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La vida de San Mauricio: los 300 milímetros que pusieron fin al sueño de un inmigrante italiano

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El pequeño pueblo del partido de Rivadavia, tiene una rica historia, que quedó tapada no solo por el agua sino por diferentes crisis que la castigaron.

Por Fernando Delaiti, de la agencia DIB.

Mauricio Duva nació en enero de 1853 en Monte Murro, al sur de Italia y a los 30 años desembarcó en Argentina. Acompañado por su hermano Jacinto y varios peones, recorrió la ya abandonada Zanja de Alsina, construida entre 1876 y 1877 en el Gobierno de Avellaneda para frenar el ataque de los pueblos originarios. Ese viaje los depositó en lo que hoy son tierras del partido de Rivadavia. Allí, Duva fundó San Mauricio, en homenaje al santo de su nombre, en unas 7 mil hectáreas.
Inauguró el almacén “El Nápoles”, después conocido como “El Gran Recreo”, levantó una capilla bendecida en 1893, una escuela particular, una farmacia, una cancha de pelota a paleta, un destacamento policial y la confitería “El Sol de Mayo”.
-Mientras avanzaba la subdivisión de las tierras y llegaba el tren, también construyó su residencia, con todos materiales traídos de Europa, hacia 1910. Para ese año, el pueblo ya tenía 45 manzanas y unas 40 viviendas. Duva quiso convertirlo en partido, pero no tuvo suerte.
El pueblo perdió la pulseada con América, que se transformó en cabecera del partido y era bendecida con fondos y rutas pavimentadas. De hecho, a San Mauricio se llega tomando la ruta 70 y luego un camino de tierra. Son tan sólo dos kilómetros que, tal vez, de estar pavimentados hubiesen cambiado en parte su suerte.
Ese golpe para Mauricio Duva, junto a la trágica muerte de su hermano, se sumó a la crisis económica y todo empezó a roer los cimientos de San Mauricio, que terminaron de desmoronarse noventa años después, cuando en el inicio de la primavera de 2001 una lluvia de alrededor de 300 milímetros noqueó para siempre el sueño del inmigrante italiano.
San Mauricio, el primer poblado de la zona en contar con electricidad, llegó a tener más de 1500 habitantes. Enclavado en el corazón de fértiles praderas, buscó seguir adelante pese a no ser la consagrada por el Gobierno de la provincia de Buenos Aires. Pero el destino puso a sus vecinos a prueba otra vez. Los malos negocios de “su dueño”, la crisis mundial de 1929 y las condiciones climáticas, hicieron un combo explosivo. De hecho, en abril de 1932 el volcán chileno “Descabezado” pintó de blanco los verdes campos y arruinó todas las siembras. Duva, en tanto, que ya había abandonado esas tierras para vivir en Buenos Aires, murió en 1931 atropellado en plena calle por un vehículo.

LEVANTARSE UNA VEZ MÁS
Década tras década, la gente fue migrando de este pueblo que se convirtió en un lugar de calles semiabandonadas. Hacia los 80, la escuela y algún baile en el salón de la antigua casa de comercio “El Gran Recreo”, mantenían unidas a las casi cien personas que vivían allí. Sin embargo, un incendio en enero de 1986 arruinó el lugar y el pueblo no volvió a bailar. Ese mismo año, una inundación provocó fuertes pérdidas.
Pero los sueños terminaron en pesadilla el 22 de septiembre de 2001. Ese sábado, en el aniversario de su fundación, empezó a llover sobre el pueblo. No fue una lluvia más: en dos días cayeron 300 milímetros. Eso fue parte del combo que sufrió gran parte de la provincia de Buenos Aires ese año, con unas terribles inundaciones que afectaron a varios distritos por meses y que generaron pérdidas al sector agropecuario en torno a los U$S 700 millones.
Cuando se fue el agua, la mayor parte de sus por entonces 60 habitantes ya no estaban y nunca volverían. A muchos los llevaron engañados porque no querían dejar allí sus pertenencias, sus raíces, sus sueños.
Por ese tiempo, gran parte de los hombres que habitaban San Mauricio trabajaban como peones en los campos de la zona. Muchas casas, obviamente, estaban ya desocupadas y el paso del tiempo había sido implacable. Hoy, sólo algún vecino queda por allí, entre perros y algunos fresnos que le dan algo de color a sus calles de tierra.
De la capilla de 1893 queda la fachada; su campana, testigo de misas y procesiones y que empezó a sonar en 1916, hoy puede verse en el Museo histórico de Rivadavia. También se puede ver la casa del fundador, o lo que queda de sus 400 metros cuadrados, que de a poco se va derrumbando. Es una especie de pueblo fantasma, que cada día que pasa muere un poco más.
Cuenta la historia que cada vez que los vecinos necesitaban lluvias para sus cosechas llevaban la imagen del santo patrono hasta la plaza. Y rezaban. Y llovía. Nunca fallaba esa fórmula. Tras ese 22 de septiembre fatídico, nunca más se rezó en San Mauricio. Al menos, nunca más para pedir por agua.

Fuente: (DIB) FD

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