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El Castillo de Egaña, un lugar donde podría haber vivido la Bella Durmiente

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El castillo San Francisco fue construido entre 1918 y 1930 por Eugenio Díaz Vélez pero nunca pudo disfrutarlo. Durante un tiempo fue un reformatorio. Hoy lo visitan turistas amantes del misterio que encierran los edificios abandonados.

Por Marcelo Metayer, de la agencia DIB.

La provincia de Buenos Aires conserva muchos rastros de un pasado fastuoso, edificios inmensos que hoy solo albergan fantasmas, como el Palacio Piria en Ensenada o la estancia Montelén en Bragado. Más al sur, en Rauch, hay otra construcción de ensueño, un verdadero castillo, cuyas puertas y ventanas sin cerramientos acechan al visitante desde todos los ángulos: cada lateral parece ser el frente y uno se desconcierta. Ese palacio parece haber nacido para un cuento de hadas y, en efecto, fue cuna de una historia no por lo trágica menos maravillosa.
En Rauch, curiosamente, hay dos castillos, éste construido por Eugenio Díaz Vélez y el edificio municipal, obra de Francisco Salamone, pero ésa es otra historia.
El llamado “Castillo de Egaña” -cuyo verdadero nombre es San Francisco- se encuentra en la pequeña localidad homónima del partido de Rauch, a unos 275 kilómetros de Buenos Aires. Se trata de una mansión abandonada desde hace décadas, meca de fotógrafos y videastas con su aspecto fantasmagórico. Fue construida entre 1918 a 1930 por el arquitecto Eugenio Díaz Vélez, nieto del prócer argentino. Tiene 77 habitaciones, 14 baños y 2 cocinas.
El lugar está cruzado de historias misteriosas, que empiezan el mismo día de su inauguración. Pero antes de contarlas, es necesario retroceder en el tiempo un siglo entero, para entender por qué se levantó un edificio tan fastuoso en esa pequeña localidad, donde actualmente viven unas 50 personas.

Una historia familiar
Allá por 1825 el general Eustoquio Díaz Vélez adquirió en enfiteusis algo más de 17 leguas en la zona del Fuerte Independencia, hoy Tandil. Poco después, sumó 20 leguas más dando origen a una inmensa estancia de reconocida fama, a la que en honor a su esposa (Carmen Guerrero y Obarrio), bautizó con el nombre de “El Carmen”.
Treinta y un año más tarde, cuando el viejo general murió (1856), sus hijos, Carmen, Manuela y Eustoquio (h), hicieron efectiva la propiedad del latifundio y, tras la sucesión, el varón se quedó con la estancia.
Millonario próspero Eustoquio Díaz Vélez (h) acrecentó la fortuna a lo largo de su vida, dejó un suntuoso palacio en el barrio de Barracas y, cuando finalmente falleció en 1910, la estancia “El Carmen” se dividió entre sus dos únicos hijos varones: Carlos, ingeniero, y Eugenio, arquitecto. También sus cuatro nietas recibieron una fracción del campo.
Eugenio levantó, sobre la porción de tierra heredada, el casco de la estancia San Francisco, muy cercano al pueblo de Egaña, creado a partir de la estación establecida en 1891.
El arquitecto proyectó el edificio siguiendo un estilo europeo ecléctico. Como era costumbre en la época, trasladó desde Buenos Aires y Europa la mayor parte de los materiales de construcción. Los trabajadores fueron contratados en Capital Federal y enviados al sitio de la obra; que se prolongó desde 1918 hasta 1930.
Parece que en el medio primó una rivalidad con Andrés Egaña, esposo de una de sus primas. La construcción habría empezado siendo un palacio, con planta baja y primer piso, pero después Egaña comenzó a poner plantas para que quedara oculto. Entonces Díaz Vélez agregó la última planta y los miradores, y lo convirtió así en un castillo.
Cada vez que regresaba de Europa con nuevas ideas Eugenio mandaba a dar marcha atrás con los avances para volver a empezar. El parque se lo encargó a Carlos Thays, aunque el prestigioso paisajista no pudo terminarlo.
Eugenio Díaz Vélez falleció el 20 de mayo de 1930. El castillo “San Francisco” fue heredado por su hija mayor, María Eugenia, quien arrendó las tierras, administradas por la Casa Bullrich y Cia.

Leyendas
Aquí es cuando la historia comienza a mezclarse con el mito. Se dice que el día de la inauguración del castillo estaban todos los invitados a la espera del dueño, que llegaría de Buenos Aires. Estuvieron allí varias horas y Eugenio no aparecía. Hasta que se enteraron de la terrible noticia: había fallecido. Consternados, todos abandonaron el lugar y dejaron los preparativos para la fiesta, inclusive las mesas servidas, de modo que el San Francisco quedó como el castillo de la Bella Durmiente cuando la joven del cuento se pincha el dedo con el huso.
La leyenda continúa y cuenta que María Eugenia Díaz Vélez nunca regresó al castillo, que estuvo cerrado hasta 1960. En el interín, los lugareños saquearon el lugar y se llevaron muebles, adornos, el piano, cuadros, canillas de oro, mármoles y mucho más.
Los vecinos de más edad cuentan que en su infancia iban a jugar en los alrededores del castillo y cuando miraban por las ventanas llegaban a distinguir una gran mesa puesta con los platos y las copas, en espera de una fiesta que nunca llegó.

Expropiación y destino final
La realidad, más prosaica, afirma que hacia 1960 la inmensa propiedad -unas 7.000 hectáreas- fue expropiada por la provincia, según las leyes 5971, del 2 de diciembre de 1958 y 6258 del 14 de marzo de 1960. De este modo, antiguos arrendatarios se convirtieron en propietarios de las tierras que antes alquilaban, apoyados por créditos del Banco de la Provincia de Buenos Aires.
El Ministerio de Asuntos Agrarios creó entonces la colonia Langueyú, dentro de la cual quedó gran parte de la estancia San Francisco y su reputado casco. Más tarde, la estancia se subdividió y adjudicó en lotes a los colonos. En tanto el mobiliario, equipos de trabajo y demás enseres del edificio fueron subastados, y no saqueados.
En 1965 el gobernador Anselmo Marini (UCRP) transfirió la propiedad al Consejo General de la Minoridad con la intención de convertirlo en un hogar granja que terminó convertido en un reformatorio. A mediados de los ’70 un joven internado que ya había cumplido la mayoría de edad se ensañó con el encargado del lugar. Lo esperó, lo interceptó, y lo mató de varios tiros. Apenas unos meses después del hecho el reformatorio cerró.
Ese crimen, junto con la muerte inesperada de su arquitecto y el súbito abandono, convirtieron al castillo en el centro de muchas historias de presuntos fantasmas.
En 2010 hubo un intento de demolición y se armó un grupo para cuidar el patrimonio del lugar, que realiza recorridos con los turistas que se acercan.
Hoy, el castillo solo convoca a las palomas, que se sienten dueñas del lugar, y a los ocasionales viajeros, la mayoría amantes de lo extraño y del estremecimiento que provocan los edificios abandonados. (DIB) MM

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