La bandera de Ucrania flamea en Bragado…

-Donde hubo un inmigrante, quedó su historia
-Verónica y Fernando Mahmet honran la memoria de sus abuelos

Por Adriana Ferrari.

Si vamos por el centro más céntrico de Bragado y miramos hacia arriba, veremos flamear una bandera amarilla y celeste. No es la de Boca Juniors por su nueva camiseta, no. Es la de un pueblo que se resiste a perder su identidad. Es la bandera ucraniana, que con orgullo exhiben los nietos de un hijo de ese pueblo que hizo aquí su vida, pero plantó las semillas de su cultura. Y que hoy florecen, dolorosamente abonadas por la guerra.
-Nos cuesta creerlo, pero en pleno siglo XXI hay una guerra. Las hubo siempre, porque el deseo de conquista y de poder están en la genética de nuestros precursores humanos y no lo hemos podido dominar pese al esfuerzo de la cultura por enseñarnos a convivir sin violencia.
Más cercanas nos parecen las guerras contemporáneas, por los relatos de nuestros abuelos inmigrantes o por los héroes de Malvinas, pero nunca las vivimos como ahora, en vivo y en directo, desde el minuto cero.

-Ucrania está lejos, a más de 13 mil kilómetros y con un océano de por medio, sin embargo, internet o la televisión nos hacen sentir que es aquí nomás, que ese desastre también nos toca. Y es verdad, porque es una tragedia de la humanidad.
A las personas comunes nos espanta ver la destrucción, no le encontramos sentido. “Dos mil comerían por un año con lo que cuesta un minuto militar”, canta León Gieco, hablando de la memoria. Hoy se quedaría corto, porque el costo de esos misiles que ordena disparar Vladimir Putin para quebrar a Ucrania, debe salir mucho más. Una locura de ambición por dominar al mundo, que tiene al frente a un ruso de rostro inexpresivo, pero que sostienen miles que no vemos, con idéntico deseo de anexar a un Estado que en su mayoría quiere ser independiente.
Millones de ucranianos se fueron de su país, en estos días y en otros años. Porque la historia viene de lejos (desde el siglo IX) y se fue extendiendo con sucesivas invasiones y batallas entre países próximos que le dieron identidades occidentales y también rusas. Desde el siglo XX la pelea fue con los soviéticos.
Rusia la consideraba parte de su territorio, Joseph Stalin la sumó en 1922 a la entonces URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) y entre sus tremendas políticas expansivas que provocaron la muerte de millones de personas por hambrunas, prohibió la lengua ucraniana. Había que hablar en ruso, como en América, cuando se obligó a los pueblos originarios a negar sus idiomas. ¡Cuánto dolor, cuánta injusticia!
Ibah Mahmet (Iván o Juan, como lo tradujo en la Argentina), era un intelectual. Un profesor de historia y latín, un joven brillante, que no aceptó las imposiciones soviéticas. Las discrepancias no quedaban en cruces de palabras o gestos por los diarios, como vemos actualmente en nuestra democracia. Ibah estuvo preso más de una vez. La hambruna (el Holodomor, como se registra en la historia) pegaba en su familia, que comía raíces, palomas, gatos o ratas. Murieron millones, un genocidio del stalinismo, que literalmente mató de hambre. Uno de sus hermanos fue enviado a Siberia y nunca más supieron de su suerte. Algunos pudieron irse del infierno, como él, que con 30 años y una esposa, juntaron las cosas que pudieron entrar en aquellos baúles de madera que traían en barcos los inmigrantes y navegaron hacia América, en la primera mitad del 1900. Esa valija está hoy en la casa de Fernando, el nieto que quiere compartir la historia, porque siente que es lo que su abuelo hubiera deseado. El baúl cuadrado luce bonito como si fuera una mesa ratona y sobre él, hay un enorme libro escrito en ucraniano (imposible leerlo, sus letras son grafías diferentes de las nuestras).
“Está siempre acá –dice Fernando– no es que lo puse para la charla”. Aunque tampoco él lo ha podido leer, tiene marcada una página que encabeza el nombre de Ibah (Mahmet también se escribe con una letra que no existe en nuestro teclado). Y allí estará su historia, seguro, pero a él no le hace falta descifrar lo que dice el texto, porque en su memoria está intacto todo lo que le contó el protagonista.
Ucrania defendió su lengua y su cultura, como hoy lo hacen tantos voluntarios que están dispuestos a dar la vida para no perder su identidad.

