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El día que la dictadura se rindió y devolvió las urnas

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-El domingo, se cumplieron 38 años del anuncio de las elecciones que restablecieron la democracia -La convocatoria fue para el 30 de octubre de 1983 y el ganador, Raúl Alfonsín

Por Julio Bazán

Fue la rendición del autoritarismo. La histórica formalización del fracaso definitivo de la dictadura más sangrienta de la historia argentina, cuando estaba a veinticinco días de cumplir siete años. El 28 de febrero de 1983, el presidente de facto, general Reynaldo Bignone, anunció el llamado a elecciones para autoridades democráticas el 30 de octubre del mismo año. La debacle de la aventura militar de las Malvinas, las crecientes protestas por las insoportables penurias económicas y el acuciante coro nacional e internacional de condena a las violaciones a los derechos humanos, se conjugaron para precipitar el final.
Habían pasado ocho meses desde que sus pares desalojaron de la presidencia a Leopoldo Galtieri, el general de la derrota de las Malvinas, que menos de dos años antes había proclamado: “las urnas están bien guardadas y seguirán guardadas”.
Vanas pretensiones de resistencia desde la soberbia al inexorable devenir de la historia. Un antecesor, el general Agustín Lanusse, también en circunstancias de devolver el gobierno usurpado por las armas a la democracia, le quiso mojar la oreja a Juan Domingo Perón entonces en el exilio, cuando el 27 de julio de 1972 sostuvo que “no le da el cuero para venir” a la Argentina a postularse para la presidencia. Uno y otro debieron tragarse sus bravatas.

LA AGONÍA DE LA DICTADURA
Como una constante de la historia argentina que exige tributos de vidas para sus vicisitudes, después de las decenas de miles de muertos y desaparecidos que provocó la dictadura, la transición hacia la democracia tuvo sus propios mártires, caídos en la represión de las reacciones populares contra los padecimientos socioeconómicos y para urgir la normalización institucional.
El 30 de marzo de 1982, en el marco de una movilización obrera de carácter nacional bajo el lema “Paz, pan y trabajo”, terminó muerto en Mendoza por las balas policiales el trabajador José Benedicto Ortíz, empleado de la cementera Minetti.
Y el 16 de diciembre de ese año, cuando finalizaba una multitudinaria concentración de la coalición política llamada Multipartidaria, en la Plaza de Mayo, un policía de civil baleó en la espalda al operario mecánico Dalmiro Flores, que falleció tendido junto al edificio del Cabildo.
La agonía de la dictadura se prolongó por los esfuerzos –finalmente infructuosos- de los militares por asegurarse una autoamnistía para sus gravísimos delitos, incluidos los de lesa humanidad. Cuando (disipadas sus vanas ilusiones de perpetuarse en el poder) finalmente desempolvaron las urnas, pusieron sus esperanzas en ser heredados por el peronismo. Raúl Alfonsín, candidato de la Unión Cívica Radical, era una amenaza con sus promesas de enjuiciarlos. En cambio, el postulante justicialista Ítalo Luder se mostraba permeable a la pretensión de “auto-perdón”.
“Son derechos adquiridos que no pueden ser removidos”, llegó a decir Luder. La desconfianza de los jefes militares hacia Alfonsín resultó justificada: después de asumir la presidencia el 10 de diciembre de 1983 sólo tardó cinco días en ordenar que los sentaran en el banquillo para que la justicia los condenara.
En su trágico septenio, la dictadura fracasó política, social y económicamente. Después de cinco presidentes, seis ministros de Economía y una guerra absurda, se fue dejando los salarios en un cincuenta por ciento menos que cuando llegó, y después de llevar a 44.000 millones de dólares la deuda externa de los 7.000 millones que heredó del derrocado gobierno de Isabel Perón.

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