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La Calle

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La frase de hoy: “Dedicatoria al doctor Aníbal Rizzo, cuidador médico de boxeadores”.

La frase tiene que ver con el médico de Bragado que ayuda en todos los deportes: fútbol, ciclismo, boxeo… En este caso, siempre tratando de “cuidar” a los protagonistas del duro oficio. Bregando por las licencias actualizadas, por las equivalencias en el peso, por el respeto hacia quienes muchas veces, eligen el oficio por necesidades económicas.

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La Calle reconoce que la historia del “Torito de Mataderos”, Justo Suárez es triste y más extensa. Al mismo tiempo, demasiado breve. Por razones de espacio, contaremos lo saliente en la vida de un muchacho más que humilde, muerto a los 29 años, siendo ídolo popular…

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Justo Suárez (Buenos Aires, 9 de enero de 1909 – Cosquín, Córdoba, 10 de agosto de 1938), conocido como «El torito de Mataderos», fue un popular boxeador argentino de peso liviano. Su inmensa popularidad superó ampliamente a sus logros profesionales.

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Justo fue el primer gran ídolo que dio el deporte argentino. A fuerza de golpes, no solo en el ring, sino también en la vida, se ganó en poco tiempo la admiración de las masas que se sintieron identificadas con su historia. Desde la miseria más absoluta llegó al estrellato y casi a la misma velocidad que ascendió se hundió. El Torito de Mataderos vivió rápido y murió joven, porque una tuberculosis terminó con su vida cuando solo tenía 29 años.

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Fue hijo de una numerosa familia y ya desde su más temprana infancia se vio obligado a rebuscársela para llevar el pan a su casa. Desde los 9 años trabajó de lustrador, canillita o mucanguero, -encargado de bajar de las canaletas la grasa liviana, llamada mucanga-, de los mataderos. Mientras tanto empezaba a tirar sus primeros golpes, sin demasiada ortodoxia, en un improvisado ring de su casa, en la calle Guaminí, en el barrio porteño de Mataderos.

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-A los 10 años ya era profesional…, lo que le permitía ganarse algunos pesos extras peleando en festivales en cualquier punto de Buenos Aires. En una de estas reuniones celebrada en la calle Florida, Suárez recibió el mote que lo marcaría para toda la eternidad: Torito de Mataderos. Con un estilo arrollador y por momentos desordenado, fue demoliendo rivales, por lo que sus actuaciones comenzaron a convocar cada vez más público. Fue así como llegó a José Lectoure, quien se encargó de aleccionarlo técnicamente.

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-Dos años después estaba peleando por el título argentino liviano y una multitud ya lo acompañaba. La vieja cancha de River Plate fue el escenario en donde se midió con Julio Mocoroa, al cual venció por puntos. La revancha no se pudo hacer porque el campeón saliente murió tiempo después. A esa altura, el Torito ya vestía trajes de primera, su figura estaba más cerca de los niños bien. que de los trabajadores con los que se codeaba en su infancia, aunque nunca los olvidaba. Por primera vez, las ignoradas clases bajas veían como uno de los suyos salía de la pobreza para vivir con todas las comodidades.

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Además se había casado con Pilar Bravo, una joven telefonista que lo acompañó durante algunos años. Gracias a la popularidad que había conseguido en Argentina, pudo tomarse un barco para irse a probar suerte a Estados Unidos. Otra vez hizo todo a gran velocidad. En 4 meses realizó 5 peleas y arrasó a sus rivales para rápidamente hacerse un nombre. Volvió al país con toda la gloria. A su vuelta peleó en un Luna Park repleto ante el chileno Estanislao Loayza, al cual le ganó por puntos en una de las mejores peleas de su carrera, en la cual registró 24 triunfos, 2 caídas, 1 empate y 1 sin decisión.

SUAREZ ENNUEVA YORK 1930: Retornó a Estados Unidos para ir por el título del mundo, pero las risas se empezaron a borrar y de a poco todo se fue tiñendo de negro. En su camino hacía el cetro mundial, tuvo que enfrentarse con un duro como Billy Petrolle, que no era alguien de renombre pero se ganaba el pan probando figuras antes de una gran cita. El local fue demasiado y el Torito de Mataderos cayó en 9 asaltos, lo que fue su primera derrota en el campo profesional.

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La chance de pelear por convertirse en rey de los livianos se había esfumado. Ese fue el comienzo del fin, en especial porque la tuberculosis ya estaba cumpliendo un papel importante. En 1932 Víctor Peralta le sacaba el cinturón de campeón.

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La última vez que se lo vio arriba de un ring fue ante su amigo Juan Pathenay, que subió con la consigna de no pegarle. Así y todo le ganó y no solo el triunfador lloró, sino también que todo el Palacio de los Deportes, que vivió una de sus noches más negras.
La enfermedad estaba ganando por knockout. Se trasladó a Córdoba con la poca plata que le quedaba. Tres años después moría en la miseria absoluta con una de sus hermanas al lado y lejos de toda la gloria que lo había acompañado. Sus restos fueron traídos a Buenos Aires desde Cosquín.

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Cuando el cortejo fúnebre lo conducía al cementerio de la Chacarita, la multitud que lo despedía levantó el cajón y lo llevó hasta el Luna Park para darle el último adiós en el lugar en el cual el Torito de Mataderos había escrito varias de las páginas más gloriosas de su efímera historia.

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