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La Calle

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La frase de hoy: “Cada historia de vida tiene un momento en que es bueno sea contada”.

Tal vez no es justo, pero eso pasa generalmente cuando el viaje hacia el ancho campo de los recuerdos, empieza a ser transitado. Oscar Parsanese partió el 3 de febrero de 2021, en Buenos Aires, lejos de Coronel Mom -su lugar de nacimiento- y de Bragado donde estableció su comercio de zapatillería, al que llamó San Cayetano, “el lugar de los buenos precios”.

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La existencia de Oscar es parecida a la que muchos que, desde el interior, buscan en los grandes centros urbanos, el lugar donde poder mejorar sus existencias. Eso se logra, en general, en base mucha voluntad, aunque sin dejar de añorar el lugar donde transcurrió la infancia y adolescencia. El caso de Parsanese se inscribe en ese universo.

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En base a los ejemplos que veía en la estación de ferrocarril de Coronel Mom, fue natural que se hiciera ferroviario. Así llegó a la estación de Merlo en la sección local. Allí aprendió todas las tareas, a partir del telégrafo, contabilidad –aún lejos de las computadoras- y la atención de la boletería. Su dedicación lo llevó a la oficina de Control Trenes en Once, siendo muy joven.

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Estando allí formó su propia familia, siempre viajando a su lugar en el mundo donde sus viejos, hermanos y amigos nunca consideraron que se hubiera ido del todo. Estando en el ferrocarril, comenzó a trabajar en el ramo del calzado. Hasta que decidió independizarse y con San Cayetano logró a Bragado primero y a Chivilcoy después.

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Mary, su esposa y sus dos hijos varones, lo acompañaron siempre. A la nómina de ciudades a las cuales visitaban seguido, se agregó Pehuajó, lugar de la familia de su señora. El local comercial tuvo varios lugares de atención, hasta recalar en Rivadavia al 1300, donde está ahora, atendido por Analía. La frase de “cerrado por duelo”, se convirtió en testimonio de lo sucedido.

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Parsanese viajaba semanalmente a Bragado. En uno de los viajes de regreso, para las Fiestas y cerca de Mercedes, sufrió un accidente que puso a prueba su fortaleza. Se recuperó y reanudó la rutina, de a poco reemplazado por Leonel, el mayor de sus hijos. El casamiento de éste, lo hizo abuelo feliz al poco tiempo.

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En su historia de vida no hay, como se verá, nada extraordinario. Solo la rutina de los días, con trabajo y acontecimientos; con altibajos, pero siempre con transparencia. Espejo de la vida que recibió de su familia y él siguió sin desviarse. En Buenos Aires, encontró su lugar en el barrio Parque Patricios y allí transitó el tramo final, con problemas de salud, siempre rodeado de sus afectos.

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La Calle hace rato que no lo veía en persona. Hay estamos apenas, rescatando sucesos conocidos y enviando a su familia, el más sincero de los pésames. Oscar cumplió con lo suyo y deja un legado a continuar, un sendero conocido por el cual han de seguir avanzando. El dolor de la pérdida se mitiga por todo lo hecho, a partir del ejemplo y, en su momento, cargando con el peso de las responsabilidades compartidas. Así de simple es esto que llamamos VIDA, hasta que llaman a la despedida…

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