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Diario de cuarentena

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-Por María Cristina Alonso

A veces eran días de lluvias interminables. Me gustaba ver llover por la pequeña ventana del cuarto de estar de la casa de mi vecina. Tenía que subirme a una silla para hacer dibujos sobre el vidrio empañado a pesar de que siempre había alguien que me anticipaba que me iba a caer.
Las Señoras de la Muerte llegaban por separado a matear con doña Francisca. Dejaban sus paraguas en el patio donde discurría una canaleta sus diálogos de aguas que arrastraban maderas y óxidos y apenas si se deshacían de sus pañoletas y chales que les cubrían la cabeza. Vestían rigurosamente de negro en homenaje a maridos o parientes muertos. Siempre había, en aquella época, una razón para llevar el luto, para entristecer la vida.
Una era la señora Au, el pelo recogido en un rodete encanecido, la otra la señora Latorre, alta y espigada, lucía una verruga sobre el labio superior llena de pelos. Yo no podía despegar los ojos de esa verruga que cobraba vida cuando la señora Latorre hablaba.
La ceremonia del mate comenzaba cuando el sol se ocultaba detrás de las chapas del gallinero que se recortaba en la ventana. Aparecía esa última luz fantástica después de la lluvia que habilitaba los relatos que comenzaban a enhebrar las mujeres. Historias sobre terribles enfermedades y malformaciones, gente que moría de ataques súbitos del corazón, de parejas de ancianos que eran abducidos por platos voladores en la ruta camino a Bahía Blanca –eran los años sesenta y los periódicos hablaban del área 51 donde se decía que el gobierno de Estados Unidos ocultaba cuerpos de extraterrestres y ovnis- de feroces asaltantes asesinos que pasaban a cuchillo a toda una familia. En esas tardes, la casa de mi vecina a la que yo iba para devolver una taza de azúcar o reclamar una herramienta que mi padre les había prestado, se convertía en una enciclopedia del terror que me invitaba a quedarme hipnotizada de fascinación y miedo.
Entre todos esos relatos, la señora Au, la señora La Torre, mi vecina Francisca -estoy segura-contaron de un planeta asolado por un virus imparable. Por suerte faltan sesenta años, dijeron, riendo mientras hincaban el diente en un buñuelo grasoso revolcado en azúcar.

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