Press "Enter" to skip to content

Diario de cuarentena

Compartir artículo enShare on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin

-Por María Cristina Alonso

Son las siete de la mañana y escucho a un gallo que se desgañita para anunciar la mañana aunque todo está oscuro. Si, en mi barrio, a dos cuadras del centro de la ciudad, un vecino tiene un gallinero. En verano nos regala su fétido olor a caca de ave, pero como compensación, hay un gallo que, cuando canta como un Pavaroti emplumado, me devuelve a las mañanas de mi infancia en las que todos teníamos gallinas y gallos en el fondo de las casas.
El gallo es una especie de cronista de la mañana y también él cuenta la desgastada sensación de agobio de la cuarentena, ya no con la extrañada sensación de hace dos meses, cuando la pandemia nos había sorprendido a todos y era un fenómeno vinculado a los relatos de ciencia ficción, ahora la pandemia se vuelve como una sucia y vieja conocida. El gallo lo sabe y le canta mientras me permite dejar a hablar a los que han narrado pestes anteriores a esta.
“El silencio y el aspecto desierto de las calles no era tan acusado en la ciudad como en las afueras, salvo precisamente durante un período particular cuando, como he dicho, la peste avanzó hacia el este y se propagó por toda la ciudad”. El que habla no es un periodista de los tiempos del Covid 19, ni la ciudad una de la de estos días del extraño, terrible, 2020. El que describe es Daniel Defoe, conocido por su famosísima novela sobre un náufrago en una isla solitaria al que dio en llamar Robinson Crusoe y es un párrafo extraído de Diario del año de la peste, publicado en 1772, un relato ficticio de un cronista que cuenta lo que sucedió durante la gran plaga que asoló a Londres.
Para que los delirantes de la anticuarentena no se sientan tan solos, Daniel Defoe, que además de lucir esa cabellera deliciosamente enrulada que vemos en su retrato, fue escritor, periodista y panfletista inglés, pionero de la prensa económica (una especie de Alfredo Zaiat del siglo XVIII), escribe en este diario ficticio: “Mas era imposible hacer entrar nada en la cabeza de los pobres, que iban de un lado a otro manifestando su habitual fogosidad de ánimo, gritando y lamentándose cuando estaban poseídos, pero alocadamente descuidados de sí mismos, temerarios y obstinados cuando estaban sanos. Si podían hallar empleo, aceptaban cualquier trabajo, así fuese el más peligroso y el más expuesto al contagio; y si se les preguntaba por qué lo hacían, respondían: «Debo confiar en Dios; si muero, habrá quien se encargue de mí, y habré terminado», y cosas análogas. O bien: «¿Qué voy a hacer? No puedo morirme de hambre. Me da igual tener la peste que perecer de privación. No tengo trabajo; ¿qué otra cosa podría hacer? Tengo que trabajar o mendigar».
Defoe sólo contaba cuatro años de edad cuando la epidemia de peste entre 1664 y 1666 asoló a Londres, pero como buen escritor que era, crea un relato con un narrador testigo de los acontecimientos incluyendo anécdotas, datos estadísticos, testimonios. Abrevando en tratados de divulgación científica de la época, intentó escribir un libro que sirve de prevención y advertencia.
También, como el gallo de mi cuadra que narra historias de estos tiempos raros, busco en mi biblioteca la novela de Alessandro Manzoni que conservo desde la cursada de Literatura Italiana del 74, cuyo argumento ronda alrededor de la historia de amor entre Renzo y Lucía.
Recuerdo levemente su argumento, pero sí el contexto de la obra que remite la miseria y la peste que causaron la muerte de un millón de personas en Lombardía, Venecia, el Piamonte, la Toscana y parte de la Romagna.
Escribe Manzoni “De cuando en cuando, ora en éste, ora en aquel barrio, alguien se contagiaba, alguien moría; y la rareza misma de los casos alejaba la sospecha de la verdad, confirmaba cada vez más al público en aquella estúpida y letal confianza en que no era peste, ni lo había sido siquiera un momento. Muchos médicos, incluso, haciendo eco de la voz del pueblo (¿eran, también en este caso, voz de Dios?), ridiculizaban los augurios siniestros, las advertencias amenazantes de unos pocos, y tenían listos nombres de enfermedades comunes para calificar cada caso de peste que eran llamados a curar, con cualquier síntoma, con cualquier señal que hubiese aparecido”.
Para los que dicen que estamos viviendo hechos inéditos, el gallo me recuerda que todo ya ha sido dicho, hasta los muchos diarios de cuarentena que nos esforzamos por escribir.

Compartir artículo enShare on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin