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El dirigente todopoderoso

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-2º parte del informe

Lorenzo Miguel fue el hombre fuerte del sindicalismo durante varias décadas. Forjó una estrecha relación con el general Perón y tuvo influencia en el poder político argentino.

Por Julio Bazán.

Por su longevidad y apego al cargo, los dirigentes de los grandes sindicatos argentinos quieren emular a los Papas católicos que (salvo excepcionales abdicaciones), conservan el mandato hasta la muerte. Lorenzo Miguel asumió la conducción de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) en 1970, tras el asesinato del mítico Augusto Timoteo “Lobo” Vandor, y la conservó hasta su fallecimiento por enfermedad en 2002. Tenía 75 años. Durante más de tres décadas, logró eludir el destino trágico de otros dirigentes contemporáneos del gremio, como el propio Vandor y José Ignació Rucci, para convertirse en el hombre con más poder político real de la Argentina: designó a dedo a ministros, legisladores y hasta candidatos a la Presidencia del país. Nunca tuvo un cargo gubernamental. Ejerció el poder detrás del trono. Llegó a ser El Todopoderoso.
-Navegó sin naufragar por el infernal río de sangre en el que se convirtió la Argentina durante los años de plomo. Aunque su tránsito por ese Aqueronte criollo fue en un imaginario acorazado, hecho de un Ejército de guardaespaldas armados y autos blindados con los baúles convertidos en arsenales, su principal coraza fue la capacidad de diálogo con los que hacían que el país amaneciera cada día, con cadáveres apilados en las banquinas o flotando en los ríos. Convivió en el poder con José López Rega, fue amigo del almirante Emilio Massera y se reunió todas las veces que fue necesario con jerarcas del Ejército y de los Montoneros.
A diferencia de Vandor, que intentó disputarle el poder a Perón que estaba en el exilio -y murió en el intento-, Miguel construyó su poder inmenso al calor del veterano caudillo al que idolatraba (cuentan que cuando estaba frente a él no podía articular palabra; entraba en éxtasis). Su fidelidad tuvo premio el 1° de Mayo de 1974 cuando, ya Presidente, Perón echó de la plaza de Mayo y del Justicialismo a las organizaciones armadas que lo habían apoyado para su vuelta al poder y habían asesinado a José Ignacio Rucci.
Con Miguel a su lado en el balcón de la Casa Rosada el anciano general proclamó: “hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más méritos que las organizaciones sindicales que lucharon durante veinte años”. Fue como una señal para que los grupos de choque metalúrgicos concretaran con entusiasmo y bajo la mirada satisfecha de su jefe, una de las cosas que mejor saben hacer: con las astas de madera de los carteles rompieron cabezas y huesos de los repudiados por el líder que huían en estampida. -Ocurrió ante mis ojos cuando era un joven cronista. En esa ocasión fui testigo. Hubo otra en que me convertí en víctima de la violencia del rebaño de Miguel.
Tuvo una suma de apodos, uno en cierto modo contradictorio: le pusieron El Loro, quizá por el naso prominente porque no era precisamente parlanchín. Tenía, como es conocido, serios problemas de conjugación y sintaxis (“alguien o alguienes”, o “peronísticamente hablando” eran algunas de sus expresiones características), sus parlamentos eran confusos y se completaban con gestos y ademanes, aunque nunca declaró en su contra. También le decían El Tordo, por el color del cabello, semejante al pelaje del caballo tordillo, gris con manchas blancas. Y aunque no tenía un pelo de zonzo, a medida que el tiempo le fue menguando el jopo y las patillas, quedó expuesta la calva, que le ganó un tercer alias: Cabeza e´ Huevo, que a diferencia de los anteriores no era pronunciado en su presencia ni por sus allegados.

Villa Lugano fue su lugar en el mundo
Allí nació el 27 de marzo de 1927. Para llegar a la conducción de la UOM primero fue peón (entró a los 18 años) y enseguida delegado (a los 24) en la fábrica CAMEA que estaba en el barrio, al igual que su domicilio de la calle Murguiondo 3548. Allí vivió sin lujos ni ostentaciones la mayor parte de su vida después de casarse con Elena, su primera novia, a la que conoció cuando era delegada en la misma planta. En esa casa vio crecer a sus hijos Mariana y Lionel; gozó y sufrió con la suerte futbolística de San Lorenzo, e instaló el atelier en el que pintaba al óleo inspirado en el impresionista Monet (había estudiado en la escuela de Divito, el de las chicas pulposas de cintura diminuta). Cuando murió lo velaron en una funeraria de la calle Murguiondo, a doscientos metros de su casa tradicional. Recibió la bienvenida y la despedida de la vida en Villa Lugano.

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