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El Boliche de Los Conde, el Gran Almacén de Olascoaga

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La fría letra de la historia y la geografía, dice que Olascoaga es un pequeño pueblo del Partido de Bragado, ubicado a 18 Km de la ciudad y que debe su nombre a un Coronel que llevaba ese apellido y había triunfado en una batalla sobre el dominador de esa tierra, el temible Cacique Cafulcurá.

Dice también que gracias a la llegada del viejo Ferrocarril Oeste, luego el actual Sarmiento, había crecido el pueblo, motivado por la explotación agrícola y ganadera, pero principalmente por la producción tambera.
Eso dice la fría historia…
Mi propia historia cuenta que desde chiquito y hasta hoy, he estado ligado a Olascoaga.
Mi querida “vieja”, maestra de la Escuela 8, a quien yo tantas veces acompañaba en la aventura de viajar en el tren, mi abuelo, mi viejo, a quien acompañaba al campo casi todas las semanas y Olascoaga era el destino favorito. Y el tiempo quiso que mi compañera de ruta, la que me banca y me acompaña en esta locura del día a día de historias cuarenténicas, se hubiera criado allí.
Pero sin dudas y más allá de las historias de campo, los tambos, la escuela, el tren al que llamaban “El Tambero” y varios símbolos del pueblo, el que tengo en mi memoria como la marca registrada de Olascoaga, es el viejo “almacén de Ramos Generales”, o simplemente y como todos los conocían, “El Boliche de Conde”.
El gran Almacén, donde los hermanos Héctor y Armando Conde atendían detrás del inmenso mostrador y donde según contaba mi viejo, se podían conseguir desde cigarrillos sin filtro hasta calzoncillos, pasando por yerba, azúcar (todo a granel), balas calibre 22 para carabina y todo tipo de herramientas para el campo. Todo pagado delante de esa hermosa máquina registradora que estaba junto a la vieja máquina de café y los frascos de golosinas, de esas que ni marca tenían, pero eran exquisitas y siempre venían de regalo o con yapa.
-El emblemático Boliche, ubicado en el estratégico lugar, en la esquina que hacían el “camino real” con la entrada al pueblo. El punto estratégico donde cuentan los memoriosos que se juntaban hasta 100 carros lecheros en las épocas del apogeo del pueblo.

