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Lorenzo Miguel, el dirigente todopoderoso

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-3ra. Parte

Por Julio Bazán.

La carrera sindical de Lorenzo Miguel fue meteórica. A los 35 años, Vandor lo puso como tesorero de la UOM, y a los 43, después de la muerte del Lobo, se convirtió en secretario general nacional del que era el sindicato más poderoso de la Argentina (y carta brava en el juego de la política). Históricamente las renovaciones de autoridades en la UOM se decidieron casi siempre en elecciones con listas únicas. Quienes intentaban formar listas opositoras tenían que afrontar el accionar violento del oficialismo de turno. Si no se arredraban, debían vencer las limitaciones impuestas por un férreo estatuto.
Si lo lograban, tropezaban con la parcialidad del ministerio de Trabajo, en muchos casos a cargo de dirigentes o exabogados del gremio (una vez un ministro obligó a votar cuando la mayoría de los metalúrgicos estaba de vacaciones para evitar la derrota del oficialismo). Finalmente, el secretario general provenía siempre de la seccional Capital. Con esas “generales de la ley” Lorenzo anuló al único rival de peso que le disputó la hegemonía, el histórico Avelino Fernández, y fue electo y reelecto siete veces, porque como él se ufanaba: “En la UOM siempre se vota por unanimidad”.
Hasta entonces era un opaco dirigente, desconocido como su ambición política. Pero tenía memoria. Su maestro Vandor había osado impulsar un “peronismo sin Perón”. Así le fue: El líder, implacable, escribió desde España “el enemigo principal es Vandor y su trenza… hay que darles con todo y a la cabeza, sin tregua ni cuartel. En política no se puede herir, hay que matar”. Lorenzo, curado en salud, decidió hacer en cambio un “miguelismo con Perón”. Le fue mucho mejor. Su formidable competidor en la administración del poder que Perón dejó al morir en manos de su esposa María Estela Martínez (popularmente “Isabel”) fue “El Brujo” José López Rega, fundador de la siniestra Triple A.
Socios frente al enemigo común, las organizaciones armadas, se desembarazó de él cuando el bestial ajuste económico del ministro Celestino Rodrigo (el Rodrigazo) quiso poner techo a las sagradas paritarias. Pactó con sus amigos empresarios un aumento del 143 por ciento. Como “Isabel” no lo homologó, lanzó un paro de 48 horas y mandó a los metalúrgicos a llenar la Plaza de Mayo al grito de “aplaudan, no dejen de aplaudir, el Brujo hijo de puta se tiene que morir”. La viuda de Perón capituló. López Rega renunció. Fue el auge de la “patria metalúrgica”. Siguió poniendo ministros (Cafiero, Ruckauf) pero los tiempos de Isabel se habían agotado, y llegó la dictadura más sangrienta de que se tenga memoria.

