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La Calle

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La frase de hoy: “Alguna vez la Escuela de Padres, iniciará sus cursos…”.

Se habló mucho de ello en su momento, hace años. Hasta llegó a iniciar su funcionamiento, pero no resultó fácil hallar a las personas que definieran las normas básicas.
La Escuela para Padres fue un proyecto de la psicóloga Eva Giberti, esposa del doctor Florencio Escardó, destacada personalidad de la Medicina.

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Escardó nació en Mendoza, el 13 de agosto de 1904 y falleció el 31 de agosto de 1992. En Buenos Aires tan distintos testimonios de su paso positivo por la vida, con reconocimientos a nivel legislativo, en varias oportunidades.

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A la luz de la realidad que nos toca vivir, la “capacitación” de los padres es algo necesario. Sobre todo, cuando profesionales como el Dr. Carlos Damín (bragadense) y el psicólogo Alejandro Katz, te dicen cada vez que pueden, que, “los padres no deben ser amigos de sus hijos”.

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En el tema de la convivencia, las cosas no funcionan bien, lo cual indica que algo hemos hecho mal.
Es evidente que la solución no pasa por mucho discurso, que se contradice con los hechos. Tal vez, el mejor ejemplo es la acción. Si los padres exponen respeto, solidaridad mutua y capacidad de trabajo, los chicos toman nota y siguen el mismo camino.
Es verdad que las influencias externas aportan lo suyo, pero si la base es buena, funcionará.

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El marco global es lo que está mal. La dirigencia en general, especie de paternidad institucional, no ofrece muchos espejos en los cuales mirarse. Desde esos niveles deben llegar los cambios. Hay un alejamiento real de las normas religiosas, ordenadoras de buen comportamiento, desde que la Comunión no llega a todos los chicos. (Todo tiene que ver con todo).

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Hay desconfianza en la Justicia, que no mide a todos con la misma vara. La inequidad está ligada a eso.
La falta de horizonte que encuentran los jóvenes, los hace divagar por cualquier rumbo, donde abundan las tentaciones que complacen, pero también destruyen.

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Hay que proponerse una lucha sin cuartel contra la violencia. Ese camino lleva a un final oscuro, de tinieblas que no dejan ver.
Considerar a cada vecino como si fuera un enemigo, no es negocio que ofrezca ganancias.
No alcanza el horror por lo que pasa, aquí cerca o allá lejos. Hay que ayudar seriamente a cambiar. Se trata de transformar el mal por el bien.

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La solidaridad suele florecer en tiempos de crisis. La aparición de un virus que ya ha cobrado miles de víctimas fatales, con muchos infectados, nos está haciendo pensar en la necesidad de unión para afrontar esta “nueva guerra”.
Italia está comprobando que no hay fronteras para frenar el CORONAVIRUS. Los pasajeros de aviones que llegan a nuestro país, de esa procedencia, son controlados al llegar.

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Se han advertido consecuencias económicas; por ejemplo con la baja del precio de la soja, algo de enorme importancia para nuestra economía. Los primeros casos se dieron en China, país de estrecha relación con Argentina.
“Cuídate que Dios te cuidará”, decían las abuelas. Roguemos por el fin de esa pesadilla que ha superado todas las demás preocupaciones.

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