El juicio de Dolores, jornada número 11

Especial para La Voz

Ayer resultó un día impactante. Es que llegó uno de los testigos puesto por la defensa de los rugbiers. Juan Pedro Guarino fue amigo de los acusados; estuvo en el lugar de los hechos y debió contar lo que le tocó vivir, cerca del final de una vida, en este caso la de Fernando Báez Sosa.
Suena extraño, pero la verdad apareció en su crudeza. La carta de la defensa jugó al revés. Es porque la verdad termina por salir adelante. Es que los acusados no habían hablado, porque ellos no podían declarar en su propia contra… El silencio había sido un escudo protector. A la hora en que un joven como ellos, tuvo que explicar dónde estaba cada uno de quienes habían sido sus amigos, terminó ayudando a entender lo que parecía imposible de explicar.
Era el momento de pedir disculpas. Guarino en medio de las lágrimas, dijo que era tiempo de arrepentirse, aunque no se pudiera volver atrás. Pidió perdón a Graciela y Silvino, los padres de Fernando y reconoció que cada día en estos tres años, lamentó no haber podido hacer más, en aquellos momentos. “Vine a ayudar a la verdad”, dijo al comienzo, aliviando su angustia.

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