancia, las infecciones del sistema nervioso central, la prematuridad, la encefalopatía hipóxico-isquémica, el bajo peso al nacimiento o el consumo de tóxicos como el alcohol o el tabaco en el embarazo.

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