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Diario de cuarentena

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-Por María Cristina Alonso

Demasiado tiempo en los mismos espacios, eso aburre a cualquiera. Imagino lo terrible que debe ser estar preso en una celda mirando día tras días las paredes descascaradas, las palabras raspadas en el revoque con una cuchara, los mapas que la humedad va dibujando sin vocación de cartógrafo.
Con la cuarentena es distinto, claro. En mi caso paso mucho tiempo en mi cuarto y en el escritorio donde tengo el grueso de mis libros. Los que más quiero, los que recorro con la mirada para escuchar el eco de sus voces al atardecer, cuando mis pies quieren salir a caminar y las valijas laten en el placard con la secreta esperanza de iniciar una pequeña revuelta.
No obstante, los caminos están cerrados, mi viaje será sólo al supermercado o algún negocio cercano, sin valijas y con barbijo.
Vuelvo a los espacios que miro a diario desde hace más de sesenta días. Los estantes de mi biblioteca están llenos de fotos, de recuerdos de viajes, de gente y lugares que conocí y que guardé para mí en esa Enciclopedia de Cosas Agradables y Amadas que todos tenemos en algún lugar de nuestra mente. Entonces ya no hay un solo mundo visible, mi escritorio se abre a otros mundos como en un cuadro barroco. Las Meninas de Velázquez, por ejemplo, o las escenas de interiores de Vermeer. Los cuadros dentro del cuadro, los espejos, la escena que continúa fuera del lienzo.
Límites espaciales que se amplían hacia otros universos. Algunas postales y fotos se recuestan sobre los lomos de los libros. Las miro y ya estoy adentro de la librería Shakespeare and Company, en el 37 de la calle de Bûcherie, cerca de la plaza de Saint Michel y a dos pasos del Sena y de Notre Dame, en París. Puedo allí hablar con cualquiera de los integrantes de la Generación perdida, preferentemente Ernest H., el que decía que París era una fiesta, o con los de la generación beat que dormían en la cama junto al piano.
Puedo pasar de largo por la pintura de una Eva vestida de astronauta, la reproducción de un cuadro de Marina Olmi, La nave, que me quiere arrastrar al espacio con la mujer más famosa de la Argentina. Viajo por los retratos; mi madre ya muy anciana en la presentación de uno de mis libros con mi hijo pequeño en brazos, los labios pintados, el pelo blanco, sus manos sarmentosas y cálidas. Salto de una callecita de Purmamarca, al campo donde mi padre mira el atardecer apoyado en un poste mientras el aire se escapa de la foto. B sonríe en Villalonga, aquel día feliz., Lágrima Ríos, la cantante uruguaya posa en el Mediomundo con un vestido de volados y suena en mi cabeza su maravillosa voz cantando en un bar de Montevideo, en noviembre del 86. La fecha está en la dedicatoria. Lágrima me dice que siempre me recordará. La escribe después de bajar la voz para hablar de su país y de la dictadura, de su hijo en el exilio, de su amor por la canción.
Demasiado tiempo viendo las mismas paredes. Me salvan los atajos. El camello de cuero que me lleva a Marrakech, las miniaturas de los conventos construidos en la piedra desde donde respiro el aire de Meteora, los molinos de viento de Mikonos, la foto con mi hermana Luji en Pot o en Perla de City Bell.
Todavía me quedan mucho otros lugares para recorrer, pero me voy a hacer la cena.

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