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“El punto de vista de un niño: Cuando lo simple explica todo”

Como sociedad atravesamos un momento de nuestra historia donde el mundo no nos ofrece respiro. No hay tiempo, en términos futbolísticos de parar la pelota y pensar la jugada. Nos encontramos en un mundo inmerso en una vorágine de ocupar el tiempo. Ocuparlo, trabajando horas extras para tener ese peso demás que nos permita estar un poco mejor en este contexto económico que atraviesa nuestro país y si se puede al mismo tiempo buscar saciar esa necesidad de consumo que nos impone el mercado. Ocupamos nuestro tiempo intentando evadirnos, mirando la última serie que ofrece el streaming como una fuga de la realidad a la que nos someten nuestras rutinas. Lo ocupamos poniendo likes, compartiendo u opinando en cada publicación de la red social de moda en este momento, como si de esa forma lavásemos la culpa del café que postergamos con un amigo.
Para los griegos el tiempo era fundamental, cuando más se tenía éste, el hombre se podía dedicar a la filosofía, el arte o disciplina de buscar las respuestas a las preguntas esenciales de la vida. Pero cuáles eran esas preguntas, bueno, cuál era la mejor forma de gobierno, qué es la vida, cuál es el sentido del hombre en la vida, son algunas de ellas. El sentido no radicaba en encontrar la respuesta, sino e transitar el camino, un camino de reflexión y adquisición de conocimiento.

“El punto de vista de un niño: Cuando lo simple explica todo”

Una de esas preguntas esenciales radica en cuál es el sentido del hombre. Como dije, no hay una respuesta, de hecho, hay una mirada por cada autor que leamos o cada persona que escuchemos. Por ejemplo, para Platón el fin último de los hombres era la idea del Bien (por la simple idea en si misma), mientras que para Aristóteles el fin del hombre era la felicidad, esa debía ser la máxima aspiración humana y para él resultaba del todo posible lograrla conjugando los bienes externos, del cuerpo y del alma. Otros autores y pensadores, como Santo Tomás tomaron esta idea de Aristóteles de la felicidad del hombre, pero la adaptaron ya que para él consistía en el deber satisfacer todos nuestros deseos pues de lo contrario no sería nuestro fin último, es decir lo que busca nuestro corazón es el bien absoluto y lo absoluto solo podemos hallarlo en Dios, pues toda criatura no pasa de ser un bien parcial y limitado. Por otra parte, para Freud, la felicidad se presenta como resultado de satisfacer necesidades acumuladas, que han alcanzado un nivel elevado de tensión y por lo tanto, solo es posible hablar de ella como un episodio instantáneo y pasajero, contradiciendo la posibilidad que planteaba Aristóteles como fin alcanzable en sí misma.
Ante tantos enfoques y en un mundo que cada vez nos resta más tiempo, quizás sea más sencillo encontrar la respuesta en las cosas simples. ¿Qué más simple que la mirada de un niño? Esta semana tuve uno de esos momentos de simpleza que quiero compartir con ustedes en este artículo.
Como todos saben en el Salón Ex Combatientes de Malvinas del Palacio Municipal, se exhibió la muestra itinerante “Malvinas 40 años”, la cual pertenece al Museo Nacional de Malvinas. En ella, un ex combatiente del conflicto, Fabián, quien en ese momento pertenecía al Batallón de Infantería de Marina N°5 y que participó del conflicto desde el primer día, fue el encargado de recibir y dialogar con cada uno de los visitantes.
Mientras recorría la muestra, pude ver como Fabián dialogaba y se detenía a responderle a un niño de tan solo siete años que había asistido con su padre, todas las preguntas que tenía del conflicto. Le explicaba sobre los uniformes, las municiones y los equipos de forma muy didáctica. Por ejemplo para que entendiera que era una de las mochilas de comunicación que utilizaban se lo ilustró en forma simple, “…esos eran nuestros celulares, pero eran grandes y pesados, no tenían pantallas como los de tus padres y solo podíamos hablar cuando teníamos suerte de conectar la comunicación”, escuché que le decía.
Así iba la conversación entre ambos, recorriendo toda la muestra y un niño que abría sus ojos y oídos para captar todo lo que Fabián le decía, hasta que llegaron a las fotos del cementerio de Puerto Darwin. En ese momento me pregunté cómo haría Fabián para explicarle la muerte a un niño, un aspecto tan profundo de la vida que hasta a los grandes nos cuesta entender. Lo que viví a continuación no hizo más que sorprenderme a cada instante.
El niño preguntó si esa era el lugar donde estaban los soldados que no habían podido regresar, a lo que Fabián respondió afirmativamente. Pero el curioso e inocente niño no finalizó ahí su interrogatorio y lanzo una pregunta que a muchos adultos nos hubiese puesto muy incómodos. El niño le preguntó: “¿Tienes amigos ahí?” y Fabián nuevamente respondió afirmativamente y agregó: “…ellos aún están cuidando las islas”. Solo ese momento hubiese sido una obra en sí misma, pero ese niño no quiso cerrar así la conversación con ese soldado que estuvo defendiendo nuestra Patria y solo él sabe qué ha tenido que atravesar en esos días. En ese momento el niño dejó de ver las fotos y miró a Fabián y le dijo: “Qué bueno que estás vivo”.
En estos tiempos donde todo parece confuso, quizás sean los niños quienes en su sencillez nos puedan brindar las mejores respuestas filosóficas. Quizás el único sentido del hombre sea ese, vivir plenamente cada instante, para morir otro día.

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