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La frase de hoy: “De vez en cuando no está demás vestir la calle de música…”.

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Antonio Tarragó Ros y el alma del chamamé

Él fue quien llevó este género al Festival de Cosquín y enfrentó críticas por su estilo demasiado “sofisticado”. Su impronta abrió un nuevo camino en la música argentina.

Por Cecilia Absatz.

Antonio Tarragó Ros nació en el corazón del chamamé. Es hijo de Tarragó Ros, uno de los legendarios cultivadores del género, la música propia del litoral argentino. Poco después de su nacimiento sus padres se separaron y él quedó al cuidado de sus abuelos paternos. Su abuela lo educó en casa porque desconfiaba de la escuela pública; tuvo una infancia solitaria, pero creció en un hogar donde siempre estuvo presente la música.
A su debido tiempo viajó a Rosario -había nacido en Curuzú Cuatiá, Corrientes- y se puso en contacto con su padre. Así entró y se dejó cautivar por la cultura chamamecera. Tocó con su padre como acordeonista suplente y también presentador de la banda. A los veinte años se desvinculó y llegó a Buenos Aires con su propio grupo.
El artista le puso al chamamé una dosis de sofisticación que el género convencional no aceptó de entrada. Fue criticado, incluso acusado de impostor. Sin embargo, fue su estilo provocativo y renovador el que lo llevó al principal escenario del folklore argentino: Tarragó fue quien estrenó el chamamé en el Festival de Cosquín.
El camino que recorrió no fue sencillo. No lo aceptaban en las peñas y en las bailantas; en los programas de radio lo criticaban con dureza. Pero sus canciones, su impronta apasionada y su carisma personal pudieron más.
Además de Cosquín hubo muchos otros festivales y también recitales, como el que reunió a 7000 espectadores en el Luna Park con estrellas de diferentes vertientes del chamamé: Coco Díaz, Damasio Esquivel y el cuarteto Santa Ana entre otras figuras. Algunas de las canciones de Tarragó como “María va”, “Canción para Carito” o “Jineteando la vida” son ahora icónicas de la música nacional.
Tarragó Ros tuvo acercamientos a la política que no prosperaron, pero militó en la defensa del medio ambiente y sobre todo se ocupó de promover el chamamé como género, destacar su belleza y la calidad de su poesía.
Tarragó Ros tuvo acercamientos a la política que no prosperaron, pero militó en la defensa del medio ambiente y sobre todo se ocupó de promover el chamamé como género (Foto: Télam).
El chamamé ya era considerado “patrimonio cultural inmaterial” en varias provincias del litoral argentino, Brasil y Paraguay, pero en diciembre de 2016 la UNESCO declaró “patrimonio de la humanidad” al género que nació como fusión de la cultura guaraní y la que trajeron los jesuitas.
Su abuelo, Antonio Ros, le regaló su primer acordeón y Guadalberto Panozzo, un amigo de su padre, le enseñó los primeros secretos del ritmo y melodía. Sus hijas, Laura e Irupé Ros, también son músicas y compositoras, con sus propios aportes tomados del rock y el jazz. Los entendidos coinciden en cuanto al significado de la palabra “chamamé” y la definen como enramada, corredor. Pero hay versiones más bellas aunque la Academia no las reivindique: “Estoy bajo las ramas esperando la lluvia”.

El artista le puso al chamamé una dosis de sofisticación que el género convencional no aceptó de entrada (Foto: Télam)

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