EL ABUELO JUAN
Cuando Fernando nació, el abuelo ya era grande. “Entonces –supone–prefirió transmitirme su historia y su cultura, antes que la lengua, porque el tiempo no iba a alcanzarle; hizo bien, porque el idioma podría aprenderlo de otra forma, pero lo que él me dijo, nunca lo tendría en primera persona”. Y así fue, porque el abuelo Juan murió cuando él apenas tenía 10 años. Pero fueron suficientes, porque recuerda cada palabra de esas pronunciadas en un castellano extraño, que nunca perdió el acento ucraniano.
Los abuelos son muy importantes en la vida de los niños. El tiempo no urge como en la juventud de los padres, hay espacio para las palabras, las miradas; hay más paciencia, mayor sabiduría. Quizás sea breve, un lapso, pero es intenso. Fernando y Juan se entendieron profundamente. -Estuve con él más que con mi padre” -dice este hombre que también ha librado otras batallas por la supervivencia (quién no sabe de su pelea contra la leucemia y su voluntad de superarla, de entrenarse fuerte y correr para motivar la solidaridad para la donación de sangre).
-Verónica, la hermana, lo acompaña en la evocación. Tiene una mirada de mujer, piensa en la abuela, que apuntalaba la cultura de otra forma, con esas comidas típicas inolvidables que hacía con 3 ingredientes, los más baratos: papa, harina y cebolla, pero que los combinaba como si fuera la chef más famosa. Era la consecuencia de la hambruna, así como esa compulsión a que no les faltara nunca algo para comer y que siempre estuviera cocinando.
“Una vez–se emociona Vero– cuando la abuela ya era grande, a las 12 de la noche escuchamos el Himno Argentino y yo le pregunté si ella recordaba el suyo. Nunca lo había hecho, pero empezó a cantarlo, como en su época de Ucrania, no se había olvidado nada”.
Verónica también dice que el abuelo era muy buen mozo y que Fernando es igual a él. Me muestra la foto y sí, se parecen bastante. Juan está vestido con uniforme militar, es de tez muy blanca y ojos claros. Y también me traen un cuadro, donde está la guarda de la camisa de él, que bordó ella, cuando se casaron. Las camisas ucranianas son distintivas, parte del folklore de ese país, vienen desde muy lejos y no habrá moda que las haga desaparecer, porque esos bordados a mano son parte de la identidad del pueblo.
-“Mi abuelo –recuerda Fernando– trabajó para mantener la cultura ucraniana. Llegaron a Paraguay y ahí fundó la Sede PROSVITA, una institución para defender la historia, la lengua y la cultura de su país”. Don Juan era, como dijimos, un intelectual, no aceptaba lo que consideraba injusticias, por eso denunció a los miserables (de esos que continúan existiendo) que lucraban con la desesperación de los inmigrantes o refugiados y los estafaban, sacándoles dinero con la promesa de conseguirles trabajo en otro país, pero al llegar nadie los esperaba. Como también sigue pasando, entre los que hacen la vista gorda había poderosos, por eso tuvo que pedir asilo en Uruguay, donde vivieron un tiempo, hasta llegar finalmente a la Argentina.
-Pensemos en las circunstancias, donde no hablaban ni una palabra en castellano y todo era distinto. De a poco, el abuelo fue aprendiendo, al fin y al cabo, había sido profesor de idiomas. Escuchaba mucho la radio y así fue conociendo el lenguaje de la nueva tierra. Consiguió trabajo en la construcción y después en el campo, en la Estancia Santa Clara, por Comodoro Py, donde había otros peones ucranianos. Vale aclarar que esta zona de nuestro país tiene suelos muy fértiles, compartiendo ese privilegio con algunos estados norteamericanos y las praderas ucranianas. De todos modos, las aulas no se parecen a los campos, pero supo aprender las tareas rurales y muchas otras cosas, que le hicieron notar su potencial a los patrones (aunque suene feo, todavía se usa esa palabra que define el vínculo laboral en muchos oficios).
Y le dieron la oportunidad de alquilarle un puesto de la estancia, donde se dedicó a la apicultura, se especializó en estudiar el comportamiento de las abejas y logró desarrollar una nueva raza adaptada a la región. En algunos años más, con mucha dedicación y trabajo, logró tener su propia finca y una camioneta. Para mejorar su producción, viajaba frecuentemente a EE.UU, creció económicamente y logró lo que llamaríamos “un buen pasar” para su familia. Tuvieron 2 hijos, uno de ellos el famoso aviador, padre de los 3 únicos nietos Mahmet. Su hija fue odontóloga y se recibió con medalla de honor, motivo de enorme orgullo para un inmigrante refugiado, que llegó al país sin conocer ni una palabra y sólo con lo que entraba en un baúl de viajero.

