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La Calle

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La frase de hoy: “Tratemos de no perder al niño que alguna vez fuimos”.

W alt Disney, el hombre que supo volar con el espíritu. Fue un enorme creador de fantasías que nunca perdió de vista que un niño triste es la mejor definición de la tristeza.

Por José Narosky.

Hollywood ha sido y continúa siendo la meca del cine. De ese mundo singular, nos han llegado, envueltos en brillantes oropeles, los llamados “monstruos sagrados”. Y quiero referirme a uno de ellos, que no buscó el éxito a costa de la verdad, sino la verdad, aún a costa del éxito. Un hombre, cuyo talento venció todos los escollos
Se llamó Walt Disney. Su arte sin igual, lo transformó en un pionero de los dibujos animados. Su enfoque práctico, lo ayudó a formar una empresa gigantesca. Pero lo más valioso, es que pudo demostrar que fama y fortuna no cambian al hombre, sólo lo muestran.
Disney supo conservar encendido en su corazón un auténtico amor por los niños y una real captación de su universo de fantasía. Fue el verdadero precursor de un género cinematográfico, los dibujos animados, que lograron a través de la pantalla, el milagro que todas las lágrimas derramadas por sus admiradores, los niños, fueran de felicidad.

ANTECESORES
Ya en 1920, Max Fleischer creó al payaso Cocó y, años más tarde, a Betty Boop, una muñequita ondulante y rítmica. Luego, Popeye, el marinero, cuyo origen estuvo en una publicidad para espinacas en conserva. Luego, le agregó una novia muy delgada y poco atractiva, aunque pintoresca: Olivia.
Poco tiempo después, otro creador, Pat Sullivan, ideó al Gato Félix. Y apareció Walt Disney con jóvenes 22 años con un curioso personaje. Con esta creación, le llegó el éxito total: el Ratón Mickey, simpático, ingenioso y cándido a la vez, travieso y atolondrado, pero valiente.

Disney le agregó “gags” musicales: pianos que bailaban, cacerolas que cantaban. Y apareció el color. Disney transformó en un gran éxito, un viejo tema popular: “La Historia de los Tres Chanchitos”, que finalizaba con una moraleja: Se salvaba del lobo feroz solamente el chanchito trabajador, que había edificado su casita de ladrillos. Luego, llegó el Pato Donald, cascarrabias, afónico, desdichado y en lucha con su propia torpeza.

1938, OTRA EVOLUCIÓN
Con el largometraje “Blancanieves y los 7 enanitos”, estaba en el apogeo. Desde ese momento, 2000 personas trabajaban en su empresa. En 1940 produjo su obra más ambiciosa: “Fantasía”, con la que introdujo a miles de niños en el hermoso sueño de la música clásica.
Era común, en esos años, oír a criaturas tararear el “Cascanueces” de Tchaikowski o la “Pastoral” de Beethoven. Luego llegaron “Dumbo”, “Bambi”, “La Cenicienta” y un valioso documental: “El Desierto Viviente”.
-Disney fue un ser humano de una gran sensibilidad. Quizás pensaba que la incomprensión, más que la imposibilidad de comprender, es la imposibilidad de sentir. Sabía, sin dudas, que el dolor del niño tiene todos los ingredientes del dolor del adulto. El 22 de marzo de 1955 cristalizó su máximo sueño: Una ciudad encantada, pero real para los niños: se llamó Disneylandia.
Cuando el 15 de diciembre de 1966, el cansado corazón de Walt Disney dejó de latir, millones de personas lo lloraron como reconocimiento a este genio creador que había vivido por el más sublime de los ideales: La comprensión del mundo de los niños y de su permanente necesidad de afecto, de amor, de calidez. Y este ser humano excepcional, trajo a mi mente un aforismo:
“Demos alegría a los niños, que, con serlo, ya tienen su cuota de dolor”.

El entrañable Mickey (Imagen: Pixabay).
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