Así como paraban los carros, también cuentan los viejos habitantes (gracias Titilo Labaqui!!), que la histórica Escuela 8 era una de las mejores, sino la mejor, de la zona rural. Y por supuesto que le creo, porque allí justamente era maestra mi vieja. Y las maestras, varias de ellas de Bragado, muchas veces se quedaban sin transporte, entonces debían recurrir al punto estratégico para hacer “dedo” hasta la Ciudad. Y que otro punto mejor que el Boliche de Los Conde!!.
-Allí con sus prolijos guardapolvos blancos se paraban las docentes a la espera de que algún paisano, previa parada en el Boliche, las llevara hasta Bragado.
Cuentan también los viejos habitués del establecimiento, que los sábados y domingos se armaban tremendos campeonatos de truco, tute cabrero, mus y chinchón y otros juegos inocentes como la generala, que obviamente no solo eran por los “porotos” sino por algunos morlacos…. En fin, se timbeaba. Dicen los sabios que las fuerzas del orden de Olascoaga no molestaban demasiado, tal vez porque en días de franco se prendían en algún partidito….Pero los que si de vez en cuando caían como peludo de regalo eran los de la policía bragadense, a bordo de los intrépidos Jeeps carrozados, que desarrollaban velocidades de hasta 60 Km por hora. Pero como sabido es que los jeeps era además de lentos, ruidosos, los vecinos del boliche al verlos venir, les ganaban de mano y llegaban antes al Boliche a dar aviso de la inminente requisa.
El revuelo que se armaba era tal que los que no podían rajar en sus vehículos (en general viejas Ford F100), caballos o sulkis, llegaban a meterse en los enormes cajones donde se almacenaban, entre otras cosas, la yerba y el azúcar. Hubo alguno que se escondió en la caja de una de las camionetas al mismo tiempo que el dueño se escapaba y que recién pudo bajarse a las dos o tres leguas, cuando logró dar aviso al conductor….
-Sigue mi historia ligada a esos lares- Mi abuelo, que por entonces, ante la inexistencia de veterinarios, fue de los primeros “vacunadores” que llegó a la Estancia “La Andina”.
-La dinastía la continuó mi viejo, que siguió atendiendo a innumerables establecimientos de la zona, como La Maruquena, los campos de los Bello, de los Labaqui, los Fenoy y otros tantos ilustres apellidos del lugar.
Ir con el Viejo a Olascoaga era una fiesta. Dependiendo del destino, lo acompañaba hasta el campo si había caballos, o lagunas donde pescar o amigos con quien me quedaba a pasar los fines de semana, y hasta a veces me bajaba en el “Puente de Varela” a pescar “taruchas” hasta que el viejo regresara.
La Estancia de Varela, aquella donde cuentan que paraban sospechosos aviones con sospechosas cargas, hasta que uno se pasó de largo y en lugar de aterrizar, “lagunizó” en la cañada y ni entre 4 tractores lograron sacarlo. De la carga, nunca se supo nada o al menos nadie lo quiso contar…
Pero fuera a donde fuera, la parada más esperada era en el Boliche, el de Conde, donde el Viejo, se tomaba su vermucito y yo una gaseosa, donde llegué a probar la vieja “CanadaDry” ahí. Donde comí los mejores sanguches de mortadela de los que tenga memoria, no solo por la calidad del fiambre sino porque se hacían con galleta de campo. La mejor galleta del mundo mundial: la galleta de Olascoaga.
Donde sobre aquel enorme mostrador se cortaba el fiambre, se despachaban las bebidas, se apoyaban los paisanos con esa pose típica, semi inclinados, codo sobre el mostrador y llenaban el vaso casi hasta el borde con vino, dejando el espacio justo para echarle el mínimo chorro de soda, sin que rebalse para darle al primer trago, para luego ir vaciando el sifón de medio litro, chorro tras chorro hasta terminar el vino.
Donde de regreso del campo, después de la jornada de laburo, si el tiempo daba, el Viejo iba por la segunda vuelta del copetín y a veces se prendía en alguna partida de mus… Me llamaba mucho la atención que todos, absolutamente todos, incluido los Conde, lo llamaran “Miguelito”…. La explicación era clara. Miguel Echave ya había uno y era mi Abuelo.
Historias de Olascoaga y del mítico Boliche, habrá miles, por eso los invito a contarlas, para que simplemente no se pierdan.
Como muchos pueblos de campo, fueron achicándose, con la destrucción del ferrocarril en los noventa, la lenta desaparición de los tambos manuales reemplazados por los industriales y luego la soja y el éxodo a la ciudad de la mayoría de la gente del campo. Y con esa lenta transformación, la historia cuenta que el Boliche de Conde ya no está, que el viejo edificio un día fue derrumbado…
Sin embargo, dicen que dicen, que un grupo de fascinerosos, a quienes creo conocer y hasta me animo a decir que soy amigo, un día se apersonaron en la histórica esquina, donde estaban los hermanos Conde sentados bajo un árbol y les ofrecieron comprar algunas de las pertenencias, para transportarlas a un refugio en Bragado. Pero esa, es otra historia que bien merece ser contada y así será, lo prometo.
Hasta mañana memoriosos, que sueñen hoy con aquel viaje a Olascoaga con parada intermedia en el Boliche, que aunque ya no está, sigue existiendo.
Salud!!
Gracias Titilo Labaqui, Marta Labaqui, María Teresita Rusconi y
José María Conde

(Por Alejandro Pata Echave).

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