LA CONTINUA RESISTENCIA DE UCRANIA
La historia de Ibah se repite en miles de ucranianos. Tiene mucho de geopolítica y de identidad; siguió resonando durante todo el siglo XX y hoy con más fuerza. Brevemente y sin entrar en históricos debates ideológicos, podríamos decir que tras la revolución bolchevique, Ucrania fue incorporada a la URSS, logrando la independencia recién en 1991, dos años después de la caída del muro de Berlín.
Mahmet contaba que Stalin decía: “Donde hay un ruso, está la Unión Soviética”, por lo que dispuso la abolición de la lengua ucraniana, algo que el joven profesor no estaba dispuesto a aceptar, por lo que más de una vez fue detenido. Millones de rusos habían ocupado espacios en el territorio ucraniano para asegurar su dominio, pero la mayoría de ellos no tenía demasiada educación y eran supersticiosos. El altivo Ibah les devolvió la humillación de ser prisionero: al ser liberado, puso sus heces en un sombrero y les dijo que era de los dioses, que debían pasar por sus caras. Y aquellos toscos carceleros pasaron la mierda por sus rostros. Aquella vez salió, pero la persecución continuaba. Imagino la mirada de ese ucraniano rebelde ante las imposiciones, porque Fernando también tiene un brillo como de triunfo en la suya, al evocar lo sucedido.
Ucrania estaba bajo el rigor soviético, no había chances de hacerles frente, sólo resistir con la memoria, guardar en la familia las costumbres y las palabras. O llevarlas por el mundo, donde fueran recibidos. Por eso Ibah fundó la Asociación Cultura PROSVITA Ucrania en Paraguay, Uruguay y Argentina. Y toda su vida estuvo alerta ante la intervención del Estado, porque creía en el equilibrio de las fuerzas, en el orden y la libertad. Alerta ante la ingerencia estatal desproporcionada, como había visto en el stalinismo.
-El abuelo no llegó a vivir la independencia de Ucrania ni pudo volver nunca a ver sus colinas y amapolas, porque si entraban no les permitirían salir, así de cerrado era el régimen. En cambio la abuela, que lo sobrevivió, tras haberse derribado el muro, regresó de visita a su pueblo, para abrazar a la familia. Y alguna vez irá Fernando con sus hijos Juan Cruz y Felipe, para conocer al pueblo que se describe en ese libro gordo que por curiosidades del destino, pudo mostrarle a un contingente de ucranianos que vino hace muy poco a la empresa agropecuaria en la que trabaja.

Y se sacaron fotos con la “Biblia” del abuelo. El mundo es un pañuelo, suele decirse. Vaya si no! Encontrarse en una ciudad argentina con un tesoro semejante! Los textos explican el sentimiento nacionalista de tantos ucranianos que se indignan con Vladimir Putin, el Joseph Stalin de este siglo.
La historia es más larga, claro. Pero vamos a resumirla con el orgullo de los descendientes de un ucraniano incansable que fue también de Bragado y de Nueve de Julio. “Eran máquinas de hacer”–dicen sus nietos. El abuelo fue profesor, actor, campesino, apicultor, carpintero y muchas cosas más. Un hombre inmensamente admirado por Fernando, que honrando su memoria se anotó para ayudar en lo que pueda en esta guerra donde los ucranianos resisten a puro nacionalismo frente a un poderío militar netamente superior. Ofrece la finca del abuelo para recibir refugiados, viajar si fuera necesario para ayudar a los heridos o lavar la ropa de los soldados, lo que pidan.
-Mientras tanto, comparte esta historia para que muchos la conozcan y sepan del orgullo de ser ucranianos, comprendan por qué tantos están dando la vida para que no pisoteen su historia y su cultura.
-Llega el final de la charla, me quedo un momento pensando en lo que me han contado y me resuenan en el recuerdo los versos de Alberto Cortez con su canción para el abuelo que vino de España. No es lo mismo, claro, pero en algo se parece esta historia de inmigrantes.
-Google nos ayuda a encontrarla y la escuchamos un minuto antes de saludarnos con la emoción de haber tenido al abuelo Juan en esa habitación llena de objetos que le pertenecieron. Un metro más allá del sillón donde estuve sentada, seguía flameando la bandera ucraniana, como testigo de las palabras de Verónica y Fernando. Y allá continúa, bien alta, atada a la baranda de un balcón de la calle Pellegrini. Acá también se resiste la barbarie.

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