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La Calle

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La frase de hoy: “Las fotografías son un modo de detener el paso del tiempo”.

En los años 60, después de haber cumplido con el Servicio Militar, por lo menos con 11 meses de asistencia, La Calle tomó contacto con el misterio de las fotos que, por cierto, tenían un proceso más complicado que en la actualidad. En estos días, por suerte, pudo reencontrarse con las imágenes tomadas al personal de la oficina de Control Trenes Mecha, lo cual fue un modo de volver atrás en el tiempo…
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Hay que agradecer al amigo que las tiene y que envió copias para “ayudar” en la identificación de las personas que allí están. La Calle reconoció a todos, menos a algún forastero… Ocurre que la visión reactivó los resortes de la nostalgia y la postal de la oficina de Control en ruinas, volvió a sacudir el endeble cimiento de nuestra sensibilidad.
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Es un lugar que, por la función que allí se cumplió durante muchos años, merecía haber sido cuidado. La Calle reconoce su parte de responsabilidad en que eso no haya sucedido.
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Hoy, por razones variadas, La Calle decidió refugiarse en las imágenes. En una de ellas se ve a gente conocida: Héctor Larrea, junto al poeta Héctor Gagliardi, “El triste”. Nacido el 29 de noviembre de 1909, en Buenos Aires y desaparecido en Mar del Plata, el día 19 de enero de 1984. Como señal de su inspiración se publica uno de sus poemas, dedicado a su maestra de cuarto grado. Por extensión, es homenaje a quienes encendieron tantas luces del saber en la mente de millones de chicos.
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La otra postal es un equipo de fútbol, con figuras dignas de una selección. Que alguien ayude a completarla identidad de quienes no alcanzamos a recordar. Parados: Bandera, Macías, Ahumada, Ferrari, Bertora, Burga y “Gogo” Conde. Hincados: Guiacobini, Scipioni, Armando Gatica, “Coqui” Davant. (El valor de las cosas buenas que ha dejado el fútbol a través del tiempo; como los vinos se aprecian más con el paso de los años).

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LA MAESTRA
Tan buena como mi vieja
y como ella nerviosa,
de las que agrandan las cosas
y que por nada se quejan.
Tenía entre ceja y ceja
esa cuestión del aseo,
en lo mejor del recreo
revisaba las orejas.
Decía que un pajarito
al oído le contaba
los niños que conversaban
cuando salía un ratito.
Y si un grandote de quinto
armaba la tremolina
parecía una gallina
cuando cuida los pollitos.
Nos tomaba la lección
siguiendo el orden de lista
y obligaba con la vista
a escuchar con atención;
yo era medio remolón
porque andaba por la «G»
y cien veces me chasquié
al preguntar de a traición.
Se pasaba todo el día
prometiendo malas notas
y que en vez de la pelota
estudiaran geometría.
Era mujer… y una mujer que sabía
de un golcito de boleo…
Por eso es que en el recreo
los muchachos se reían…
Pero una vez se enfermó
y mandaron la suplente
que enseñaba diferente
y hasta de «usted» nos trató;
y nosotros… ¡qué sé yo!…
sería mejor maestra
pero fieles a la nuestra
declaramos el boicot.
Y cuando vino al grado
después de la enfermedad
nos pusimos a gritar
que casi la desmayamos
y cuando vio tantas manos
que la querían tocar
de dulce se echó a llorar
y nosotros la imitamos.
¡Pobre maestra mía!
¡Cómo estarás de vieja!…
Revísame las orejas
soy un chico todavía.
No sabés con que alegría
quisiera volverte a ver
no me vas a conocer
pero entonces te diría:
Yo ocupaba el tercer banco
al lado de la ventana
el que abría las persianas
cuando el sol no daba tanto.
El que se ahogaba de llanto
el día en que te dejó
y que nunca, nunca te olvidó
y es por eso que te canto.
Vos sos esa dulce canción
de la edad… de la edad que ya se fue,
por eso vine otra vez
para darte la lección:
pregúntame de a traición
maestra del cuarto grado
que cuanto me has enseñado
lo llevo en el corazón…

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