¿Por qué los Montoneros que asesinaron a Rucci y a media docena de secretarios de la CGT o grandes gremios (Coria, Alonso, Kloostermann) no lo mataron? Dicen que logró sellar un pacto de no agresión con quienes había definido públicamente como “seudo-guerrilleros que quieren tomar el poder por la fuerza”. Hoy son públicas las reuniones que tuvo con Roberto Perdía, que contó que después de la masacre de Ezeiza, Lorenzo le explicó que los metalúrgicos no fueron a atacar, poniendo como prueba que solo llevaron “fierros cortos”. Y, se sabe que Miguel hizo blindar en talleres de San Martín autos Peugeot para Galimberti y otros “montos”.
El 24 de marzo de 1976 lo encontró en la sede del ministerio Trabajo. Con Toscano, el inseparable y leal jefe de su custodia, huyó y se escondió hasta que un grupo del Ejército lo apresó y lo sometió (evoca su amigo Spadone) a “simulacros de fusilamiento”. Lo rescató el almirante Massera, que le pagó el favor de convencer a Perón para que lo nombrara comandante de la Armada. La detención se blanqueó en el buque 33 Orientales, donde compartió celda hídrica con Carlos Menem, entre otros. El “Intocable”, según la inspirada definición en el libro de Carpena y Jacquelín, también fue un sobreviviente. Cuando después de cincuenta meses recuperó la libertad, era para muchos un cadáver político, pero resucitaría para convertirse en la mayor autoridad (sin título ni cargo) del justicialismo.
Los militares, que fracasaron en el intento de terminar con el poder sindical, pergeñaron aliarse con el gremialismo para mantenerse en el poder. Eran tiempos en que se hablaba de una fórmula militar (con los nombres de Viola y Triaca), o, aunque sea para lograr una amnistía del peronismo, que aparecía como seguro ganador de las elecciones. La rechifla y abucheo que lo echaron del escenario cuando quiso hablar en el acto de cierre proselitista del peronismo (fue el 17 de octubre de 1983 frente a 100.000 personas en la cancha de Vélez), convencieron a Miguel de que su lugar estaba tras bambalinas. Desde allí, con las míticas 62 Organizaciones como instrumento, en la cima de su influencia, Miguel había designado la fórmula Luder-Bittel, pero sus públicas reuniones con los militares inspiraron a Raúl Alfonsín para denunciar el pacto militar sindical y ganar las elecciones.
Se convirtió en el “mariscal de la derrota” y Alfonsín se lanzó arrollador a terminar con el poder sindical peronista. Otra vez parecía acabado, y volvió a sobrevivir. “Borombombóm, los sindicatos son de Peron” fue el lema que pulsó la cuerda del sentimiento popular y se convirtió en consigna de la resistencia. Ubaldini golpeaba (lanzó trece paros generales) y Miguel tejía. Al final Alfonsín claudicó, pactó con el sindicalismo ortodoxo. El Loro, El Tordo, Cabeza e´ Huevo sobrevivía nuevamente y no rehuía a los periodistas. A su lado el fiel Toscano siempre sonreía amistoso. Era la cara amable. La otra, la belicosidad de la tropa callejera metalúrgica, me dejaría una cicatriz persistente en el rostro, durante una cobertura por aquellos años.

El 31 de mayo de 1990 una movilización violenta del gremio destrozaba los cristales de la sede de los empresarios metalúrgicos en el barrio del Congreso con bolas de cerámica (de las que pulen las bañeras) lanzadas a mano y con gomeras. Para evitar que con los camarógrafos registráramos el episodio nos atacaron a trompadas, y después me partieron el labio con uno de esos proyectiles. Mientras la policía los ahuyentaba a balazos, con la boca ensangrentada los traté de cobardes, y denuncié a Lorenzo Miguel como responsable. Me enfrenté al hombre más poderoso de la Argentina, por suerte sin más consecuencias que tres o cuatro puntos de sutura.
Es que las leyendas que rodeaban a Miguel y a la UOM daban más miedo que los “pecetos” o “culatas” que lo protegían. Como el asesinato en julio de 1975 de Jorge “El Polaco” Dubchak, uno de sus guardaespaldas. La Justicia investigó si, como se rumoreaba, el cuerpo de Dubchak (que nunca apareció) había sido incinerado en el horno de la sede de la UOM en Cangallo 1435. Al final los jueces que habían considerado “seriamente factible” el homicidio en el local sindical, sobreseyeron a Miguel de la acusación de instigador del crimen.
“Los hombres de bien no cambian su partido ni su mujer”.
La dictadura tampoco pudo probar que se hubiera enriquecido ilícitamente. Aunque llamaban la atención sus veraneos en las Islas Canarias y tuvo amigos millonarios de los que se sospechó que eran sus testaferros (como Julio Raele, al que enriqueció facilitándole la concentración del fabuloso negocio de los seguros de vida y sepelios de los gremios), siempre vivió austeramente (primero en Villa Lugano y después cuando se mudó a Caballito), y se diferenció de otros sindicalistas que vestían trajes y corbatas de seda y se casaban en segunda nupcias con sus secretarias. “Los hombres de bien no cambian su partido ni su mujer”, aconsejaba.
La llegada de Carlos Menem a la presidencia (a la que Miguel contribuyó porque siempre apostó a ganador) marcó con su giro neoliberal el comienzo de su decadencia. La independencia de la influencia gremial o “desindicalización” de la conducción política del Justicialismo y la automatización de la producción industrial minaron las bases del poder de Miguel, que se fue desmoronando. Las decisiones del peronismo se tomaron cada vez más lejos de él (que alguna vez había sido vicepresidente ejecutivo del partido) y las míticas 62 Organizaciones se convirtieron en un sello nostálgico.
-Lorenzo Miguel murió el 29 de diciembre de 2002.

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