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La Calle

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La frase de hoy: “Cuando las ideas demoran, hay que aferrarse a hechos actuales y del pasado; eso es también parte de la vida”.

Silvana Arnaudo es docente de plurigrado en la escuela número 35 del paraje Mapis, a 400 kilómetros de la Capital y a 130 kilómetros de Olavarría, la cabeza de distrito. Docente de plurigrado es el rótulo que se utiliza para hablar de las maestras que enseñan todos los grados, todas las materias, todo el año, sin dudar ni por un segundo ante los desafíos, que son cotidianos. Como los caminos de tierra hacen muy difícil llegar al paraje, Silvana y sus dos hijos adolescentes viven durante la semana en la escuelita-casa, un lugar que comparten con Amparo, la maestra que tiene a su cargo todo el nivel inicial.

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Por su labor silenciosa y sostenida, en 2018, Silvana ganó el premio “Maestros Argentinos” y hoy espera que su experiencia se conozca para reforzar una idea que parece atravesarla: educar es transformar realidades. “Maestra rural es el vínculo que se logra con los chicos. Los conozco desde chiquitos, desde el nivel inicial. Toda su trayectoria en el jardín y toda su trayectoria en la primaria. Hay un vínculo no solo con ellos sino también con las familias. Algo que se genera y que se hace familiar, que va más allá de ser docente y alumno. Hay una conexión muy grande con los chicos”, dice, mientras hace un recorrido del lugar para las cámaras.

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“Mapis es un paraje que se inició cuando se fundó la estación de tren, en 1912 ,-cuenta-. Estamos muy alejados de la cabeza de distrito, de Olavarría, que está a unos 130 kilómetros. El acceso para llegar a la escuela son 65 kilómetros de tierra que tenemos que recorrer. Cuando llueve, se dificulta no solo el acceso de las docentes sino también de los alumnos que viven en el campo”.

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Silvana, maestra rural, es una demostración más que no hace falta reconstruir mucho en la Argentina. Solo basta con detenerse ante los buenos ejemplos y acompañarlos.

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Arnaudo es maestra de primero a sexto grado. Foto: (Captura TN)

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El avión que nunca pudo despegar… Es historia real

El 31 de agosto de 1999, a las 20.53, se produjo la tragedia del avión de LAPA frente al Aeroparque de Buenos Aires.
Los automovilistas que avanzaban esa noche por la avenida Costanera hacia el norte y debieron frenar por el semáforo en rojo frente a Punta Carrasco no daban crédito a lo que veían sus ojos. Como si estuvieran mirando una película de terror en un autocine, contemplaron con incredulidad y horror como un gigantesco avión Boeing 737 de 35 metros de largo, atravesaba envuelto en chispas de fuego la calzada arrastrándose sobre el fuselaje a más de 200 kilómetros por hora, arrollaba a tres rodados que no habían alcanzado a frenar a tiempo, arrasaba una planta reguladora de gas en la vereda opuesta y se estrellaba contra el talud que marcaba el límite de una cancha de golf, convirtiéndose en una bola de fuego mortal.

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Este martes se cumplen veintidós años de la catástrofe del avión de LAPA, que con 65 muertos (63 ocupantes del avión y dos automovilistas) y 34 heridos, fue la segunda en gravedad de la historia de la aviación argentina por número de víctimas. Y constituyó la primera en la que la máquina siniestrada no cayó del cielo, sino que en cambio no alcanzó a despegar del suelo. También se convirtió en símbolo ignominioso de la impunidad: la Justicia se tomó quince años para terminar culpando solamente a los dos pilotos muertos, sin castigar a los empresarios inescrupulosos que crearon las condiciones necesarias para la tragedia, ni a los funcionarios aeronáuticos que los consintieron faltando al deber de controlarlos. Nadie fue preso.
(Nota evocativa del periodista Julio Bazán)

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