Press "Enter" to skip to content

Los viajes de Rocinante: De roturas y despedidas

Compartir artículo enShare on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin

-Bogado/ Encarnación Paraguay – Posadas Misiones

Sabíamos que tarde o temprano los problemas mecánicos iban a aparecer. Aunque no presentara síntomas fuera de lo normal, es lógico que pase en una camioneta que estuvo 10 años tirada en un galpón. Podía ser desde algo muy básico hasta algo muy complejo, pero se había charlado sobre el tema y estábamos preparados mentalmente para cuando eso suceda. ¿Realmente estábamos preparados para cuando eso suceda?

Nos despedimos del Salto Cristal sin ganas de hacerlo y luego de algunos kilómetros de tierra salimos a la ruta, pero esta vez era diferente a las demás, volvíamos a Posadas para que Euge se tome un vuelo con destino a su hogar, luego de 24 días de compartir espacios reducidos, nos separabamos y estaba claro que no sabíamos bien cómo reaccionar al respecto. Los silencios y el calor extremo eran el decorado del retorno hasta que empezamos a sentir olor a combustible. Al mirar el piso vi como el gasoil brotaba por debajo de la tapa que cubre el motor. Algo pasaba y nuestro reducido conocimiento mecánico hacía que los nervios se potencien volviendo tensa la situación, el tiempo corría y teníamos que estar en Posadas a primera hora del otro día.
Al sacar el cubre motor que está en la cabina, me di cuenta que solo estaba pinchada la manguera que va a la bomba de inyección, por ende nos invadió un tremendo alivio, sobre todo teniendo en cuenta que estábamos a 8km de Bogado en Paraguay y de seguro íbamos a conseguir una nueva. Frenamos en una ferretería, compramos la manguera, la cambiamos, nos alistamos sonrientes para salir y nada. La Roci hizo un ruido extraño y a pesar de que giraba el motor, no había caso. Por las dudas dejé de intentar y empecé a recorrer el pueblo a pié en busca de algún taller mientras Euge quedaba en custodia de la camioneta. A lo largo de la tarde vinieron tres mecánicos y un electricista, todos con versiones diferentes sobre lo que podía pasar, la cosa es que en cada intento, el ruido iba empeorando hasta que se escuchó un sonido a golpe metálico y todos nos miramos, los mecánicos empezaron a saludar y a emprender su cobarde retirada mientras nosotros nos quedamos ahí, queriendo creer que era una pavada, pero sabiendo que no iba a ser sencillo.
Después de mucho deliberar decidimos llamar a una grúa para que nos lleve a Posadas, estábamos cortos de tiempo y plata para decidir otra opción, ya era de noche y a mí me habían pasado el dato de un señor experto en estas camionetas que vivía allá. Luego de una ardua negociación monetaria con el servicio nos pasaron a buscar y así fue como nuestros últimos kilómetros de viaje juntos los hicimos arriba de un remolque que nos dejó en la frontera, para que otra grúa de Argentina nos lleve hasta el taller.
Mientras nuestro taxi de autos se aleja, nosotros nos quedamos parados al lado de la Rocinante, es de madrugada y un mar de incertidumbres juguetean en nuestras cabezas mostrándonos todo tipo de fantasmas. Estamos cansados, sucios y con mucho calor, pero son las últimas horas de esta primer etapa de viaje y no vamos a dejar que ese sentimiento nos domine y no lo hizo.
A la mañana ejecutamos una seguidilla de tareas cotidianas en silencio cruzando miradas que anuncian la partida. Las despedidas son raras, tienen esa mezcla de sensaciones en donde uno no se quiere ir, pero también desea que ese momento pase rápido y en estos casos, la regla de los tiempos es completamente destruída por algo desconocido que lo manipula; sentimos la sensación de que pasa volando, pero nunca llega… Luego del abrazo húmedo de lágrimas y esas palabras que se sienten mucho, Euge entró al pasillo que la lleva al avión y ya no pude verla, será hasta el próximo encuentro, pero sin contar con la esperada certeza del cuándo. En el camino de regreso al taller mi mente va saltando del sentimiento de nostalgia a la preocupación por el estado de La Rocinante, estoy a metros y el portón ya está abierto, apuro el paso ansioso para conocer a quien me cuente la gravedad de la rotura y al entrar me recibe un señor en silla de ruedas, me saluda amablemente y pregunta; “¿Usted es el dueño de la Mercedita que durmió acá?” Su nombre es Emilio, pero esa, esa es otra historia…

Compartir artículo enShare on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Share on LinkedIn
Linkedin