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La Calle

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La frase de hoy: “Cuando peor es la tormenta, mayor serenidad hay que mantener”.

Es un consejo con buena onda, aunque no fácil de cumplir. Sin embargo, es necesario tratar de mantener calma. Pensar que, entre todos, se podrán sortear todos los escollos.
El coronavirus es el mal de turno, sobre el cual están depositadas todas las miradas.
Gracias a las comunicaciones se pueden reiterar recomendaciones que debemos tratar de cumplir.
Lavarse las MANOS con frecuencia. El jabón de la ropa, puede ser muy útil, reforzado con alcohol gel o agua oxigenada.
El lavado de los pisos en los lugares donde estamos todo el tiempo, con agua y algo de cloro, ayuda a la desinfección.

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Nada de tomar mate, aunque sea una costumbre tradicional. Por ahora es positivo, el mantener las clases en las escuelas, salvo que surja algún caso. Son lugares de contención, evitando que los alumnos estén dispersos y corriendo más riesgos.
Hay que rezar en el fin de semana, por la no proliferación de casos, ya que eso contribuye al clima de desesperación.

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Hay que cambiar de tema, para no volverse monotemático… La Calle, gracias a un artículo de “Informe Especial”, periódico de Alberti que dirige el amigo Jorge Orden, recordamos los tiempos del telégrafo, uno de los medios de comunicación que ya no existen.
Era utilizado por el Correo y por el ferrocarril, para recibir y trasmitir mensajes. En la calle Rivadavia, de Bragado, existía la Oficina de Telégrafos.

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Utilizaba un alfabeto MORSE, mediante rayas y puntos, asignando una formúla para cada letra. Por ejemplo, la A era, un punto y una raya.
La B, raya y tres puntos…
Los buenos telegrafistas, trasmitían muy rápido y, a veces, hacían falta dos receptores para no ser superados por la velocidad de los sonidos.
-La foto que se publica, muestra a un manipulador de bronce, con el cual se trasmitían los textos. En el Museo de Bragado, es dónde vimos algún otro.
Fue incluido en una nota a “Calola” Dova, un antiguo telegrafista albertino.

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A La Calle le costó bastante aprender telégrafo y cuando debió afrontar la tarea en serio, más de una vez debió acudir a la ayuda de algún amigo cercano. Finalmente conseguimos acelerar el paso y nunca más olvidó lo aprendido.
En todo caso, la entrevista y la foto, nos devolvió a otros tiempos, más felices, aunque no lo valoráramos…

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El telégrafo, en el caso del ferrocarril, era el único modo de comunicación con estaciones, grandes o pequeñas, perdidas en la lejanía de la llanura. Por ese medio, se trasmitían los telegramas para los vecinos, dando buenas o malas noticias.
Se pedían las jaulas para el transporte de hacienda y los vagones para cargar cereal. En ocasiones, el jefe estaba solo –con su familia-, mientras que en otros casos, disponía de más personal.

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Se han conocido anécdotas ligadas al sistema Morse. Desde aquel relato que sostenía que a un jefe de lejana estación, cercana al límite con La Pampa, le curaron el dolor de muelas, por esa vía. El pobre no podía dormir por el dolor y llamó para contarlo.
El “curador” le dijo que se acostara tranquilo; que el dolor le pasaría. Al día siguiente el hombre llamó para agradecer… Fue cuando se supo que el sanador nunca había sabido curar nada de palabra… Lo que dice, el poder de la sugestión.

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