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Diario de la pandemia

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-Por María Cristina Alonso

Cuando me enteré de que al tío Mariano lo habían llevado al hospital inconsciente, estocado por el covid -que todavía a muchos les es indiferente- bajé su barco de la chimenea de mi casa donde está encallado desde hace casi sesenta años y me puse a limpiarlo. Lo había construido de joven, una carabela con todos sus detalles, desde el timón para señalar el rumbo hasta los botes salvavidas por si acaso la tormenta. Mariano era un hombre habilidoso al extremo, que había acopiado una cultura universal a base de lecturas y sin Google. A los 95 y un poco sordo, todavía armaba barcos de los que venían en revistas españolas. Le gustaban las orquídeas y las plantas acuáticas. Tenía una huerta y, una vez que lo visité, estaba viendo la serie Montalbano de Andrea Camilieri en el canal Europa.
Los 25 de mayo se juntaba su enorme familia para ayudarlo a soplar las cada vez más numerosas velitas. Es increíble todo lo que un hombre de 95 años camina en la vida. Uno se acostumbra a pensar que esa gente especial vive para siempre.
El covid se lo llevó. Por eso saqué al patio su barco y lo estuve limpiando con esmero. No se puede cruzar al otro lado con cualquier cosa. Mariano debe estar sintiendo el olor salitroso del mar, oteando el horizonte y sonriendo a las gaviotas que revolotean sobre su cabeza. Saluda desde la proa mientras se va en su barco de madera y tela, feliz. Los que nos quedamos en la orilla agitamos pañuelos. Mariano Alonso, 19 de abril, cuánta tristeza.

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